"(...) Los Bancos Centrales, desde un punto de vista
temporal e histórico, son los segundos responsables en el germen de la
cadena que confluyó en la actual crisis sistémica. Primero fue el diseño
de políticas económicas destinadas a perjudicar el factor trabajo, a
rebajar los salarios nominales.
La consecuencia, un incremento y
persistencia del desempleo. Segundo, en este contexto de descenso de
salarios nominales, los Bancos Centrales implementaron una política
monetaria irresponsable en plena fase de financiarización de la economía
global, hundiendo salarios reales.
Las consecuencias ya las conocemos:
explosión de deuda, pobreza, desigualdad y un sistema financiero
insolvente.
Déjenme profundizar un poco más en esta idea. Para ello me remonto a 1998, cuando economistas de la Reserva Federal de Cleveland publicaron un artículo clarividente, Beyond Price Stability: A reconsideration of Monetary Policy in a Period of Low Inflation.
Hace casi 20 años predijeron de manera impecable todo el desastre
actual. Ante sus recomendaciones, los banqueros centrales no hicieron ni
caso. Vayamos a lo substancial del mismo.
Según recoge dicho artículo, la globalización presenta una serie de rasgos básicos.
En primer lugar, se produce una infravaloración del factor trabajo
respecto al factor capital, al incrementar de manera notoria la oferta
de trabajo y promoverse desde un punto de vista económico unos
sindicatos débiles, una mayor flexibilidad del trabajo y una reducción
de salarios.
En segundo lugar se produce un aumento del peso de los países emergentes,
que aportan la producción de materias primas y de bienes finales, tanto
de consumo como de capital, de manera que la exportación, y en algunos,
como China, la inversión han sido los motores de su expansión
económica.
En tercer lugar, al disminuir los costes unitarios laborales,
se producen descensos en los precios de ventas de numerosos bienes, y
se genera lo que se denomina deflación buena o “a la Keynes”,
que consiste en un aumento de la holgura monetaria consecuencia de la
caída de precios: con una determinada cantidad nominal de dinero se
puede comprar más bienes, por lo tanto, los saldos reales aumentan.
En ese mismo artículo se describe como debería haber sido la política monetaria en un entorno de baja inflación, mucho más restrictiva
de lo que realmente estaba siendo en aquel momento.
Al implementarse
políticas monetarias laxas, con descensos importantes en tipos nominales
y reales, los efectos de los Bancos Centrales que dichos economistas
previeron fueron los siguientes. Se eliminaba la deflación “a la Keynes”, lo que castiga más a las rentas del trabajo, al disminuir los salarios reales.
Se promovía el endeudamiento privado. Se facilitaba la inflación de activos, y la toma de riesgos excesivos, introduciendo un problema de riesgo moral. Pero lo más interesante es que al final esa dinámica acabaría provocando un aumento de la tasa de crecimiento de los componentes “erráticos” de la inflación, aquella parte asociada a la evolución de mercados financieros, es decir, energía y alimentos no elaborados.
Eso forzaría a subidas de tipos de interés que pincharía las burbujas que los mismo Bancos Centrales habían generado.
¿Y cómo acabaría todo ello? En deflación por deuda, “a la Mundell”.
Se trata de un descenso en los precios causados por la incapacidad de
los deudores para pagar sus deudas.
Si los agentes económicos esperan
que la deflación continúe, se abstienen de hacer adquisiciones en espera
de poder beneficiarse de unos precios inferiores; son reacios a pedir
préstamos a cualquier tipo de interés nominal, porque tendrán que
devolver el préstamo en unos euros ó dólares… que valdrán más cuando los
precios sean inferiores a los de ahora.
En resumen, los tipos de
interés reales se elevan por encima del tipo nominal. La deflación “causa” depresión. Lo dicho, ¿para cuándo una auditoría de las políticas y consecuencias de los Bancos Centrales?" (Juan Laborda, Vox Populi, 12/03/16)
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