"(...) ¿Qué ha pasado para que los combativos trabajadores de los años
cincuenta, sesenta y setenta se hayan convertido en corderitos mansos
que se dedican a sacar brillo al matadero donde después serán
sacrificados? ¿Qué, para que la burguesía progresista se haya tornado
conservadora, acomodaticia, temerosa y fraccionaria? No sé si seré capaz
de explicarlo, pero vamos a intentarlo.
Desde principios de los ochenta, cuando en la mayoría
de Europa se habían conseguido niveles de bienestar considerables,
comenzó un periodo de aburguesamiento acrítico creciente - el aumento
del nivel de vida no fue acompañado por un crecimiento similar del nivel
de cultura- que coincidió con la derechización progresiva de los
partidos que hasta entonces habían representado a las clases
trabajadoras.
Como dice Naomi Klein, fue durante esa década que se
impuso en toda Europa, y en todo el mundo, la idea de que la única
política económica factible era la ultraliberal que habían diseñado y
experimentado en Chile Milton Friedman y sus discípulos con la previa
intervención armada de Estados Unidos.
La izquierda admitió que no había
alternativa, que el monetarismo y las políticas de austeridad, que la
eliminación de la progresividad fiscal, que las privatizaciones de los
servicios públicos, que el achicamiento del Estado hasta reducirlo a un
mero policía al servicio de los intereses de las clases pudientes,
formaban también parte de su programa de gobierno, de su manera de
manejar la cosas del común.
Esa política terrible, comenzó a tener
resultados funestos a partir de la crisis de los noventa, pero
catastróficos después de la crisis de 2008, cuando millones de personas
vieron que no tenían ningún medio para acceder al mundo laboral, cuando
millones de personas cualificadas comprobaron que tampoco la
cualificación les daba pasaporte para ese mundo, cuando los habitantes
de los países más explotados y pobres de África y Asia vieron por la
televisión y por internet que por estos lares la gente vivía -eso creían
y creen, qué pena- infinitamente mejor y se decidieron a dejar el valle
de lágrimas aunque fuese a bordo de una barca neumática cargada con
cien de los suyos.
La aceptación por parte de los partidos de izquierda con posibilidad de
gobernar de políticas y hábitos que no le eran propios por mor del
pragmatismo, de la política de lo posible, la consideración del
ejercicio de la política como un triunfo, un premio personal, y no como
una dedicación al interés general, fue creando una desafección creciente
en una ciudadanía que había conseguido ya muchos derechos y que empezó a
ver que nadie los defendía con la contundencia necesaria, que lo que
llamaban reformas no eran tales sino contrarreformas encaminadas a
disolver esos derechos en favor de los más pudientes.
Las sucesivas
crisis económicas contribuyeron a dejar a capas de la población cada vez
mayores fuera del sistema, viviendo de sus migajas, sobreviviendo de
mala manera, y, por primera vez en mucho tiempo, temiendo al futuro, al
propio y al de sus descendientes.
Si las políticas desarrolladas por un
partido democristiano incidían muy negativamente sobre la mayoría de la
población, las implementadas por los partidos socialdemócratas no
servían para paliar los daños hechos por aquellas, antes al contrario,
en muchos casos, las profundizaban aunque para disimular ampliasen
tímidamente las coberturas sociales. (...)
Siguiendo a Marx, escribía Gramsci que además de esos factores, para que
triunfase el fascismo era imprescindible que se hubiese llegado a una
“crisis de hegemonía”, es decir a la pérdida de confianza de los
gobernados en la burguesía que detenta el poder, hecho que llevaría a
muchos gobernados a creer en las soluciones personales, en el hombre
providencial, en el bruto, en el macho alfa que, paradójicamente,
terminará siendo su verdugo.
Si a eso añadimos el temor cateto y
patético de muchas pueblos a perder sus señas de identidad, de ser
agredidos en sus esencias inmaculadas, de estar en vísperas de una
invasión como aquellas que protagonizaron los bárbaros, más la
corrupción creciente en muchos países, tenemos el campo sembrado para el
fascismo, que es la máxima expresión del capitalismo.
No nos engañemos, el fascismo no está por venir, ya ha llegado. En la
mayoría de los países de Europa amenaza con tomar los gobiernos -el
poder económico nunca lo perdió-, en Italia manda un fascista, en España
tenemos dos partidos de extrema derecha y uno residual que responde al
nombre de Vox, en Reino Unido al líder del Brexit, en los países del
Este fascistas en Polonia, Ucrania, Hungría y las Repúblicas Bálticas,
en Estados Unidos a Trump, en Argentina a Macri, en Rusia a Putin, y en
Brasil a esa bestia llamada Bolsonaro.
Estamos en estado de máxima
alerta, en las vísperas de tiempos horribles. Sólo cabe enseñar los
dientes, y si es preciso, morder. Si esas bestias ven que enfrente no
hay nadie, arrasarán con todo, y no será dentro de treinta años, lo
veremos en nada." (Pedro Luis Angosto, Nueva Tribuna, 30/10/18)
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