"(...) Nagle señalaba que, al afirmar que “ningún ser humano es ilegal, lema de
las manifestaciones, la izquierda está aceptando implícitamente el
argumento moral en favor de que no haya fronteras ni naciones
soberanas”, posición que suele ser la de la derecha partidaria del libre
mercado.
“¿Pero qué connotaciones tendría una inmigración sin límites
para proyectos como la sanidad y la educación públicas universales o una
garantía federal de empleo? ¿Cómo lograrán los progresistas explicar
esos objetivos a la gente?”. Nagle tuvo réplicas como: “No hay
argumentos de izquierdas en favor del nacionalismo”.
Estas reacciones hacen que a la izquierda le sea más difícil afrontar la
amenaza de la derecha, porque, en lugar de tener en cuenta las
inquietudes de los votantes, las desprecian. Los electores en Estados
Unidos y Europa identifican constantemente la inmigración como uno de
los principales problemas de sus países, y la mayoría de los encuestados
en la mayoría de esos países está a favor de que se limite.
Todavía más
preocupante, muchos ciudadanos dicen que la inmigración está cambiando
sus países para peor, y muchos votantes de izquierdas creen que las
posturas de sus partidos sobre la inmigración están muy alejadas de las
suyas.
Si la izquierda quiere contrarrestar las preocupaciones sobre la
inmigración y el aprovechamiento que hace la derecha, necesita construir
mejores argumentos y políticas que hasta ahora.
Algunas de esas preocupaciones son económicas. Aunque la inmigración,
como la globalización y los cambios tecnológicos, son positivos para la
sociedad en su conjunto, los beneficios se sienten sobre todo en las
áreas urbanas y cosmopolitas con élites muy educadas, mientras que sus
inconvenientes se notan sobre todo en las zonas rurales y otras en las
que viven los trabajadores menos educados y menos cualificados.
El hecho
de que la inmigración, en general, aporte más trabajadores no
cualificados que cualificados, en una época en la que los trabajos poco
cualificados y bien pagados escasean, es quizá el motivo de que los
trabajadores en puestos poco cualificados sean los que más suelen temer
la competencia de los inmigrantes, también poco cualificados.
Asimismo,
sobre todo en periodos de más riesgos económicos y más austeridad, los
ciudadanos tienden a desconfiar de las cargas fiscales que suponen los
inmigrantes, y los trabajadores y otros miembros del “precariado”
tienden especialmente —como han revelado Arlie Hochschild, Katharine
Cramer y otros— a sentir rencor hacia esos recién llegados, que
consideran que “se saltan la cola” de las prestaciones públicas. Como
dice un estudio realizado en Alemania y Francia, “mientras la gente se
angustie por su futuro, mirará con escepticismo la ayuda a los
forasteros”.
Los votantes suelen mencionar “la saturación de los
servicios públicos” y los costes financieros como motivos para oponerse a
la inmigración.
Junto a las preocupaciones económicas, la izquierda debe afrontar
directamente también la preocupación de los votantes por la asimilación y
las amenazas contra la identidad nacional. En los últimos años han
llegado inmigrantes de culturas muy diferentes y en cantidades sin
precedentes.
Aunque muchas élites de izquierda creen que la nación es un
artificio “retrógrado” o incluso peligroso, la mayoría de los
ciudadanos no está de acuerdo: los europeos están orgullosos de sus
identidades nacionales y creen que, “por el bien de nuestro país, es
necesario que los inmigrantes adopten nuestras costumbres y
tradiciones”.
Los investigadores descubren una y otra vez que los miedos
y las preocupaciones por la repercusión social y cultural de la
inmigración son uno de los principales motivos —quizá el principal— de
las actitudes respecto a los inmigrantes.
Abordar estas preocupaciones no es lo mismo que adoptar o “normalizar”
la xenofobia y el racismo de la derecha populista. Existe una diferencia
entre rechazar a los partidos populistas y no tener en cuenta los
sentimientos (...)
Aunque muchas élites de izquierda creen que la nación es un artificio
“retrógrado” o incluso peligroso, la mayoría de los ciudadanos no está
de acuerdo: los europeos están orgullosos de sus identidades nacionales y
creen que, “por el bien de nuestro país, es necesario que los
inmigrantes adopten nuestras costumbres y tradiciones”.
Los
investigadores descubren una y otra vez que los miedos y las
preocupaciones por la repercusión social y cultural de la inmigración
son uno de los principales motivos —quizá el principal— de las actitudes
respecto a los inmigrantes. (...)
Los partidos de izquierdas y la democracia en general tienen la
obligación de ofrecer explicaciones y soluciones a los problemas y la
insatisfacción de la sociedad. La tendencia a ignorar o desdeñar las
preocupaciones sobre la inmigración y la identidad nacional no ha
impedido la expansión del populismo sino quizá todo lo contrario, porque
ha permitido que los populistas las explotaran aún más. (...)
Afortunadamente está surgiendo una “reacción contra la reacción” en contra de abordar estos temas. (...)
La izquierda debe elaborar respuestas propias, positivas y viables a
la inmigración que frenen las respuestas distópicas de la derecha. Si
no, dejará que la derecha siga definiendo y controlando el debate.
Aproximadamente hace un siglo, en vísperas de la Primera Guerra
Mundial y el periodo más atroz de la historia europea, los nacionalismos
destruyeron trágicamente el movimiento socialista internacional y
muchos de sus partidos. La situación actual no es tan crítica, pero,
para que no llegue a serlo, la izquierda debe tener en consideración los
motivos de queja y las inquietudes que agitan sus sociedades." (Sheri Berman, El País, 18/01/19)
No hay comentarios:
Publicar un comentario