"(...) Para quienes no estén familiarizados con el término, el “proyecto
europeo” tiene un significado muy específico. Se refiere al intento, a
largo plazo, de fomentar una Europa pacífica y próspera
mediante una integración económica y social cada vez mayor, un proyecto
que se inició hace más de 60 años con la creación de la Comunidad del
Carbón y el Acero. (...)
Todas estas actuaciones podrían considerarse intentos de conferir a
Europa muchos de los atributos de un país individual, sin una unión
política formal (al menos, no todavía). La esperanza más o menos
explícita de muchos miembros de la élite europea era que la integración
técnica y económica propiciase poco a poco la unificación psicológica y,
en último término, allanase el camino hacia unos Estados Unidos de
Europa.
Y, durante mucho tiempo, el proyecto funcionó muy bien y Europa
se fue volviendo progresivamente más próspera, pacífica y libre. Pero,
¿cómo afrontaría el proceso los contratiempos?
Después de todo, el
proyecto europeo estaba generando una interdependencia cada vez mayor
sin crear ni las instituciones ni, a pesar de las esperanzas de la
élite, la sensación de legitimidad política que se necesitaría para
administrar esa interdependencia si las cosas se torciesen.
Y eso me lleva a los desastres.
A simple vista, podría parecer que la crisis financiera, la crisis de
los refugiados y los atentados terroristas no tienen nada en común.
Pero, en cada uno de estos casos, resulta que la capacidad de Europa
para protegerse a sí misma se ha visto socavada por su unión imperfecta.
Respecto a la crisis financiera: la inmensa mayoría de los economistas (aunque, por desgracia, no los políticos) coincide en que los males que aquejan a Europa
se deben sobre todo a los cambios de humor de los inversores privados,
que de un modo imprudente invirtieron dinero en el sur de Europa tras la
creación del euro, para luego cambiar bruscamente de dirección una
década después.
Sin embargo, también pasó algo similar en Estados
Unidos, donde el dinero fluyó primero hacia los préstamos hipotecarios
en los “estados arenosos” —Florida, Arizona, Nevada, California— y
después se esfumó. Sin embargo, en EE UU, las instituciones federales,
desde la Seguridad Social hasta los seguros de depósitos, mitigaron el
sufrimiento causado por ese cambio.
En Europa, por desgracia, los
Gobiernos nacionales tuvieron que afrontar el coste de los rescates
bancarios y mucho más, por lo que el endeudamiento excesivo del sector
privado pronto se convirtió en una crisis fiscal.
Por lo que respecta a los refugiados: las políticas respecto a los
inmigrantes en general, y los refugiados en particular, son horribles en
todo el mundo; no tienen más que escuchar a Donald Trump o Ted Cruz.
Pero Europa, además, intenta mantener abiertas las fronteras interiores,
mientras deja el control de las exteriores en manos de Gobiernos
nacionales como el de Grecia, empobrecida y arrasada por la austeridad.
No es de extrañar, por tanto, que vuelvan los controles fronterizos.
Y en cuanto al terrorismo:
ninguna sociedad libre puede estar siempre absolutamente segura frente a
los ataques. Pero piensen en lo mucho que se complica todo cuando la
lucha antiterrorista depende en su mayoría de Gobiernos nacionales, cuya
capacidad de control es muy desigual.
Imaginen cómo se sentirían los
neoyorquinos si la parálisis política de Nueva Jersey se interpusiese en
el camino de cualquier política antiterrorista eficaz para Nueva York, y
ya tienen una idea bastante aproximada de los problemas que Bélgica le
ha generado a Francia.
Lo ideal sería que Europa respondiese a estos contratiempos
reforzando su unión, creando más instituciones necesarias para
administrar la interdependencia. Pero parece faltar la voluntad política
que requiere esa clase de actuación, incluso para las medidas más
evidentes.
Por ejemplo, el pasado martes, la Comisión Europea proponía
la entrada en vigor gradual de un sistema paneuropeo de garantía de
depósitos, que es el requisito mínimo imprescindible para mantener la
estabilidad de los bancos dentro de una unión monetaria. Sin embargo, el
plan se enfrenta a una oposición feroz en Alemania, que lo considera un
regalo para sus vecinos derrochadores.
La alternativa es dar un paso atrás, que es lo que ya está pasando
con los controles fronterizos. A los dirigentes europeos les preocupa,
con razón, que cada una de estas acciones perjudique al proyecto europeo
en general. Pero ¿qué alternativa realista hay? La verdad es que
desconozco la respuesta.
Tan solo me siento agradecido de que Estados
Unidos tenga la clase de unidad con la que Europa solo puede soñar, al
menos por ahora. Ya veremos lo que queda después de que el presidente
Trump acabe con ella." (
Paul Krugman , El País,
28 NOV 2015)
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