"(...) En los primeros años del euro el peligro se fue transformando en
realidad. Mientras que Alemania y algunos otros países del norte
(Holanda, Bélgica, Finlandia, Luxemburgo, etc.) generaban excedentes,
los del sur originaban déficits desproporcionados que se trasformaban en
endeudamiento externo, en unos casos, como el de Grecia, público, en
otros, como Irlanda o España, privado.
Endeudamiento que no solo era
externo sino en una moneda que si bien en teoría era la suya, en la
práctica no podían controlar, tanto más dado el estatuto conferido al
Banco Central Europeo. (...)
Ha sido el BCE, cortando el grifo a los bancos griegos (después se
hablará de unidad bancaria), el que ha puesto de rodillas al Gobierno y a
la sociedad griegos, dejando en papel mojado el referéndum. Pero en
España ya habíamos experimentado hasta dónde puede llegar el chantaje
del BCE cuando Jean-Claude Trichet, entonces presidente de esta
institución, envió sendas cartas a los gobiernos de Italia y España
imponiéndoles las medidas (por supuesto, de las más regresivas) que
habían de adoptar si querían que actuase en los mercados defendiendo las
deudas de ambos países. Capacidad que la institución posee tan solo
porque los Estados se la han trasferido.
Los primeros años del euro fueron de euforia. Alemania y otros países del norte se encontraron en una situación de privilegio y pudieron incrementar de forma espectacular sus exportaciones amparados en que su moneda no se podía revalorizar frente a las otras monedas de la eurozona (todos compartían el euro).
Sus bancos pudieron fácilmente reciclar los
excedentes de las balanzas de pagos, prestando a los bancos de los
países deficitarios, que a su vez lo prestaron a los Estados y a los
ciudadanos, generando un falso bienestar, falso ya que todo el
crecimiento era a crédito.
Nadie quiso darse cuenta del problema. Ni el gobierno alemán ni los
bancos acreedores ni los bancos de los países del sur ni el resto de
gobiernos europeos. Todos han sido responsables de cerrar los ojos a la
crisis de deuda que se estaba gestando. Tan responsables son aquellos
que asumen cargas que después no van a poder pagar, como los que prestan
sin medir adecuadamente el riesgo.
Se achaca a Grecia haber engañado,
falsificando las cuentas públicas; amén de las muchas complicidades que
concurrieron en tal falsificación, hay que preguntarse si la evolución
de la balanza de pagos no era suficientemente expresiva en sí misma.
La crisis de las hipotecas subprime al otro lado del Atlántico con
las turbulencias financieras subsiguientes pusieron sobre el tapete los
graves desequilibrios que acechaban a la eurozona y la división que se
había generado entre países deudores y acreedores. Lo cierto es que
Alemania –amparada por unos tratados claramente defectuosos– supo
imponer sus tesis y salir claramente vencedora.
En aquel consejo
fatídico de mayo de 1910, Merkel con la complicidad de Sarkozy y la
cobardía de los gobiernos del sur forzó unas medidas que traerían graves
consecuencias para el futuro. Se acuñó el sistema de rescates (más bien
de intervención) con Grecia como adelantada y se originaron dos
modificaciones sustanciales en el statu quo.
Primero, los créditos de los que eran titulares los bancos alemanes
pasaron a manos de las instituciones y por lo tanto de todos los
Estados, con lo que, en realidad, Alemania no solo no aportaba más
dinero, sino que distribuía el riesgo entre los otros países y les hacía
cómplices de sus políticas.
Eso explica el contrasentido de que los
países del sur, netamente deudores, hayan apoyado a Alemania a la hora
de humillar e intervenir políticamente a Grecia. Esos 26.000 millones
que en estos días tanto han invocado los hombres del PP, en realidad no
se los entregamos a Grecia sino a los bancos alemanes. Segundo, el
riesgo que era privado (bancos) pasó a ser público y a gravitar sobre
los contribuyentes de toda la eurozona.
Lo que ha sucedido estos últimos días con Grecia es difícil de creer y
solo se explica por el contrasentido de construir una Unión Monetaria
sin Unión Política, y por la ancestral querencia de Alemania a
conquistar Europa.
A un país, sin perder una guerra se le somete a
condiciones durísimas, se le desposee de sus bienes para que sean
gestionados por extranjeros y se le dicta la política que debe seguir
hasta en los mínimos detalles, tales como los horarios comerciales, es
decir, se le obliga a implantar aquellas medidas que no van a servir
para superar la grave crisis en que se encuentra, sino para favorecer al
capital internacional. Grecia está ocupada no por ejércitos enemigos
sino por los “hombres de negro” y el BCE a las órdenes de Merkel.
¿Acaso
se le puede reprochar a Tsipras que afirme que no está de acuerdo con
el Tratado pero que no le ha quedado más remedio que firmarlo? Como
aseveró un diplomático griego, lo ha hecho con una pistola en el pecho.
Alguna lección deberíamos sacar el resto de países del sur. “Cuando
las barbas de tu vecino…”. Lo que le está pasado a Grecia puede
ocurrirle a cualquiera de los países deudores y España lo es, el stock
del endeudamiento exterior apenas se ha reducido.
Dentro de la Unión
Monetaria estamos sometidos a la dictadura de los acreedores y del BCE.
Esta institución puede poner contra las cuerdas a cualquier país que
pretenda rebelarse y salirse de lo que llaman la ortodoxia. En cualquier
momento podemos oír lo que tuvo que escuchar Tsipras: “Firma el acuerdo
o destruimos tu economía”. (Juan Francisco Martín Seco, República.com, 26/07/2015)
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