"El precariado se rebela en todo el mundo. En las últimas semanas ha
demostrado su valentía en las calles y las plazas de Chile. También en
las manifestaciones masivas del Líbano, en las acciones de los chalecos amarillos en Francia, y en Hong Kong. La indignación ha alcanzado un límite. La revuelta está en el aire.
En todos los casos hay un hecho concreto, a menudo pequeño, que sirve
de detonante, y el objeto de las revueltas varía. Pero lo que convierte
el resentimiento por las desigualdades y la inseguridad en una rebelión
abierta es la doble sensación de que las políticas económicas y
sociales —y las instituciones que las promueven— están moralmente
corruptas y de que es deseable y posible construir una realidad
alternativa.
Pensemos en el movimiento Extinction Rebellion. Su preocupación es la
catástrofe ecológica que se avecina, y lo dirigen adolescentes,
alentados por los miembros más educados del sector asalariado y el
precariado. Se rebelan en contra de cómo está estructurada la sociedad,
del capitalismo que está agotando los recursos del planeta, de la forma
de vida de la plutocracia y las élites, que está contaminando y
disminuyendo todo tipo de bienes comunes.
Lo que sucede en Santiago de Chile y Hong Kong es diferente de lo que
ocurre en Cataluña, el Líbano, Irak, Ecuador o Haití. Pero tienen en
común que todas las protestas constituyen una lucha contra el Estado
actual y que al frente están los miembros más preparados del precariado,
con vidas inestables, sin seguridad laboral y con el sentimiento de que
el nivel de vida está cada vez más “exprimido”.
Hay que tener en cuenta que, desde los años ochenta, la transformación
mundial ha permitido la creación de Estados neoliberales al servicio de
los intereses del capitalismo de rentas. En nombre del libre mercado,
las instituciones han apoyado políticas que favorecen a los que obtienen
rentas de sus propiedades, ya sean financieras, físicas o las llamadas
intelectuales. Eso ha beneficiado a la plutocracia —los ciudadanos
mundiales que ganan miles de millones de dólares o euros— y a las élites
nacionales, que también obtienen la mayor parte de su dinero de
inversiones. Pero ha despojado a la clase más amplia y cada vez más
numerosa, el precariado, de toda apariencia de seguridad económica. (...)
Las características fundamentales del Estado neoliberal son el
desmantelamiento de las instituciones de solidaridad social y el saqueo
de los bienes comunes.
La ideología de la privatización de esos bienes comunes consiste en
que es preferible, en todas las esferas, que su provisión la lleven a
cabo instituciones privadas con ánimo de lucro. Eso se traduce en la
privatización de la sanidad, los servicios legales, la educación básica y
las universidades, la construcción de hospitales, la vivienda, las
prisiones y muchas otras cosas. Lo más importante son los intereses del
capital y los inversores, después los intereses de quienes pueden pagar
los servicios y, por último, los de los que no pueden pagar. La
privatización se extiende y perjudica a más gente, hasta que llega un
momento en el que hay suficientes que están dispuestos a protestar.
Eso es lo que ha pasado en Chile. Y el hecho de que se encuentre allí
el epicentro de la revuelta del precariado es muy simbólico. Como dice
una pintada en una pared de Santiago, “el neoliberalismo nació en Chile y
en Chile morirá”. Sería justicia poética que ocurriera así.El gran
interrogante, en Chile y otros lugares, es si la reacción del Estado
será emprender un rumbo más autoritario y represivo o alejarse del
neoliberalismo. Dependerá de la fuerza del precariado en las calles y la
aparición de una oposición organizada al neoliberalismo con un programa
alternativo coherente. Los rebeldes no pueden seguir sin líderes.
¿Está justificada la revuelta? Es una pregunta difícil. Equivale a
reconocer que los cauces democráticos normales están obstruidos y
corruptos. Existe un sentimiento cada vez más extendido de que, con el
recurso a lemas simplistas, las relaciones públicas y unos medios de
comunicación que están sobre todo en manos de la plutocracia, es posible
manipular a suficiente gente como para preservar el modelo neoliberal.
Y está por venir una pregunta aún más aterradora. ¿Está el Estado
neoliberal construyendo poco a poco un aparato autoritario en el que las
técnicas de vigilancia y otras similares puedan organizar movimientos
en contra o permitir protestas de masas ocasionales y seguir adelante
con impunidad? Los comentaristas señalan que, en los dos últimos
decenios, ha habido más protestas masivas que nunca y, sin embargo, la
situación ha empeorado.
Existe un verdadero peligro de control
autoritario. Si la energía del proletariado educado es capaz de
movilizar nuevos movimientos progresistas, aún estaremos a tiempo de
construir una política del paraíso para vencer nuestros peores miedos.
Pero ese tiempo está acabándose." (Guy Standing, El País, 15/11/19)
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