16.3.15

La Unión Europea traerá al sur más desempleo y más sufrimiento humano de lo que habrían experimentado esos mismos países sin la unión monetaria. Luego, hay que irse...

"Si fracasa el euro, fracasa Europa”. Así habló Angela Merkel. Por desgracia, el euro está fracasando, si bien poco a poco. Incluso en el caso de que Grecia se vaya, no parece probable que la eurozona se derrumbe a corto plazo, aunque podría ocurrir.

Hay muchas más posibilidades de que se arrastre como un tractor kazajo de mala calidad, con un crecimiento más lento, más desempleo y más sufrimiento humano de los que habrían experimentado esos mismos países sin la unión monetaria. Sin embargo, la miseria se repartirá de forma desigual entre los países deudores y los acreedores, las dificultades del sur y la prosperidad del norte.

Esas distintas experiencias se reflejarán en las elecciones nacionales y crearán más tensiones como las que ya hemos presenciado entre Alemania y Grecia. Al final se encontrará una salida, pero puede ser un proceso muy largo. (...)

Hace poco participé en un acto en Francfort al que asistieron representantes de los principales inversores europeos. Se hizo una encuesta rápida en la que se proponían varias respuestas sobre cómo podría estar la eurozona dentro de cinco años y se preguntaba cuál era la más probable.

Casi la mitad de los asistentes respondieron, como yo, “Igual que Japón en los años noventa”. El 20% escogió “¿Qué eurozona?” El 18% dijo “Reino Unido después de Thatcher”, es decir —supongo—, una economía más pobre y ahorradora, cuyas políticas de austeridad y reformas estructurales crearían crecimiento pero también trastornos y desigualdades.

 Salvo que las desigualdades no se producirían en un solo país, sino que se repartirían de forma irregular entre varios. Alemania y otros países del norte de Europa seguirían siendo los más beneficiados y otros los más perjudicados.  (...)

A largo plazo, Alemania sufrirá las consecuencias, pero a corto plazo, no. Cuando se da un paseo por la mayoría de las ciudades alemanas, uno se pregunta: ¿Crisis? ¿Qué crisis? Aunque Alemania ha tenido que rescatar a países como Grecia, gran parte de ese dinero ha ido a parar después a los imprudentes prestamistas, entre los que estaban sus propios bancos. Y las exportaciones alemanas han sacado enorme provecho a la eurozona.

En Francfort, la miseria de Atenas parece muy lejana. Al reflexionar sobre las políticas de austeridad en el sur de Europa, un banquero alemán dijo: “El problema de Grecia es que nunca lo han intentado”.

Se refería a un país en el que personas que eran de clase media se ven ahora obligadas a recurrir a los comedores sociales, uno de cada dos jóvenes está en paro y, según un cálculo de Martin Wolf en el Financial Times, desde 2008, “el gasto de los griegos en bienes y servicios ha caído al menos un 40%”. (...)

En privado, todo el mundo reconoce que Grecia no puede devolver toda su deuda, así que dejemos que Berlín negocie con el nuevo Gobierno griego el perdón explícito de la deuda a cambio de unas verdaderas reformas. O que suban los salarios y los precios en Alemania y eso ayude a restablecer el equilibrio interno de la eurozona.

O acordemos unas transferencias fiscales de los Estados más ricos a los más pobres como las que se hacen en una verdadera unión federal, por ejemplo Estados Unidos, donde nadie espera que Alabama se coloque pronto a la altura de Silicon Valley. Lo que ocurre es que, al crear la unión monetaria sin unión fiscal ni política, los europeos pusieron el carro delante de los bueyes, y ahora los bueyes no quieren empujar el carro.  (...)

Será una tortura lenta. En los países que más sufren por culpa de esta “máquina infernal”, como llamó un dirigente alemán a la eurozona, existe aún un deseo apasionado de permanecer “en Europa”. A pesar de su radicalismo, Syriza ha mostrado una considerable disposición a hacer concesiones para quedarse en Europa. Tengo la impresión de que ocurriría lo mismo con Podemos en España.  (...)

¿Y entonces, qué? A mi corazón no le gusta lo que me dice la cabeza. Pero depende de nosotros, y aún estamos a tiempo de invertir la tendencia. ¿Podrán los europeos del 89 —la generación nacida alrededor y después de ese año— generar la imaginación y la voluntad política que las políticas actuales no saben despertar?"           (   , El País12 MAR 2015)

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