"Así pues, contra todo pronóstico (excepto el mío, perdón por la
inmodestia), Donald Trump será el candidato republicano a la presidencia
de Estados Unidos, el país más poderoso del mundo. ¿Por qué era
previsible?
¿Cómo puede ser que un personaje detestado por dos tercios
de los estadounidenses y rechazado por la clase política y el
establishment económico pueda liderar la derecha en lo que muchos
consideran un suicidio político?
Pues porque Trump, decisivo y
bien asesorado, optó por dirigirse al núcleo del electorado conservador,
hombres blancos de poca educación golpeados por la transición hacia una
nueva economía y amenazados en sus privilegios de raza y género.
Y dijo
lo que muchos de ellos piensan de los latinos, inmigrantes, negros y
mujeres. El costo fue bajo: los republicanos ya han perdido el voto de
los latinos y negros. Más complicado es el voto de las mujeres (la
mayoría de votantes) y ahí está el talón de Aquiles del candidato,
aunque habrá un cambio del discurso a este respecto.
Pero en donde Trump
fundamenta su apoyo social es en el sentimiento generalizado contra las
élites financieras y contra la casta política. En este sentido se
aproxima a los fenómenos mal llamados populistas en Europa, en
particular a movimientos de extrema derecha, tipo Frente Nacional en
Francia. (...)
En ese sentido, también en Estados Unidos se ha dado esta versión de
nueva izquierda (para simplificar) en la forma de la extraordinaria y
también inesperada campaña de Bernie Sanders, que ha puesto en cuestión
el liderazgo de la siempre presunta nominada Hillary Clinton, a quien ya
destronó Barack Obama cuando menos se lo esperaba.
Sanders sólo está
300 delegados por detrás de Clinton, aunque es difícil que pueda colmar
la diferencia pese a que ganará varios estados más este mes, porque la
importante población latina de California seguirá fiel al clientelismo
de la dinastía Clinton. Pero la verdadera diferencia está en los
llamados superdelegados, es decir, oficiales del aparato demócrata que
pueden decidir su voto sin referencia a los resultados de las primarias.
Y
aquí Hillary Clinton tiene el apoyo de más de 500 frente a los apenas
40 de Sanders. Ganará Clinton, pero ya no pueden ignorar el masivo voto
de los jóvenes por Sanders, que estaba con ellos en las acampadas de
Occupy Wall Streety cuyo programa refleja muchas de las criticas de las
nuevas generaciones (incluyendo las mujeres jóvenes) a ese Wall Street
que tiene precisamente en Hillary Clinton su principal valedora.
Paradojas
de la historia: en la elección de noviembre, un capitalista racista y
misógino será el candidato que se opone al establishment financiero y
político mientras que la candidata demócrata será el último baluarte de
la colusión entre políticos y Wall Street contra el asalto de los
indignados de derechas.
Y aún más paradojas: precisamente porque Donald
Trump es odiado por la mayoría de los jóvenes (mis estudiantes hablan de
exiliarse a Barcelona si gana) se van a movilizar contra él y harán
campaña por Clinton por mucho asco que les dé (en torno a un 60% de la
población y un 75% de los jóvenes piensan mal de ella, incluidas las
mujeres jóvenes).
En esas condiciones y con las élites republicanas
(incluidos los dos expresidentes Bush) dandola espalda a la candidatura
“tóxica” de Trump, lo lógico es que gane Hillary Clinton y la dinastía
vuelva al poder, empatando a dos con la dinastía Bush.
Entre las dos familias acumularían 20 o 24 años de las presidencias recientes. (...)
La ventaja de Clinton sobre Trump en las encuestas no es abrumadora:
seis puntos de porcentaje en promedio. Y además todo depende del reparto
de votos por estado. Y del estómago que tenga la gente porque esta
elección será entre las dos personalidades menos populares de la
historia reciente de Estados Unidos. (...)
Si Donald Trump moviliza el núcleo indignado retrógrado y
nacionalista y Hillary no moviliza a los indignados progresistas que
buscan un nuevo futuro, todo es posible. Entre indignados anda el juego.
Y
si Trump fuera presidente, ¿qué pasaría? Lo casi seguro es un nuevo
aislacionismo. Retirada de tropas y bases militares donde no sea
esencial para Estados Unidos. Contando con amplio apoyo interno. Trump
aduce que no hay razón para pagar por la defensa de Europa, Corea del
Sur o Japón, países ricos que, además, deberían armarse nuclearmente
para defenderse. Y propone abandonar a los árabes a su suerte, aunque
protegiendo el petróleo.
Nueva paradoja: sería Donald Trump el
que cumpliera la petición de la izquierda de repliegue militar. De
hecho, se opuso a la invasión de Iraq. Iniciaría guerras comerciales y
perseguiría paraísos fiscales.
Controlaría la entrada de musulmanes.
Iniciaría la deportación de miles de inmigrantes aunque no millones y
avanzaría hacia la construcción del muro de la vergüenza. Sería un
cambio significativo y paradójico. Aunque al final tendría que pactar
con Wall Street y apagar el fuego de las revueltas en los barrios
latinos y negros. Que así no sea." (Manuel Castells, La Vanguardia, 07/05/16)
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