14.10.16

La vida que la tarjeta black procuraba a sus propietarios era la de la un derecho de adquisición sin fin, un derecho de pernada capitalista, Comprar sin el engorro de que mengüe la pasta. La debacle moral, política y económica de este país era invisible, intocable, como la fortuna de las black

"El despilfarro era virtual, ahí residía su facilidad, y su magia. Casi todos los acusados en la causa de las Tarjetas black niegan o no recuerdan haber utilizado la tarjeta para sacar dinero. Directamente, descartan que esa función estuviera habilitada. 

El rectangulito de plástico, o mejor, la vida que éste procuraba a sus propietarios, tenía tintes de burbuja, de elusión de la realidad. La pompa inmobiliaria generó fortunas al margen de la verdad del mercado. Y estalló. Las Tarjetas black aportaban una riqueza sin medida esquivando la correcta fiscalidad.

El funcionamiento cumplía una fantasía consumista: saltarse el paso del dinero. Comprar sin el engorro de que mengüe la pasta, sin la certeza de que estás gastando horas de trabajo, horas de vida, en adquirir productos, cosas, caprichos. O sea, eliminó la perspectiva de eso que llaman el sudor de la frente(aunque tampoco es que los de Caja Madrid y Bankia se mataran a hacer horas).

Tarjetas, burbuja, adjudicaciones, financiación ilegal; corrupción. La debacle moral, política y económica de este país ya existía en los años de supuesta bonanza, el camino hacia el abismo estaba desbrozado. El desastre vivía ya, pero era invisible, intocable, como la fortuna de las black.

 Al referirnos a las tarjetas, hablamos de cantidades, de montos, y es necesario hacerlo, pero distorsiona la verdad. Los consejeros no recibían riadas de dinero, sino un derecho de adquisición sin fin: lo más parecido a un derecho de pernada que ha habido nunca en el capitalismo nacional. (...)"                 (Esteban Ordóñez, CTXT, 11/10/16)


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