"(...) La globalización no es un concepto neutral. La globalización que se
impuso tras la caída del Mundo de Berlín (1989) fue una camisa de fuerza
tan fuerte como las ideologías acusadas de propiciar la Segunda Guerra
Mundial (1939-1945) y los 50 años de Guerra Fría. (...)
Ahora, los periodistas descubren que el brexit y (el precandidato
republicano estadounidense) Donald Trump son el resultado de la revuelta
de las víctimas de esa globalización. Es importante señalar que estas
suelen inclinarse hacia la derecha, salvo pocas excepciones como
Podemos, en España, o el (precandidato demócrata) Bernie Sanders, en
Estados Unidos.
Sanders denuncia que “en los últimos 15 años, casi 60.000 fábricas y
más de 4,8 millones de puestos de trabajo obrero bien remunerados
desaparecieron por los desastrosos acuerdos comerciales que alentaron a
las corporaciones a desplazarse a países con bajos salarios”. (...)
El problema, prosigue Sanders, “es que el trabajador promedio gana
726 dólares menos que en 1973, y la trabajadora promedio 1.154 dólares
menos que en 2007. Y casi 47 millones de estadounidenses son pobres.
Mientras, la décima parte del uno por ciento de los estadounidenses más
ricos gana tanto como 90 por ciento de los más pobres. Las 62 personas
más ricas del planeta concentran tanta riqueza como la mitad más pobre
de la población, unos 3.600 millones de personas”.
Sanders nos plantea un dilema: “el cambio provendrá de la demagogia,
del fanatismo y de sentimientos contra los inmigrantes, la xenofobia y
el populismo, a menos que el nuevo presidente estadounidense apoye de
forma contundente la cooperación internacional, que acerca a los pueblos
del mundo, reduce el hipernacionalismo y disminuye las posibilidades de
guerra y, por encima de todo, que protegerá a las y los trabajadores, y
no solo a la élite”.
El problema no es que la globalización fomente el crecimiento, sino
que el Estado dejó un mercado sin regulación y sin redistribución. ¿Por
qué votarían por la sabiduría convencional del sistema quienes quedaron
al margen, cuando son las víctimas? (...)
El mundo postideologías, que acompañó a la globalización, transformó a
los partidos políticos en máquinas de opinión pública, dirigidos para
resolver problemas administrativos.
La ciudadanía deserta de instituciones sin visión, donde los
dirigentes políticos parecen más interesados en perpetuarse en el cargo,
y las herramientas de mercadeo y las encuestas sustituyeron al diálogo
entre los ciudadanos. Los valores desaparecieron del debate político.
Los asuntos globales convirtieron a los parlamentos en asambleas cada
vez más irrelevantes.
No hubo respuesta global en materia de finanzas, con cuatro billones
de dólares en paraísos fiscales, sin un órgano mundial de regulación y
moviendo 40 veces más dinero que la economía real de producción y
servicios. (...)
Entonces, para ver el momento en el que estamos con el deterioro del
internacionalismo, ¿Estados Unidos se comprometería a financiar 25 por
ciento del presupuesto regular de la ONU, como hizo al momento de su
creación? ¿Se aprobaría la Declaración Universal de los Derechos
Humanos?
Y finalmente, ¿sería posible suscribir el Tratado de Roma, de 1947,
cuando se aprobó de forma unánime la visión de una Europa unida? Los
gobiernos tendrían dificultades para responder, imaginemos los pueblos." (Roberto Savio, 07-07-16)
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