"París. Después de Berlín, después de Madrid, después de Londres. Si la
Unión Europea fuese el mecanismo de un reloj, en este momento algunos de
sus engranajes se pararían o, tal vez, se volverían completamente
locos.
¿Por quién doblan allí las campanas? En muchos lugares del mundo
se está asistiendo al final de algo. No de la democracia, sino de una
ilusión de democracia, de despreocupación y de inmensa seguridad en
todas las situaciones de la vida. En Austria es el fin de la “casa del
pueblo”, la bienintencionada alianza de los dos grandes partidos de
masas que ha acabado en corrupción y parálisis.
Una parte de ese pueblo
se ha buscado otros receptáculos. Se desdeña el procedimiento
democrático de la adopción de compromisos por consenso. Se desprecia la
democracia liberal. El fin de la relación tiene lugar acompañado por un
profundo disgusto, por la cólera y por el resentimiento (también por el
odio).
No lo gobierna ningún espíritu, ningún aliento revolucionario,
ningún despegue como el de 1989, sino el estado de ánimo, las emociones y
el afán de castigo y venganza. Ante todo, no hay en él ninguna voluntad
de crear algo nuevo, sino única y exclusivamente el imperativo del
rechazo, un enorme y rotundo “no”. Todo debe seguir siendo como es, o
como se cree que fue en el pasado. (...)
Pero, ¿acaso después de 70 años de democracia europea se puede imaginar
un descenso a los tiempos de la barbarie? Tal vez sería mejor imaginar
una época de ralentí nacional, sin falsas promesas ni jerga política. (...)
La nueva época se ha inaugurado ya en Viena, donde un presidente
verde gracias a una mayoría por los pelos tendrá que ser capaz de
ofrecer otra canción que no sea solo “es que somos tan abiertos y tan
modernos…” Volvamos al mecanismo del reloj. Nada se mueve en Idomeni.
Ahora el campamento, símbolo del acoso a Europa, pero también de la
desesperación de los refugiados, está cerrado. Había que disolver la
jungla de tiendas de campaña y encarrilarla por una vía ordenada,
descentralizada y oficial. También aquí algo está a punto de terminar y,
al mismo tiempo, de comenzar.
Han transcurrido más de 20 años
desde que el entonces director del International Herald Tribune, en un
artículo solicitado por el portal digital del Tageszeitung, escribiese:
“¡Vamos, Alemania! ¡Abre los ojos!”.
El autor se mostraba crítico con el
hecho de que Alemania todavía no hubiese entendido que era un país de
inmigración. Para abrir los ojos, tiene que volver a poner los pies en
la tierra y dejar de soñar. La democracia no la regala nadie. Nadie
regala nada." (Andrea Seibel, El País, 30/05/16)
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