8.1.15

En Europa hay una “área de protesta antisistémica" que varía entre 1/6 a 1/4 de población votante

"(...) hay dos tipos de movimientos antisistémicos, los de izquierda, sobre los que más pensamos, y los de derecha. Para Anderson es completamente legítimo considerar a los movimientos de derecha (y extrema derecha) europeos como antisistémicos por el hecho de que son “radicalmente antineoliberales”. 

Entonces, habría una situación completamente nueva, una “convergencia de agendas” entre movimientos de protesta que vienen de la derecha y de la izquierda.

En el panorama de Europa occidental, existen más variantes de movimientos antisistémicos en la derecha (Frente Nacional francés, UKIP en Reino Unido, Liga Norte en Italia, Partido Popular Danés y varios más), que en la izquierda (Syriza en Grecia, Podemos en el Estado español, Sinn Fein en Irlanda, y el Movimiento 5 estrellas en Italia, aunque es discutible si puede considerarse de la izquierda). Luego hay partidos de la izquierda tradicional más pequeños, como Die Linke en Alemania, el Front de Gauche en Francia o Izquierda Unida en el Estado español.

Muchos de estos movimientos son previos a la crisis (FN, el Partido Popular Danés, IU, Die Linke, etc.), pero para Anderson, los fenómenos más importantes son expresiones directas de la crisis económica que estalló en 2008; en la izquierda, claramente Syriza, Podemos y 5 Estrellas. Entre los primeros, para Anderson prevalece una estructura más clásica de partido, mientras que en los más nuevos tienden a ser movimientos más amplios, menos estructurados.

En este último caso, los liderazgos carismáticos aparecen para Anderson como un rol clave indispensable de estos movimientos (Le Pen, Farage, por la derecha; Tsipras, Iglesias, Grillo, por la izquierda), en tanto los más clásicos dependen menos de estas figuras. Esto se debe no sólo a la “personalización posmoderna de la política”, sino también a sus recursos limitados en términos de la estructura de organización.

Anderson sostuvo que hay una “área de protesta antisistémica que varía entre 1/6 a 1/4 de población votante”. Esto es claro en varios casos tanto de izquierda como de derecha. 

Hace tiempo con Josefina Martínez hicimos un mapa de la extrema derecha en Europa en el que se puede ver el peso de estos movimientos. El punto es que, cuando estos movimientos pasan de representar a 1/4 de la población, ya se convierten en una amenaza seria para el establishment.

En cuanto a la base social, según su exposición la derecha tiene un peso muy fuerte en sectores de la clase obrera tradicional (por ejemplo en Francia e Italia), lo cual incluye a un amplio sector en paro. También en parte de la pequeñoburguesía arruinada, y sectores pequeños y medianos de la burguesía; pero no así en las clases medias profesionales y la gran burguesía.

 En cuanto a la izquierda, su lectura es similar. Peso en sectores de la clase trabajadora y la pequeñoburguesía, aunque con más influencia en la clase media ilustrada y sectores empresarios. Pero esencialmente para Anderson la diferencia entre ambos casos es “generacional”: la juventud vota más a la izquierda que a la derecha.

Anderson abordó finalmente las principales ideas que, según él, estructuran estos movimientos. En la derecha, el tema de la inmigración (xenofobia), ligada a la demanda de seguridad social; la austeridad, relacionada con la demanda de la salida del euro (eurofobia); y la soberanía popular (nacionalismo), en términos de demanda de soberanía democrática contra las instituciones de la UE. 

En cuanto a la izquierda, dos ideas son idénticas: el cuestionamiento de la austeridad y la demanda de soberanía en términos de democracia política. Pero no así la cuestión de la inmigración, mientras le sumó una suerte de “política exterior antiimperialista”.

Anderson se preguntó entonces “¿Qué estrategia debería adoptar la izquierda en relación a la derecha?”, con la que se comparte una “arena antisistémica común”, advirtiendo que esto solo surge en los lugares donde deben competir (la excepción es, por ahora, el Estado español, donde “sólo hay un movimiento antisistémico”, porque el PP aglutinó históricamente a la derecha tradicional), y la respondió con algunas recomendaciones: 

a) No tratarlos como fascistas. “Son xenófobos, pero con la única excepción de Aurora Dorada, el resto de los movimientos no son fascistas”;

 b) Rechazar cualquier intento de los partidos del establishment (el “centro”) de marcar líneas divisorias contra estos movimientos, haciendo de ellos una “gran amenaza” y situándose como la única salvación posible; 

c) Tomar seriamente “la cuestión de la inmigración, porque está conectada con la democracia”. Para Anderson, los electores europeos “nunca fueron consultados sobre la inmigración”, esta fue “impuesta por las demandas del sistema capitalista” (de abaratar el costo de la mano de obra) y “por las guerras imperialistas en el norte de África y Medio Oriente, que produjeron olas de refugiados”. 

Pero “la gente debe ser consultada” sobre esto, incluso sobre cuál debe ser el flujo de inmigrantes que se permite que ingrese a los países europeos; y d) No tratar a estos movimientos como “algo uniforme o simplemente reaccionario”, porque pueden ubicarse a la izquierda en cuestiones como la moneda común (euro), recordando que el FN francés y otros defienden la salida del euro.

Para finalizar, Anderson arriesgó una crítica hacia la izquierda: "Podemos y Syriza, debemos ser honestos, sostienen posiciones mucho menos radicales que la derecha antisistémica". 

En su lectura esta posición es “razonable”, porque “hay indignación, pero el miedo aun predomina en la mayoría de la población europea”, pero al mismo tiempo dijo que “debería reconocerse que en términos de competencia política, en la arena común de la protesta antisistémica, estas posiciones son una desventaja táctica en comparación con la derecha”. (...)

Para abordar esta “debilidad táctica” de la izquierda, Anderson lo que propone es "dialogar" con la base de los movimientos de derecha, con los que se comparte una “arena antisistémica común”, adoptando parte de su agenda. Esto lo lleva en un tema tan dramático como la inmigración, por ejemplo, a posiciones confusas. Evidentemente Anderson no defiende una política xenófoba. 

Su denuncia de que la inmigración fue promovida por el capital como parte de una política para atacar a la propia clase obrera es correcta. Sin embargo, al no relacionar esta problemática con una estrategia de clase, toda salida dentro de los marcos “antisistémicos” que plantea, puede abrir la puerta a soluciones reaccionarias. 

Además, la inmigración constituye la base material de la formación de una nueva clase obrera precaria y superexplotada en los países centrales, cuestión que no está incorporada en su lectura, que pareció ubicarse desde la estrecha óptica de la clase obrera europea, blanca y nativa.

El problema es que este tipo de experimentos ya fue intentado en el pasado y fue un fiasco. En Alemania en 1923, un sector de la Internacional Comunista (IC) teorizó sobre la necesidad de establecer alianzas con la corriente de extrema derecha, como el “nacional-bolchevismo”, para ganar a sus elementos “revolucionarios y nacionalistas”, lo que derivó en acciones comunes “rojo-pardas” (la corta y tristemente famosa “línea Schlageter” de Radek), que resultaron un rotundo fracaso, puesto que sólo fortalecieron a los “pardos” mientras debilitaron y confundieron a los “rojos”. (...)"          (Diego Lotit , laizquierdadiario, en Rebelión, 31/12/2014)

No hay comentarios: