"El despilfarro era virtual, ahí residía su facilidad, y su magia. Casi todos los acusados en la causa de las Tarjetas black
niegan o no recuerdan haber utilizado la tarjeta para sacar dinero.
Directamente, descartan que esa función estuviera habilitada.
El
rectangulito de plástico, o mejor, la vida que éste procuraba a sus
propietarios, tenía tintes de burbuja, de elusión de la realidad. La
pompa inmobiliaria generó fortunas al margen de la verdad del mercado. Y
estalló. Las Tarjetas black aportaban una riqueza sin medida esquivando la correcta fiscalidad.
El funcionamiento cumplía una fantasía consumista:
saltarse el paso del dinero. Comprar sin el engorro de que mengüe la
pasta, sin la certeza de que estás gastando horas de trabajo, horas de
vida, en adquirir productos, cosas, caprichos. O sea, eliminó la
perspectiva de eso que llaman el sudor de la frente(aunque tampoco es que los de Caja Madrid y Bankia se mataran a hacer horas).
Tarjetas, burbuja, adjudicaciones, financiación ilegal;
corrupción. La debacle moral, política y económica de este país ya
existía en los años de supuesta bonanza, el camino hacia el abismo
estaba desbrozado. El desastre vivía ya, pero era invisible, intocable,
como la fortuna de las black.
Al referirnos a las tarjetas,
hablamos de cantidades, de montos, y es necesario hacerlo, pero
distorsiona la verdad. Los consejeros no recibían riadas de dinero, sino
un derecho de adquisición sin fin: lo más parecido a un derecho de
pernada que ha habido nunca en el capitalismo nacional. (...)" (Esteban Ordóñez, CTXT, 11/10/16)
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