"Qué está pasando, por qué esta agonía? ¿Qué ha llevado a Partido
Popular, Partido Socialista y Convergència a darse una costalada
morrocotuda? ¿Quién iba a imaginar que los profesores de Podemos
sacarían tanto pecho en tan breve espacio de tiempo?
Sólo un enfado
evidente de los electores puede explicar el resultado de los últimos
comicios con los que acabamos de obsequiarnos y que, junto a sensibles
barquinazos, han generado una atomización del paisaje político.
La confluencia de unas simples variables ha llevado al ciudadano a
concluir que, no hace más de ocho años, él y los suyos vivían mejor.
Y
cuando parecía que la densa niebla de la crisis comenzaba a disiparse,
cada día amanece con un nuevo escándalo de corrupción política, lo que
le lleva a confirmar que, mientras él gana menos, unos pocos –el 0,1% de
la población– hacen ostentación de ganar mucho.
De ahí la desafección,
un alejamiento respecto de gente a la que hace tiempo se ha dejado de
apreciar.
Lo cierto es que las clases medias han visto menguar sus ahorros,
temen por sus pensiones, sufren la inclemencia fiscal, mantienen o
ayudan a sus hijos y ven cómo la riqueza se polariza en medio de una
generalizada corrupción ambiental.
Si a eso se añade el hartazgo por el
discurso caduco de los políticos de ración y que el enfado, como todo
hoy, se ha globalizado, la situa- ción desemboca –de forma inevitable–
en un desencan- to crónico, agravado por la exportación de talentos de
una generación tan pronto escaldada. (...)
Gabriel Magalhães, profesor universitario de literatura, expone en su
reciente publicación Los españoles (Elba, 2016) que nuestro país le
produce la sensación de un mosaico de tensiones en perpetuo movimiento
dentro de “un nacionalismo estereofónico”. (...)
Con sensibilidad, Magalhães desmenuza la creencia de que en la
sociedad española hay muchas ganas –aunque no estoy seguro de que esto
sea así– de dejar de ser un mundo que funciona descartando o
arrinconando a una parte importante de su población.
Eso es lo que se
refleja en la protesta política: los eliminados desean ser integrados,
los marginados quieren y pueden ocupar su lugar. Y concluye que una
España que no se permitiera los índices de paro actuales sería un país
distinto.
Es incuestionable que el áspero desencanto tiene que ver con disponer
de menos y, por ende, vivir peor.
En España se ha instalado un
pragmatismo inmisericorde, tal vez debido a la globalización de las
finanzas y salarios, a una nueva organización empresarial acorde a la
normativa de los mercados y a que hemos entrado –sin previo aviso– en la
economía del conocimiento y la innovación.
Y es que el capitalismo –que
siempre ha sido la reunión inteligente de intereses egoístas– hace que
brote un estado de frustración permanente en los que viven de un
salario. (...)
Así se entiende la pujanza, en las elecciones que se han celebrado en
el último año, de partidos con raíces comunistas –Podemos e Izquierda
Unida– y anarquistas o antisistema –la CUP–. En paralelo a este proceso,
aumentan la pobreza y el patrimonio de los ricos; mengua la compasión y
reaparece la caridad.
Imagino la impaciencia de los lectores, que, con razón, demandan
soluciones, pero no queda otro recurso que decirles que, puesto que la
imaginación lleva tiempo de luto, el actual desierto intelectual
alimenta la presente sensación de impotencia.
Lo que no obsta para que
sea perentorio embridar –dentro del modelo democrático– el capitalismo
despiadado, que incomprensiblemente algunos aún se obstinan en mantener.
Se trata de reformismo y en eso consiste repensar la articulación de
la democracia y la vigencia del modelo económico.
De no ser así, el
áspero desencanto se puede volver crónico y ahogar la esperanza. Y eso
sí que no. De ahí, la agonía." (Luis Sánchez-Merlo , La vanguardia, 04/02/16)
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