"Parafraseando a Mark Twain, todo el mundo se queja de la desigualdad, pero nadie hace nada por remediarla. (...)
Las estadísticas económicas muestran con
imparcialidad las tendencias de la desigualdad en el mundo. Tras
alcanzar su punto álgido en 1920, las reformas de la Gran Depresión
contribuyeron a que la distribución de la renta fuera más equitativa y
estable hasta 1980.[1]
Entonces, a la luz del thatcherismo en Inglaterra y de la reaganomía en
los Estados Unidos, la desigualdad empezó a dispararse.
Y se disparó
aún más por efecto del sector financiero (especialmente cuando los tipos
de interés se retrajeron del pico del 20 por ciento en 1980,
propiciando con ello el mayor auge de la historia del mercado de bonos).
Los bienes inmuebles y la industria fueron a la sazón objeto de una
financiarización, es decir, de un apalancamiento de la deuda.
La
desigualdad aumentó de forma constante hasta el colapso financiero
global de 2008. Desde entonces, puesto que se rescató a los banqueros y a
los titulares de bonos en vez de a la economía, el uno por ciento con
mayores ingresos ha tomado sobradamente la delantera al porcentaje
restante. Entretanto, el 25 por ciento con ingresos más bajos ha sido
testigo de un grave deterioro de su patrimonio neto y de sus ingresos
relativos.
Huelga decir que los más
ricos poseen sus propios agentes de relaciones públicas, a su vez
respaldados por la tradicional falange de necios útiles del
mundo académico. Tanto es así que desde hace ya un siglo la disciplina
predominante en ciencias económicas se ha convertido en un ensalzamiento
de la clase rica rentista, y puesto que la desigualdad se está
expandiendo excepcionalmente en la actualidad, los que elogian al uno
por ciento se han encontrado con una necesidad acuciante de adquirir sus
servicios. (...)
Es cierto que los ricos han escapado. Sin embargo, lo realmente importante es de qué
han escapado. Han escapado de la regulación y del régimen fiscal
(gracias a los enclaves bancarios inscritos en paraísos fiscales y a una
reformulación de las leyes fiscales para transferir la carga fiscal al
trabajo y a la industria). Pero, sobre todo, los gansters de
Wall Street han escapado del enjuiciamiento penal. ¡Qué necesidad hay de
zafarse de la cárcel si puedes antes evitar que te atrapen y te
enjuicien!
Un elevado número de libros recientemente publicados —de lo que se ha hecho eco la página editorial del Wall Street Journal—
defiende la hipótesis de que el uno por ciento más rico es más
inteligente que la mayoría.
Al menos, lo suficientemente inteligente
para ingresar en las principales escuelas de negocios y obtener su
Máster en Administración de Empresas (MBA, por sus siglas en inglés),
con objeto de financiarizar empresas mediante el método zaitech u otras formas de apalancamiento de deuda, y cosechar así (de hecho, «ganar») enormes bonificaciones.
Lo
cierto es que no hay que ser muy inteligente para acumular tanto
dinero. Todo lo que hace falta es ser codicioso. Y eso no lo enseñan en
las escuelas de negocios. Efectivamente, cuando estuve trabajando como
analista de balanza de pagos del Chase Mahattan, me dijeron que los
mejores operadores de divisas provenían de los barrios bajos de Brooklyn
o Hong Kong.
Al parecer estos dedican la vida entera a ganar dinero,
con la única meta de ascender a la proverbial clase de los Babbitt de
nuestra era: nuevos ricos carentes de una verdadera curiosidad cultural o intelectual.
Sin
lugar a dudas, los banqueros que se aventuran a «extender el sobre»
(eufemismo con el que los defraudadores se refieren a infringir la ley,
tal y como hizo Citigroup en 1999 cuando se fusionó con la aseguradora
Traveler antes de que la administración Clinton rechazara la ley
Glass-Steagall) necesitan abogados inteligentes.
Donald Trump explicó la
clave que había aprendido del abogado de la mafia Roy Cohn: no importa
tanto la ley, sino qué juez esté de tu lado. Más aún, los tribunales
estadounidenses han sido privatizados mediante la elección de jueces
cuyos contribuyentes de campaña respaldaban a los desreguladores y a los
que prefieren no enjuiciar. De este modo los ricos pueden librarse de
las leyes. (...)
El himno de alabanza de Deaton a las élites presupone que todo el mundo
gana lo que recibe, con lo que desempeña un papel productivo y no
extractivo. (...)
Una negación aún más flagrante de la especulación y la búsqueda de
rentas la encontramos en el nuevo libro de uno de los fundadores de Bain
Capital (la empresa de Mitt Romney), Edward Conard, The Upside of Inequality («El
lado bueno de la desigualdad»), el cual arremete contra los «demagogos»
y «propagandistas» que reivindican que las ganancias del uno por ciento
son de sobra inmerecidas, no salariales. (...)
Para Conard, el motivo de la desorbitada riqueza del uno por ciento no
es la especulación financiera, inmobiliaria o monopolística, sino las
maravillas de la economía de la información; es la «destrucción
creativa» de la tecnología menos productiva, acuñada por Josef
Schumpeter, fruto del duro trabajo de los innovadores más entregados,
cuya creatividad eleva el nivel de vida de todo el mundo.
Por tanto, la
riqueza del uno por ciento es una medida de la marcha hacia adelante de
la sociedad, no unos gastos generales rapaces extraídos de la economía
en su conjunto. (...)
El Wall Street Journal, en una reseña laudatoria del libro,
resumió su mensaje del siguiente modo: Conard asegura que «la
redistribución –ya sea a través de los impuestos, las restricciones
regulatorias o las normas sociales— parece tener efectos tremendamente
perjudiciales para la asunción de riesgos, la innovación, la
productividad y el crecimiento a largo plazo, especialmente en una
economía en la que la innovación derivada de la asunción de riesgos
emprendedora por parte de los talentos mejor formados es cada vez más el
motor del crecimiento».[2] ¡Su solución es bajar los impuestos a los ricos! (...)
Esta teoría de “yo te alimentaría, pero entonces acabarías siendo
dependiente de la comida” resulta capital para mostrar cómo sociedades
de consumo como la nuestra están volviendo a las distribuciones feudales
de la riqueza».
Esta parece ser la propuesta política de los tres
principales candidatos a la presidencia de los EE. UU., en este mundo
moderno unido y posciudadano, en el que las elecciones se llevan a cabo
de un modo muy parecido a como se hacía en los consulados de los últimos
días de la República romana." (Michael Hudson
, Sin Permiso, 24/09/2016)
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