"(...) ¿Cuáles son las causas de esa rebelión de millones de ciudadanos
contra la Unión Europea? En el Brexit, cuya campaña seguí desde
Cambridge, el tema central fue el miedo a perder el control del país.
“Take control” fue el lema. Ejemplificado por el control de la
inmigración de ciudadanos europeos, en particular de Europa Oriental,
que han llegado al ritmo de 200.000 por año con derechos de trabajo y
residencia.
En contraste con las acusaciones de racismo, la
crítica no fue contra personas del tercer mundo, porque estos necesitan
visado, sino contra los que, sin control, compiten legalmente por
trabajo, sanidad y educación gratuitas, vivienda pública y seguro de
paro. Aunque esto no es demasiado problema en el Gran Londres,
metrópolis global en pleno auge, sí lo es en las viejas regiones
industriales ahora deprimidas del norte y del este del país.
Y mientras
los jóvenes profesionales universitarios aspiran a un futuro brillante
como ciudadanos del mundo, los mayores de 50 años y sobre todo de 65 se
aferran a las leyes de su Estado, no dispuestos a compartir el fruto de
su trabajo a cambio de las promesas de los beneficios de la
globalización.
No es un nacionalismo étnico, sino un movimiento de
resistencia a la globalización. O al menos a esta globalización que,
reforzada por las políticas de austeridad impuestas por la Comisión
Europea, mejora la vida de los londinenses y de los profesionales,
mientras la mayoría de los trabajadores de antiguas industrias sufre la
crisis del empleo y los recortes del Estado de bienestar.
Lo que se
llama populismo es en realidad una defensa de la vida que les queda. Y
como además los jóvenes de 18 a 24 años, que en un 75% quieren ser
europeos, se olvidaron de votar porque no lo tomaron en serio, se impuso
la resistencia de los pobres sobre la arrogancia de los ricos. Fue un
voto de clase, de edad y de región, mientras que el voto nacionalista de
verdad (Escocia, Irlanda del Norte) fue proeuropeo para independizarse
de Inglaterra.
Los datos muestran que las raíces antieuropeas en
Francia y otros países (y, por cierto, también con Donald Trump)
provienen de la misma desigualdad social ante una globalización injusta
que, en Europa, se identifica con los miembros de la Comisión Europea y
la impopular burocracia de Bruselas que impone unas reglas sin que nadie
los haya elegido.
Y es que el llamado déficit democrático que
existe en Europa es el pecado original de la construcción europea, un
proyecto de élites económicas y políticas que fue impuesto sin más a la
mayoría de los ciudadanos una vez la adhesión de los países se produjo.
Sin entrar en los beneficios o perjuicios de la Unión Europea (tema a
debate), decisiones fundamentales, como el euro, no fueron refrendadas
por la gente. Ha sido un proyecto de despotismo ilustrado: todo para el
pueblo pero sin el pueblo. Cada vez que se ha sometido a votación, el
edificio se tambalea. (...)
El proyecto de Constitución europea en el año 2005, tras una aprobación
fácil en España, se rechazó por referéndum en Holanda (61% no) y en
Francia (55% no). Y a partir de ahí se anularon los referéndums
previstos en otros países y se sustituyeron por la aprobación del
tratado de Lisboa en parlamentos controlados por la clase política, para
evitar sorpresas, excepto en el caso de Irlanda, que dijo no. Todo iba
bien mientras no hubo crisis.
Por eso el Brexit es el principio del fin de una cierta Europa. Porque
una Europa estable en el futuro tiene que proteger a todos sus
ciudadanos y no solo a las élites. Si se rechaza la soberanía nacional
como populismo, el populismo se impondrá en la política." (La rebelión de las masas, de Manuel Castells, La Vanguardia, en Caffe Reggio, 02/07/16)
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