20.12.17

Los fascistas dirigirán la policía, el ejército y la política exterior de Austria... sin el más leve respingo europeo... porque la ultraderecha es la porra del neoliberalismo

"Un programa de 183 páginas (“Juntos por nuestra Austria”) guiará al futuro Gobierno austríaco formado por la coalición entre conservadores (ÖVP) y derecha nacionalista (FPÖ) que este lunes a las 11 horas recibirá el visto bueno del presidente del país, Alexander Van der Bellen. (...)

No solo se tratará de un “gobierno de derecha y extrema derecha”, como recogía el francés Le Monde, sino que el FPÖ tendrá bajo su control algunas de las carteras más importantes, como Interior (Herbert Kickl), Defensa (Mario Kunasek) o Exteriores (Karin Kneissl). Esto significa en la práctica que la gestión y el control del Ejército, la Policía y los servicios de inteligencia se encontrará en manos del FPÖ.

Kickl –redactor de los discursos de Jörg Haider y autor de lemas de campaña como 'Abendland in Christenhand' (Occidente en manos cristianas)–, declaró a la prensa que “no había nada que temer”. 

La izquierda extraparlamentaria, los sindicatos y organizaciones de la sociedad civil recuerdan no obstante cómo en 2013 un político del FPÖ, Johann Gudenus, declaró que si el FPÖ entraba en el gobierno eso significaría “sacar las porras del saco para todos los peticionarios de asilo falsos, delincuentes, inmigrantes ilegales, islamistas criminales e izquierdistas gritones”. (...)

El nuevo gobierno, que sustituye a la gran coalición entre socialdemócratas y conservadores, no encontrará problemas para aprobar sus propuestas legislativas, ya que contará con una mayoría de 113 de los 183 escaños del Nationalrat (Parlamento). Los tres pilares del programa de coalición –la reducción de impuestos, el crecimiento económico y la lucha contra la inmigración ilegal– revelan el carácter retórico del populismo del FPÖ.

No se trata de la primera vez que el FPÖ entra en el gobierno. En 1999 Jörg Haider consiguió que el partido fuese la segunda fuerza más votada, con el mismo porcentaje que los conservadores (un 26,91%), pero un mayor número de votos (1.244.087 frente a 1.243.672). 

El entonces candidato cristianodemócrata, Wolfgang Schlüssel, decidió romper un tabú y pactar con la ultraderecha. Haider optó por ceder el título de canciller a Schlüssel para evitar un escándalo internacional, aunque no sirvió de mucho: la Unión Europea optó por castigar a Austria –que había entrado en el bloque solo cuatro años atrás– con la reducción de relaciones bilaterales, lo que en la prensa fue presentado como “sanciones”. 

A la medida se sumaron Canadá, Israel, Noruega y la República checa, que entonces no formaba parte de la UE.

Es sintomático que los medios de comunicación no hayan recibido la noticia con la misma preocupación que entonces. Dos cabeceras conservadoras, la alemana Frankfurter Allgemeine Zeitung y la italiana Die Stampa, destacaron por ejemplo la rapidez con la que ÖVP y FPÖ habían alcanzado un acuerdo de gobierno en comparación con las negociaciones entre partidos en Alemania. 

También expresaron su alivio cuando Strache manifestó su renuncia a un referéndum sobre la permanencia en la UE y garantizó la orientación proeuropeísta del nuevo gobierno, aceptando el acuerdo de libre comercio entre Canadá y la UE (CETA) o las sanciones contra Rusia, para las que el FPÖ ahora defiende su “relajación” y se ofrece como mediador.

El secretario general de la organización patronal de industria, Christoph Neumayer, elogió el sábado “las inteligentes y racionales soluciones” esbozadas en el programa de gobierno “para mejorar las condiciones para los trabajadores y empresas, así como el futuro de Austria en general”.

Desde los socialdemócratas hasta las ONG ecologistas han protestado por el futuro programa de gobierno, que incluye, entre otras, una modificación del reglamento de ÖRF (radiotelevisión pública) “para asegurar una cobertura objetiva e independiente”; aumentar el límite legal de horas en la jornada laboral –hasta doce al día y sesenta a la semana–; recortes en ÖBB (ferrocarriles); un mayor control de los refugiados –sus comunicaciones podrán ser intervenidas por las autoridades para verificar su origen e identidad–, se recortarán las ayudas económicas y se enviará a sus hijos a escuelas especiales (lo que dificultaría su integración), además de prever una reforma restrictiva del derecho de asilo–; un endurecimiento del código penal; una política cultural orientada a “los resultados” o que las escuelas “no sean utilizadas como instrumentos para la promoción de modelos opuestos a la sociedad” (un concepto que no se especifica, pero con el que el FPÖ acostumbra a referirse a la comunidad LGTB).

 Austria, que ocupa la presidencia de turno de la UE en 2018, también adopta como política oficial bloquear la entrada de Turquía en el bloque comunitario, aunque las negociaciones bilaterales estén actualmente congeladas. La reforma para introducir consultas populares y vinculantes en Austria queda aplazada hasta finales de la legislatura.

En este sentido, el caso de Austria presenta similitudes con el de Finlandia, donde el presidente del Partido de Centro, Juha Sipilä, formó una coalición de gobierno con la Coalición Nacional (conservadores) y el Partido de los Finlandeses (derecha nacional populista), antes conocido como Verdaderos Finlandeses. Una de las primeras medidas del gobierno de Sipilä fue anunciar la aprobación de medidas de austeridad y la reducción de los costes salariales reclamadaS por Bruselas.
El mensaje es claro: mientras abandone su “populismo” y acepte el orden económico, la ultraderecha no es un problema en un gobierno europeo. 

Sus políticas sociales o de inmigración son una cuestión secundaria, cuando no permiten a otros estados –teniendo en cuenta la particular división del trabajo a escala europea– “subcontratar” en estas áreas un trabajo sucio que en París o Berlín podrían pasar factura política a sus promotores. El tándem Kurz-Strache representa como pocos a la ultraderecha como porra del neoliberalismo. (...)

Aunque existen otros gobiernos similares en la UE, Austria tiene una economía e influencia política de la que otros carecen.  (...)

Viena podría liderar un “bloque austrohúngaro”. A finales de octubre el partido populista ANO ganó las elecciones en la República checa, donde el particular gobierno en minoría de Andrej Babiš cuenta con el apoyo, o al menos la tolerancia, del presidente Miloš Zeman y de la mayoría del resto de fuerzas: tanto de los conservadores euroescépticos del Partido Democrático Cívico (ODS) como la ultraderecha del partido Libertad y Democracia Directa (SPD) de Tomio Okamura o el Partido Comunista de Bohemia y Moravia (KSČM), unidos bajo el denominador común del recelo hacia las políticas de Bruselas.

Con la victoria de Babiš, el Grupo Visegrád (V4) – formado en 1991 por Polonia, Hungría, República checa y Eslovaquia para mejorar las relaciones e integración de estos estados de Europa Central– podría convertirse en un bien articulado lobby regional en el seno de la Unión Europea en la defensa de una política migratoria más restrictiva, el mantenimiento de ayudas económicas y una mejora de las relaciones con Rusia.  (...)

Si el FPÖ consigue hacer valer sus intereses dentro del gobierno –que el entendimiento entre Sebastian Kurz y el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, en materia migratoria facilita–, Viena podría ponerse al frente de V4 sin entrar formalmente en él y formar una suerte de “bloque austrohúngaro”. El resultado a corto plazo sería probablemente un nuevo quebradero de cabeza para Angela Merkel, y a largo plazo, un fortalecimiento de la derecha radical en toda Europa."                  (Ángel Ferrero, El Salto, 17/12/17)

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