"Las reacciones impulsivas ante cualquier atentado sirven para
complacer, sosegar o reconfortar a la opinión pública. Pero constituyen
un grave error en un combate eficaz, coherente, de largo plazo, contra
el terrorismo islamista.
Mucha gente cree que los yihadistas no son más que locos fanáticos. Y es posible que los que viven entre nosotros posean perfiles un tanto particulares.
Pero los líderes islamistas, aquellos que diseñan la estrategia, saben
muy bien lo que hacen. Su línea de actuación carece de escrúpulos pero
resulta bastante coherente para lograr su objetivo: acrecentar el poder e influencia de ciertas élites. Ahora bien, su técnica sólo funciona si caemos en sus trampas, si reaccionamos como ellos pretenden.
El terrorismo es un método diseñado para vencer, doblegar o arrancar
concesiones a una potencia militar muy superior. Aplica, para ello, el principio de ciertas artes marciales orientales: derribar al contrario utilizando su propia fuerza,
aprovechando sus movimientos reflejos.
Los grandes atentados,
magnificados por los medios de comunicación, intimidan a una audiencia
mucho más amplia que sus víctimas directas, impactan en las emociones de
las gentes, traumatizan temporalmente a la opinión pública. Y presionan
a los gobiernos para reaccionar, cambiar su política, aunque sea de
manera transitoria.
El fundamento del terrorismo es explotar la inconsistencia
temporal, esa fuerte tendencia de los gobernantes occidentales, y de sus
poblaciones, a primar el corto plazo, a cegarse emborrachados
de emoción, a abandonar constantemente la senda óptima de largo plazo.
Sea cual sea el sentimiento predominante tras un atentado, el miedo, la
turbación, el desasosiego, la rabia o la ira, los terroristas vencen
cuando perdemos el norte como consecuencia del impacto, cuando nos
desviamos de la estrategia razonable. Alcanzan su objetivo cuando marcan
la agenda de los gobiernos. (...)
Por mucho que lo pida la opinión pública, no es conveniente tomar
medidas distintas ante un acto terrorista… porque es lo que pretenden
sus autores. Es imprescindible fijar una estrategia de largo plazo
contra el Estado Islámico, con criterios objetivos, y comprometerse a
mantenerla. Nunca alterarla al vaivén de impactos emocionales.
Lo mismo
que disminuirían los secuestros ante la convicción de que nadie pagaría
los rescates, se reducirían las acciones terroristas si sus
ideólogos comprobasen que los atentados son incapaces de alterar las
decisiones, la trayectoria política o la organización institucional.
No hay luchador capaz de aprovechar la fuerza de un contrincante
hercúleo, extremadamente robusto, que mantiene su postura ante cualquier
acometida.
La respuesta al Estado Islámico debe ser eficaz, proporcional,
continuada y estable. Nunca cíclica, a remolque de las emociones de las
gentes. Si los gobiernos creen oportuno atacar enérgicamente sobre el
terreno a los radicales islamistas… tendrían que haberlo hecho ya,
mucho antes de la matanza de París. Y si consideran que el uso de la
fuerza era el adecuado, lo sensato es seguir manteniéndolo.
Nada
más contraproducente que unos bombardeos muy intensos tras el atentado
para volver a la pasividad cuando se apagan los ecos mediáticos.
La reacción puntual desproporcionada no frena nuevos atentados:
precisamente los anima pues es lo que buscan los islamistas.
Actuar por
impulsos satisface los deseos y necesidades de la doliente opinión
pública, sí, pero también contribuye al verdadero objetivo de los
terroristas, que no es matar por matar sino forzar una política
errática, una línea de acción zigzagueante, teledirigida desde el
cercano Oriente.
Las sociedades occidentales se muestran crecientemente inermes, no
porque sean más débiles o vulnerables militar o policialmente sino
porque cada día son más miedosas, más expuestas a todo tipo de
emociones, más volátiles en sus inclinaciones, más alejadas de los
principios y valores.
Porque los medios de comunicación no sólo
informan; se recrean, convierten los grandes atentados en un
espectáculo, amplifican la conmoción hasta el límite. Porque demasiada
gente cambia de criterio, temporalmente, tras una fuerte impresión
turbadora. Y porque los dirigentes actuales olfatean como sabuesos el
rastro de las encuestas, sus intereses electorales inmediatos, pero se
despreocupan del rumbo de la nave, de la trayectoria de largo plazo.
Ante la incertidumbre del impacto emocional, el peligro de la
inconsistencia temporal, ese riesgo cierto de que un nuevo atentado nos
desvíe de la senda racional, no existe otra solución que la del
legendario Ulises: amarrarse fuertemente al palo mayor,
a ese mástil de los valores, los principios de racionalidad, libertad e
igualdad ante la ley que encendieron la antorcha de la ilustración, que
dieron lugar a sociedades abiertas, alejadas del fanatismo ciego.
Aferrarse a la razón, a las convicciones, confiere valentía, ayuda a
mantener la cabeza fría en momentos difíciles, a dominar los impulsos.
Evita cambiar de criterio, en un sentido u otro, tras un acto
terrorista. Sin nuestro miedo, sin la exagerada machaconería
mediática, sin la actitud titubeante de nuestros gobiernos… los
terroristas no serían nadie." (Juan M. Blanco, Vox Populi, 17/11/15)
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