"(...) El drama financiero
griego lleva cinco años acaparando titulares por una razón: la
obstinada negativa de nuestros acreedores a ofrecer un imprescindible
alivio de la deuda. ¿Por qué, en contra del sentido común, en contra del
juicio del FMI y en contra de la práctica diaria de los banqueros ante
deudores en una situación difícil, se resisten a una reestructuración de la deuda? La respuesta no está en la economía sino en las profundidades de la laberíntica política europea.
En 2010 el Estado griego se volvió insolvente.
Se presentaron dos opciones compatibles con la continuidad de Grecia
como miembro de la zona euro: la sensata, que recomendaría cualquier
banquero decente: reestructurar la deuda y reformar la economía; y la
opción tóxica: conceder nuevos préstamos a una entidad en bancarrota y
aparentar su solvencia.
La Europa
oficial escogió la segunda opción, anteponiendo el rescate de los
bancos franceses y alemanes expuestos a la deuda pública griega a la
viabilidad socioeconómica de Grecia. Una reestructuración de la deuda
habría supuesto pérdidas para los banqueros poseedores de deuda griega.
Para evitar confesar a los parlamentos que los contribuyentes tendrían
que pagar una vez más a los bancos mediante nuevos préstamos
insostenibles, los funcionarios de la UE presentaron la insolvencia del
Estado griego como un problema de falta de liquidez, y justificaron el
"rescate" como un caso de "solidaridad" con los griegos.
Con el
fin de plantear la cínica transferencia de las pérdidas privadas
irrecuperables a los contribuyentes como algo que se hacía "por su
propio bien", se impuso a Grecia
una austeridad sin precedentes, que provocó que su ingreso nacional
–con el que debían devolverse las viejas y las nuevas deudas–
disminuyera en más de la cuarta parte. Bastan los conocimientos
matemáticos de un chico listo de 8 años para darse cuenta de que este
proceso no podía terminar bien.
Una vez completada la sórdida
operación, Europa dispuso automáticamente de otra razón para negarse a
discutir la reestructuración de la deuda: ¡ahora afectaría al bolsillo
de los ciudadanos europeos! Y en consecuencia fueron administrándose
dosis crecientes de austeridad mientras aumentaba la deuda, obligando a
los acreedores a conceder más préstamos a cambio de más austeridad
todavía. (...)
En mi primera semana como ministro de Finanzas recibí la vista de
Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo (los ministros de Finanzas
de la eurozona), quien me planteó una dura disyuntiva: o aceptáis la
"lógica" del rescate y renunciáis a cualquier exigencia de
reestructuración de la deuda o vuestro acuerdo de préstamo "se
estrellará", con la consecuencia implícita del cierre de los bancos
griegos.
Siguieron cinco meses de negociaciones bajo
condiciones de asfixia monetaria y una fuga de depósitos inducida,
supervisada y administrada por el Banco Central Europeo. El aviso estaba
claro: a menos que capitulásemos, pronto nos veríamos enfrentados a
controles de capital, cajeros automáticos fuera de servicio, bancos
cerrados y, en última instancia, el Grexit. (...)
Los griegos, con razón, tiemblan ante la idea de ser separados de la
unión monetaria. Salir de una moneda común no se parece en nada a
cortar un tipo de cambio fijo, como hizo Gran Bretaña en 1992,
cuando se decía que Norman Lamont cantó en la ducha la mañana que la
libra esterlina abandonó el Mecanismo Europeo de Cambio (ERM, por sus
siglas en inglés).
Lamentablemente, Grecia no tiene una moneda cuya
paridad con el euro se pueda cortar. Su moneda es el euro: una moneda
extranjera totalmente administrada por un acreedor contrario a la
reestructuración de la insostenible deuda de nuestro país.
Para
salirnos tendríamos que crear una nueva moneda a partir de cero. Para
introducir nuevo papel moneda en el Iraq ocupado se necesitó casi un
año, unos 20 Boeing 747, el despliegue del poderío militar
estadounidense, tres compañías de impresión y cientos de camiones. Sin
esos recursos, el Grexit equivaldría al anuncio de una gran devaluación
con 18 meses de antelación: una receta para liquidar el capital social
de Grecia y transferirlo al exterior por cualquier medio disponible.
Con el Grexit reforzando la fuga de depósitos inducida por el BCE,
nuestros intentos de volver a poner sobre la mesa de negociación la
reestructuración de la deuda cayeron en saco roto. Una y otra vez nos
dijeron que este era un asunto para un futuro indeterminado, al que se
llegaría cuando "se completara con éxito el programa": una formidable
paradoja (Catch 22) ya que el "programa" nunca podría tener éxito sin
una reestructuración de la deuda. (...)
Y ahí está el problema. Europa no supo cómo responder a la crisis de
2008-2009. ¿Debía preparar el terreno para al menos una expulsión (es
decir, el Grexit) con el fin de reforzar la disciplina? ¿O convertirse
en una federación? Hasta el momento no ha hecho ninguna de las dos
cosas, y su angustia existencial es cada vez mayor.
Schäuble está
convencido de que, tal como están las cosas, necesita un Grexit para
despejar la situación de un modo u otro. De repente, una deuda pública
griega permanentemente insostenible, sin la cual el riesgo del Grexit se
desvanecería, ha adquirido una nueva utilidad para Shäuble.
¿Qué quiero decir con esto? Basándome en meses de negociaciones, mi
convicción es la de que el ministro de Finanzas alemán quiere que Grecia
sea expulsada de la moneda única para meter miedo a los franceses y
obligarles a aceptar su modelo de una eurozona disciplinada. " (Yanis Varufakis , yanisvaroufakis.eu, en Rebelión, 13/07/2015)
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