"El martes pasado viví una experiencia completamente absurda
(...) habíamos pasado las vacaciones de Semana Santa en nuestra casa en La
Coruña, y aprovechamos para prolongar un día, bajar en coche, detenernos
en Mondariz, y después, continuar viaje de vuelta hacia Madrid.
Mi
mujer sufre de migrañas con cierta regularidad, lo que hace que lleve
siempre encima un medicamento, Sumatriptán, que le hace efecto
generalmente con cierta eficiencia.
Sin embargo, tras una semana de
vacaciones y con la mala suerte de haber sufrido ya un par de crisis
migrañosas, había consumido ya las pastillas que llevaba encima, y se
encontraba en ese momento sin ninguna encima.
Cuando estamos en Madrid,
adquirir Sumatriptán es tan sencillo como acudir a una farmacia con la
tarjeta sanitaria de la seguridad social y, dado que se trata de una
dolencia crónica, mostrarla para que comprueben en el ordenador que
puede adquirir una o dos cajas de cuatro comprimidos cada cierto tiempo,
en función del cálculo de sus posibles necesidades de consumo. (...)
Dado el funcionamiento de las farmacias en España, es un medicamento
que, de manera habitual, puede adquirirse sin necesidad de exhibir la
correspondiente receta: yo mismo lo he adquirido en numerosas ocasiones
sin problemas cuando mi mujer está con alguna de sus crisis.
Sin
embargo, es perfectamente posible que el farmacéutico decida que, por la
razón que sea, quiere exigir la receta, e incluso que se niegue a
dispensarlo en función de criterios de difícil explicación.
El
martes por la tarde, mi mujer comenzó con uno de sus episodios
migrañosos, y se encontró sin ninguna pastilla a mano. En esas
circunstancias, lo mejor es tratar de tomar la primera pastilla lo antes
posible: una vez que la migraña supera un límite determinado, ya no hay
quien la pare, y puede durar más de un día con dolores fuertes.
Acudimos a una farmacia rápidamente, para encontrarnos con que el
farmacéutico decidió que, por la razón que fuese, debía exigirnos la
receta. Le comentamos que la receta era electrónica y que dependía de la
tarjeta sanitaria de mi mujer, de la Comunidad de Madrid.
Ante esa
circunstancia, el dependiente nos dijo que le resultaba completamente
imposible verificar esa información porque el sistema no le permitía
acceder a ella al ser de un sistema sanitario de otra comunidad
autónoma, y que por tanto, no podía vendernos el medicamento.
Como
solución, nos ofreció irnos al ambulatorio de la Seguridad Social de
Ponteareas, donde podríamos acudir al servicio de urgencias y pedir a un
médico que nos extendiese una receta.
Un poco de sentido común,
por favor: como solución a un problema completamente absurdo y puramente
tecnológico, me proponen que acuda a un médico que, sin ninguna
posibilidad de determinar de una manera mínimamente rigurosa si un
medicamento es adecuado a una dolencia determinada o no (diagnosticar
una migraña requiere diversas pruebas y lleva tiempo), tiene que aceptar
que el paciente le dice que su dolencia es crónica, que está
perfectamente diagnosticada por un médico en Madrid, y que por favor, le
extienda la receta de un medicamento que el farmacéutico se niega a
venderle.
Obviamente, no acudimos al ambulatorio. Contribuir a saturar el
servicio de urgencias para que simplemente me extiendan un papel es algo
que resulta suficientemente absurdo e ineficiente como para intentarlo
primero de otras maneras. Entré en otra farmacia, pedí el medicamento, y
me lo vendieron sin ningún problema.
Obviamente, no intenté
beneficiarme de la bonificación en el precio a la que me daría acceso la
receta de la Seguridad Social, cosa que tampoco había pretendido en la
farmacia anterior, pero a la que hipotéticamente debería tener derecho:
simplemente pagué el precio completo y me fui a buscar un vaso de agua.
¿Qué
país desarrollado genera un sistema sanitario tan profundamente
disfuncional que obliga a semejantes cuestiones?
¿Qué estúpida razón
llevó a transferir a las comunidades autónomas las competencias de
Sanidad, para que dieran lugar a un demencial sistema que multiplica los
gastos, los priva de posibles economías de escala, y encima convierte a
cada comunidad autónoma en un compartimento estanco, que imposibilita o
dificulta profundamente que los ciudadanos accedan a los beneficios de
un sistema de ámbito estatal como la Seguridad Social?
Lógicamente, eso
implica que tampoco se podrá acceder a datos de cualquier paciente de
una comunidad autónoma desde otra, sean pruebas diagnósticas,
historiales médicos o lo que sea… ante un accidente en una comunidad
autónoma distinta de la tuya, olvídate que que quienes te atiendan
puedan acceder a todos los datos que la Seguridad Social de tu comunidad
podría hipotéticamente tener sobre ti. Genial.
En pleno siglo
XXI, en un país relativamente pequeño como España y dotado con uno de
los mejores sistemas sanitarios del mundo, hemos decidido que el mejor
uso de los recursos públicos era crear diecisiete sistemas de
información diferentes, uno para cada comunidad autónoma, no conectados
entre sí, completamente independientes y estancos, de manera que un
ciudadano español con una receta perfectamente válida en Madrid no pueda
obtener el medicamento que necesita para su dolencia si está en algún
otro lugar… de su propio país!!!!
Uno de los grandes beneficios que se
supone debería traernos la tecnología, la capacidad de acceder a datos
que se encuentran en otro lugar, convertido en completamente
inútil. Enhorabuena: hemos conseguido rizar el rizo de la estupidez y darle un par de vueltas más." (Enrique Dans, 02/04/16)
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