"Shakespeare jamás hubiera podido imaginarse un personaje de destino
tan trágico como Dilma Rousseff, la presidenta brasileña que, con toda
seguridad, será destituida definitivamente el próximo 12 de mayo cuando
el Senado en Brasilia confirme la votación pro impeachment de la cámara baja brasileña el pasado domingo.
Rousseff ha insistido esta semana hasta en la sede de las Naciones
Unidas en Nueva York en que no ha cometido ningún delito de
responsabilidad que, según la Constitución brasileña, justificara el impeachment.
Cuando sus enemigos en Brasil la tacharon de victimista, respondió:
“Sí, me siento víctima”. Por la sencilla razón de que “lo que se prepara
es un golpe”.
Y efectivamente, el argumento de que la llamada “pedalada” fiscal –el
maquillaje de las cuentas fiscales en 2014 y 2015 mediante préstamos de
bancos públicos– sea motivo suficiente para destituir a una presidenta
elegida por la mayoría de los brasileños hace 16 meses no se lo cree
nadie. Ni los columnistas más dados al sofismo maquiavélico en
periódicos como O Globo, los verdaderos verdugos del Partido de los Trabajadores. Es, obviamente, un pretexto.
Aunque millones de brasileños creen que Dilma está involucrada en la
red de corrupción en torno a Petrobras, ni los jueces más empedernidos
del equipo del magistrado federal Sergio Moro han encontrado pruebas de
ello. Dilma no figura en la lista de 270 políticos publicada por la
constructora Odebrecht, a los que se puede haber pagado sobornos. Hasta
sus enemigos reconocen que Dilma es una persona de honestidad y
disciplina intachables tal y como exige su formación de luchadora
marxista.
Pero precisamente por sus conocimientos de la lucha de clases, Dilma
debía saber, como sabían Hugo Chávez o Evo Morales, que cualquier
pretexto basta para la élite latinoamericana capacitada para movilizar a
jueces, diputados e informadores para derribar, con la ayuda del
Departamento del Estado norteamericano, a un gobierno, en caso de
necesidad.
Así es su historia. Por eso, estos dos líderes de la
izquierda cambiaron la Constitución, hicieron la reforma política y
crearon sus propios medios de comunicación estatales para hacer frente a
los privados.
Cabe recordar que tanto O Globo como Folha de S. Paulo, los animadores del movimiento pro impeachment, apoyaron
el golpe militar de 1964, ayudando a la convocatoria de las enormes
manifestaciones católicas en contra del comunismo inexistente del
gobierno de entonces; los tanques quitaron del poder al presidente
elegido, Joao Goulart, y al gobierno del socialista Leonel Brizola.
Ahora, igual que entonces, la campaña que defiende derribar al
gobierno democráticamente elegido en nombre de la democracia “no tiene
mucho que ver con la corrupción; es un conflicto de distribución”, según
dijo un economista de un banco público en Río. “El 20% de los
brasileños protesta porque no tiene los privilegios de antes”.
Pero si la izquierda no logró movilizar a la clase obrera contra el
golpe de 1964, esta vez ni hace falta sacar los tanques. Porque, en una
profunda recesión que pone en peligro las conquistas sociales de los
diez años anteriores bajo el PT, la opinión pública siente desprecio por
Rousseff debido a una desastrosa gestión económica.
Y ahí, como diría quizás la Dilma de una obra de Shakespeare mientras
reflexionase en un largo soliloquio sobre su destino, está el “rub”,
el quid de la cuestión. Porque la caída dramática del PT puede
explicarse por la adopción de las políticas de austeridad y
endurecimiento monetario que ahora exigen sus verdugos en Brasilia y en
Washington.
Cabe recordar que Dilma nombró ministro al economista
liberal formado en la ortodoxa escuela de Chicago Joaquim Levy para que
diseñase un duro programa de ajuste. “No fue necesario optar por la
austeridad; debió mantener la inversión pública y no permitir que la
investigación sobre Petrobras paralizara a la actividad en el sector
petrolero”, dice Ricardo Summa, economista de la Universidad Federal.
Es
cierto que la caída del precio del petróleo y otras materias primas
complicó sobremanera la vida para Dilma, pero había una alternativa a
las medidas de ajuste recomendadas por las sirenas del FMI que ahora,
con más sutileza que cuando dieron la bienvenida a Pedro Carmona en
Venezuela en 2002, asienten con la cabeza a la defenestración de la
presidenta.
Estas políticas de austeridad y tipos de interés del 15% son
responsables de una profunda recesión, la subida explosiva del paro y
el desplome de los salarios reales debido a la inflación. Es ese el
motivo de la falta de apoyo en la calle a la campaña contra el “golpe”
que el PT ha intentado poner en marcha. Otra vía era posible.
Es decir,
que Dilma personifica una tragedia que ni Hamlet entendería. Es una
política honesta en un nido de ladrones que será destituida por
corrupta. Y es quien puso en marcha el ajuste que, para sus críticos en
São Paulo, Wall Street y Washington, es tan crítico que hace falta
destituirla para terminarlo.
La ironía es aún más teatral porque el
PMDB, que asume el mando con la ya casi inevitable presidencia de Michel
Temer, se opuso a los ajustes defendidos por Dilma. Levy dimitió tras
chocar frontalmente contra el Congreso liderado por el PMDB y su
corrupto líder en la cámara Eduardo Cunha, investigado por blanquear
dinero en Suiza. (...)" (Andy Robinson, CTXT, 21/04/16)
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