"Muchos de los griegos que hace una semana votaron No en el referéndum,
conscientes de que la permanencia de su país en el euro quedaba muy
comprometida, se consolaban diciendo que al fin y al cabo no era posible
ir a peor. Y que otra cesión en forma de nuevos ajustes les resultaría
insoportable para su bienestar y dignidad.
Es una actitud comprensible
que, sin embargo, no responde a la realidad. Pese al sufrimiento
padecido durante cinco años de austeridad económica y de creciente
impotencia política, todavía pueden empeorar mucho su situación en todos
los terrenos si finalmente han de volver al dracma; y más aún, si eso
supone también dejar la Unión.
Una justificación similar, aunque desde un punto de partida obviamente
opuesto, se escucha estos días entre aquellos muchos que en el resto de
la eurozona han llegado a la conclusión de que Grecia no debe continuar. (...)
Y que las consecuencias de un Grexit son ya menos malas
para el resto de la UE que las que resultan de llegar ahora al enésimo
compromiso después de tantos engaños, acreditada falta de voluntad para
regenerar aquel Estado y aparente incapacidad de tener una economía
sostenible.
También parece una actitud comprensible.
No obstante, pasa lo mismo
que con la sufrida contraparte griega que se ha hartado de seguir
negociando. Simplemente no es cierto. Las consecuencias económicas y,
sobre todo, políticas de forzar un abandono de Grecia serían mucho
peores que un nuevo intento de resolver el problema. (...)
Porque, como recordaba el ministro polaco a su homólogo alemán hace
ahora cuatro años (en el momento de mayor inflexibilidad intelectual y
política sobre la forma de gestionar la crisis), el destino de
Yugoslavia nos recuerda que el dinero, además de un medio de pago, una
unidad de cuenta y un depósito de valor, simboliza la unión; o la
desunión.
La confianza o la desconfianza. En realidad, el dinero es un
simple papel al que le otorgamos enorme valor sólo porque confiamos en
que una comunidad política lo respalda.
Por supuesto, incluso si el resultado final de esta crisis supone el
regreso del dracma, no estamos ante una perspectiva tan dramática como
la que se vivió en Yugoslavia pero sí se habrá roto la confianza y, como
se dirá enseguida, esa será una fractura difícilmente reparable en esa
comunidad política tan delicada y casi naciente a la que llamamos Unión
Europea.
Los halcones que predican el Grexit conceden que será
sin duda doloroso para los griegos pero que, en definitiva, ellos se lo
han buscado con sus incumplimientos de años, culminados recientemente
con esa agresividad desafiante que tan intolerable les resulta. Es en
parte cierto. (...)
Pero el error consiste en no valorar el enorme daño que ese desenlace también causaría al otro lado.
Y tendríamos que estarlo porque, llegados a ese punto de no retorno, se
alegrarán los eurófobos en la misma medida que se decepcionarán muchos
europeístas que seguramente dejarán de serlo al comprobar que los
ideales éticos de la integración no han resistido el primer embate
serio.
Resultaría triste, como advierte Miguel Otero-Iglesias, que
enfrentados a un temporal sólo hubiéramos acertado, con razón o sin
ella, a tirar por la borda al miembro más débil y problemático del
proyecto ¿Y qué pensará el resto del mundo de nosotros? (...)
Por eso, en este momento decisivo al que nos enfrentamos, es de esperar
que sus gobernantes en uno y otro lado de la mesa negociadora tengan la
magnanimidad y la altura de miras que ya tuvo Europa en los años
cincuenta cuando concibió una alianza de intereses mercantiles y
políticos fundada en valores. En unos ideales éticos que estaban por
encima de la conveniencia económica concreta.
Entonces fue el deseo de
dar una nueva oportunidad a Alemania como socio igual, a pesar de que en
los setenta años que fueron de 1870 a 1939 sus ejércitos habían
invadido por tres veces a sus vecinos. Una oportunidad basada en la
confianza de que esta vez el incumplidor de la paz no volvería a las
andadas.
Y correspondida por el compromiso adquirido por éste de
construir una credibilidad en ese sentido. De igual modo, por el bien de
todos, Grecia merece hoy una nueva oportunidad y por supuesto empezar a
ganársela a partir de mañana." (Ignacio Molina , El País,
12 JUL 2015)
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