"Arde Barcelona. Pero también Santiago de Chile. Y Hong Kong. Y Quito. Y
hasta hace poco París. Y múltiples focos de indignación a lo largo de
este planeta en crisis ecológica, social y política. Las causas son
diversas, pero las reacciones y el paso del movimiento pacífico al
enfrentamiento con el orden establecido son muy similares.
Reivindicación de salir del olvido de las regiones marginadas francesas.
El precio del combustible en Ecuador.
Aumento de tarifas del metro y la
creciente carestía de la vida en Santiago. Demanda de derechos
democráticos en Hong Kong. Lo común es que en ninguno de esos casos y
otros muchos han existido canales políticos e institucionales para
negociar: el Estado se ha cerrado en banda y la respuesta han sido los
antidisturbios y el ejército.
Empieza a tener sentido (y lo digo con
tristeza) el análisis de mi reciente libro sobre la crisis de la
democracia liberal, donde mostré que la gran mayoría de los ciudadanos
no confían en los partidos políticos, no se sienten representados por
parlamentos y gobiernos y piensan que la clase política en su conjunto
está atrincherada en la defensa de sus intereses y de su corrupción.
La
democracia no existe, por muchas elecciones que se hagan, si no anida en
la mente de los ciudadanos. Es esa confianza en las instituciones la
que está siendo puesta en cuestión, induciendo, en primer lugar, nuevas
alternativas políticas de izquierdas o derechas. Y cuando estas tampoco
funcionan (porque las estigmatizan como populistas y van a por ellas las
cloacas del Estado y los medios de comunicación), no queda más que la
calle, las acampadas, las manifestaciones.
Y a la violencia de las tropas de élite responden espontáneamente los que no pueden ya contener la rauxa –palabra catalana que siempre ha acompañado al seny cuando desborda el sentimiento de injusticia y faltan canales de expresión institucional–. (...)" (Manuel Castells, La Vanguardia, 26/10/19)
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