"(...) Era el año 2015 y estábamos en campaña contra la reducción de la edad de
imputabilidad penal. El plenario del Parlamento se encontraba
polarizado: de un lado, los parlamentarios de la “banca de la bala”,
defensores de la pena de muerte, la militarización y la tenencia de
armas por parte de la población; del otro estábamos nosotros,
insistiendo con que la reducción de la edad no era la solución e
intentando incidir sobre la opinión de los diputados aún dubitativos. (...)
Entre todas las figuras que defendían el
encarcelamiento de niños y adolescentes estaba Jair Bolsonaro. Él daba
una entrevista a un canal de TV donde decía que había que proteger a la
sociedad, que no se podía esperar que los hechos de violencia cometidos
por menores ocurrieran y después soltar palomas blancas y hacer abrazos
simbólicos contra la violencia.
A cada momento, con más vehemencia,
decía que el derecho de un bandido era no tener derechos. El hombre
hablaba duro y alto, con un tono irritado y, por momentos, sarcástico,
gesticulaba con una impronta ofensiva, como preparándose para un ataque.
A partir de entonces, Bolsonaro comenzó a ser una figura cada vez más frecuente en los medios de comunicación. (...)
De a poco, el personaje Bolsonaro se fue popularizando. El diputado de
Río de Janeiro por siete mandatos también fue el diputado más votado en
el año 1990, con casi medio millón de votos. Río sufre un grave problema
de inseguridad y la violencia, combinada con la actuación de grupos
paramilitares que controlan el tráfico de drogas en este Estado, causan
un malestar constante. Son muchos los casos de asaltos y secuestros.
Los
policías de Río trabajan bajo condiciones precarizadas, lo cual
facilita el envolvimiento de miembros de la corporación en hechos de
corrupción y, en muchos casos, en la participación directa con los
grupos de narcotraficantes.
El discurso enérgico de Bolsonaro de que
“bandido bueno es bandido muerto”, y de valoración del trabajo de la
Policía para que esta tenga más seguridad y capacitación para proteger a
la población, ha sido recibido como una solución para el problema y
explica sus éxitos electorales. (...)
En la votación que destituyó a la entonces presidente electa Dilma
Rousseff, a partir de una maniobra jurídico-política conocida como “pedaladas fiscales”, Brasil pudo conocer a sus parlamentarios. (...)
Los votos de los parlamentarios en nombre de Dios y de
la moral cristiana convirtieron la votación en un acto de defensa de
los valores de la familia. Muchos de los votos presentaban un tono
macartista –contra la izquierda, el comunismo y el PT–.
Sin embrago, uno
de los votos más simbólicos fue el de Bolsonaro. El diputado empezó la
justificación de su voto felicitando a Eduardo Cunha por la conducción
del proceso del impeachment, después dijo que la
oposición había perdido en 1964 –año en que se inició el período de la
dictadura cívico-militar-empresarial en Brasil–, y que habían perdido
nuevamente en el año de 2016. Votó contra el PT, contra el comunismo,
por la libertad y por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante
Ustra, el torturador de Dilma en la época de la dictadura.
El golpe de 2016 fue marcado por una fuerte
persecución al PT en todas las esferas. La masiva propaganda mediática y
el endurecimiento del discurso anti-corrupción vaciaron el contenido
político de los debates que se iban dando en el seno de la sociedad.
La
identificación de la corrupción como la raíz de todos los males del país
se instaló en todas las capas sociales. La selectividad en las
investigaciones de la Operación Lava Jato puso al PT en el centro de todas las narrativas que hacían mención a los hechos de corrupción e inseguridad. (...)
Brasil llega a las elecciones de 2018 a través de un
proceso golpista validado por todos los sectores, y tiene en la prisión
de Lula su más importante expresión de fragilidad del sistema judicial
del país. Los intentos de una composición electoral que pudiese dialogar
con la sociedad fallaron.
Las respuestas a la prisión de Lula por parte
del PT fueron fortalecer aún más un representante que nítidamente no
iba a disputar las elecciones. El juego con las esperanzas del pueblo
tuvieron un efecto inverso al deseado: en lugar de haber una
transferencia de votos al candidato elegido para reemplazar a Lula, lo
que ocurrió fue una apertura para que Bolsonaro creciera.
Paulatinamente, Jair Bolsonaro, que causaba
desconfianza entre la propia derecha, se fue adaptando y surgió como
alternativa posible a los sectores empresariales, del agronegocio y del
mercado financiero. La deconstrucción de la figura de Bolsonaro como
homofóbico, racista y misógino se hace notar en todas sus intervenciones
desde del inicio de la campaña electoral.
Sin embargo, la manutención
del discurso del orden, del progreso y el ataque a la izquierda y al PT
con rasgos autoritarios, es un evidente resultado de un análisis cuidado
del perfil de la población.
Bolsonaro logra agradar a las personas que encuentran
en su figura la validación para sus hechos de violencia, por un lado; y
por otro, ofrece la seguridad que busca la población a través de su
discurso fuerte, ordenador, de defensa de los buenos contra los malos.
Siguiendo la tendencia mundial, el populismo de derecha en Brasil
funciona. Asimismo, se vislumbra también un elemento clave que es la
negación de la intelectualidad, que se encuentra con el resentimiento de
una sociedad empobrecida a la cual siempre le fue negado el acceso a la
educación superior.
En el último acto público en defensa de Bolsonaro en la Avenida
Paulista, un día después de la segunda protesta #EleNão, manifestantes
llevaban carteles con la inscripción “petista bueno es petista muerto”, y
el discurso de Bolsonaro tuvo así su contenido amenazante.
Con su
peculiar forma autoritaria, prometió hacer una limpieza nunca antes
vista en la historia del país, que los “rojos” serían presos o echados
del mismo. Otra de sus promesas de campaña impulsa que las universidades
federales dejen de ser libres y gratuitas. (...)
Las intervenciones de Bolsonaro son marcadas por una nostalgia de los
tiempos de la dictadura militar desde que ingresó en la vida pública. (...)
Brasil hoy, después de 30 años de redemocratización, vuelve a la
posibilidad de tener un gobierno autoritario. Tras un gobierno
progresista que duró 14 años y terminó siendo derrocado vía golpe, el
país cobra una deuda histórica. (...)
Los tiempos que se avecinan son duros, como muchos otros en nuestra
historia, y sin dudas también serán de construcción, de avance de las
luchas y de acumulo para lograr cambiar este viejo y claudicante sistema
que ya no se sostiene en sus propias contradicciones. (...)" (Vanessa Dourado, L'Ombelico del mondo, 27/10/18)
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