"(...) en la lectura de fondo, Grecia parece, a pesar de las incógnitas, un caso cerrado. Tsipras
ha perdido en las negociaciones de la peor manera posible, el acuerdo
ha sido humillante, y el resultado final deja a todos la sensación de
que el asunto se ha manejado de manera lamentable.
En definitiva, los
poderes europeos ganan, la troika gana, Rajoy gana, Tsipras y Podemos pierden y aquí paz y después gloria.
En
cierta manera, lo que han hecho los técnicos europeos, el Eurogrupo y las
instituciones no es más que una versión de lo que llaman extend and pretend, un
término que, más que en su acepción económica, debe ser utilizado en su sentido
original: intentar curar la resaca bebiendo.
Las medidas que se han impuesto a
Grecia, igual que las que llevan orquestándose desde hace cinco años, no pueden
alcanzar otro objetivo que el de aumentar la deuda, como bien ha señalado el
FMI.
(...) ahora les van a prestar más dinero al mismo tiempo que
imponen medidas que impedirán cualquier crecimiento. Gastarán menos, sí, pero
ingresarán menos, con lo cual la deuda crecerá.
Puede que esté todo previsto, y la quita llegue en uno, dos
o tres años, y que la insistencia en no hacerla ahora se deba exclusivamente a
razones políticas cuya intención es la de frenar las derivas populistas en
Europa, que es la versión que mucha gente maneja. Pero es probable que no se
trate de otra cosa que de una acción típicamente disciplinaria de los
burócratas de toda la vida, esos que tienen un manual con una fórmula y no se
separan un ápice de ella.
Krugman define a estos hombres grises como gente que
tiene una fe absoluta en la ortodoxia recibida, con independencia de que las
señales de la realidad les indiquen que se están equivocando o, parafraseando a
Keynes, como esa clase de personas que prefiere fracasar una y otra vez
siguiendo el camino ortodoxo que tener éxito realizando acciones no
convencionales.
En ese contexto, a cualquiera que se le ocurra proponer otro
camino diferente del de la fórmula mágica (reformas estructurales y reducción
presupuestaria) será completamente ninguneado (eso contaba Varufakis cuando, al
proponer al Eurogrupo otras opciones bien estudiadas y argumentadas, recibía el
silencio por respuesta: “Si les hubiera cantado el himno de Suecia, habría
conseguido la misma reacción”); si insiste, además, en llevarlas a cabo, será
aplastado.
Lo que está en juego no es un problema ideológico en el sentido en
que lo entendemos, como producto de unas creencias políticas concretas en
lucha: si en lugar de estar Syriza en la mesa de negociaciones hubiera estado
Le Pen, un gobernante socialdemócrata o un conservador euroescéptico se habría
llevado el mismo escarmiento.
La ideología actual tiene que ver mucho más con
las creencias absolutas de los tecnócratas europeos en que sólo hay una
fórmula, que tiene poderes increíbles y que tienen que llevarla hasta el final
porque así conseguirán un mundo mucho más saludable que con alternativas
políticas con un contenido concreto. Los burócratas del pasado aplicaban el
libro de normas, hoy el libro de la ortodoxia.
Pero los problemas no acaban ahí, sino que reciben un nuevo
impulso. Económicamente, porque Grecia va a ir a peor, y políticamente porque aquello
que querían evitar, como eran los populismos, se van a recrudecer. El equipo de
Tsipras tiene razón cuando insiste que este escenario favorece a Amanecer
Dorado, pero se le olvida decir que el asunto va mucho más allá de un grupo de
extrema derecha griego.
La forma en que se ha manejado el asunto por parte de
Merkel, Schäuble, el Eurogrupo y las instituciones europeas en general, sólo
puede reforzar los sentimientos anti-EU. Los euroescépticos del partido de
Cameron, el UKIP, el Frente Nacional y los partidos de izquierda estilo KKE han
visto ratificadas sus tesis. No hay que ignorar que Syriza y Podemos pueden
tener otra idea sobre Europa, pero son europeístas, y los partidos que la UE
está reforzando con sus decisiones no.
Pero no sólo vendrán problemas desde los márgenes: el
peligro de que se confunda el rechazo a esta expresión de la Unión Europea, en
la que el peso de la política es ínfimo respecto de la economía y en la que
esta significa una sola fórmula, con el rechazo a la UE en sí misma es muy
grande.
Los principales dirigentes comunitarios han minado la credibilidad de
las instituciones con su particular cerrazón a la hora de solucionar un problema
pragmático, han conseguido que crezcan muchas antipatías y además han reforzado
los sentimientos anti-EU.
Es cierto que todo el mundo desde las instituciones y
desde los medios afines señala con el dedo a Tsipras como responsable de todos
los males, y que Dijssembloem y compañía han recibido un premio por hacer
cumplir la fórmula mágica en lugar de ser despedidos por haber gestionado la
situación tan mal desde hace cinco años, pero el precio a pagar no es menor.
Mucha gente tiene la sensación de que esta UE sólo sirve a intereses alemanes,
de que los países del sur van a salir perdiendo y que, si seguimos por este
camino, dentro de varios años los problemas seguirán estando ahí, sólo que
manifestándose mucho más crudamente.
Pero esto ocurre siempre que la
tecnocracia se encierra en sí misma y no confía más que en su ortodoxia. Esto
es, cuando se convierte en una burocracia que no tolera el disenso. O, por
decirlo de otro modo, cuando se convierte en ideología." (Esteban Hernández, El Confidencial, 16/07/2015)
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