"(...) La política económica implementada en la mayoría de
las democracias occidentales desde el inicio de la actual crisis
sistémica se diseñó al margen de la defensa de los intereses de la
ciudadanía.
Se empeñó en reconstituir el sistema existente con el
objetivo último de favorecer de manera permanente a la clase dominante,
los más ricos, los intereses corporativos, mientras que dejaban a los
ciudadanos, especialmente a los más pobres, con una sensación de
impotencia y desesperación política.
A diferencia de la mayoría de los ciudadanos, la élite bancaria y
financiera tenía la mayor parte de su riqueza financiera en activos de
deuda y derivados de todo tipo, que se hubiese evaporado casi por
completo si en plena crisis de 2008 se hubiesen dejado caer a los
bancos.
Si se hubiese reestructurado el sistema bancario y se hubiera
reducido su tamaño acorde con la economía real, hubiesen sido los más
ricos y poderosos los grandes perdedores.
Obviamente no lo toleraron. En
su lugar, diseñaron una estructura de ahorro para la economía en la que
su riqueza se mantenía, así como las instituciones que la controlaban,
pero lo hicieron a costa de la ciudadanía. Entre esas instituciones,
muñidoras del ajuste de cuentas con la ciudadanía, están, obviamente,
los Bancos Centrales.
En el diseño de la estrategia colaboró activamente la ortodoxia académica, englobada en el Consenso de Washington.
Ésta propuso, utilizó, y continúa usando, dos líneas básicas de
política económica en lo que ya calificamos como una cínica perversión
de las mismas, perturbando el uso para el cual fueron diseñadas. Se dice
que con ello se pretendía estimular la demanda, cuando en realidad se fomentó la especulación, la pobreza y la miseria.
Por un lado, una política monetaria expansiva al servicio exclusivo de las élites,
especialmente las bancarias, como venimos denunciando desde estas
líneas. Se trata de la peor droga de diseño generada en las últimas
décadas, la expansión cuantitativa. Da una sensación de
tranquilidad y protección cuando en realidad lo único que genera es un
estado de nirvana, una mera ilusión óptica, vía inflación de activos.
Paralelamente, se produjo una pavorosa expansión de la deuda pública
en la práctica totalidad de las democracias occidentales con el
objetivo último de financiar a terceros, sanear sus desaguisados.
De ahí
que el próximo Lehman Brothers será uno de los grandes países occidentales, cuya caída arrastraría al resto. Obviamente este colapso también se llevaría por delante al sistema bancario occidental. (...)" (Juan Laborda, Vox Populi, 07/11/15)
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