"(...) Los tractores miran pasar los AVE con el desapego de quien tiene mucho que hacer como para ir tan deprisa.
Aunque algunos no están. Porque están en Madrid.
Y un tractor en Madrid es algo muy exótico. Es casi, casi, como un
platillo volante. La irrupción de lo otro, de lo distinto, de lo que se
mira como al buen salvaje que viene de visita: un poco desde arriba, un
poco con nostalgia de lo nunca conocido, un poco como sin entender su
idioma (o tal vez sin intentarlo).
No paramos de hablar de “lo rural”, últimamente. Para buscar votos o para vender cualquier cosa, todo el rato lo tenemos en la boca. (...)
Pero “lo rural” no existe, como no existen “el Oriente” o “la mujer”.
Son construcciones hechas desde la diferencia, desde el señalamiento de
lo que no somos. Generalizaciones que nos permiten seguir hablando sin
pararnos demasiado a pensar en cómo serán las vidas que laten realmente
detrás de las palabras.
Lo hablo mucho con algunas amigas que, como yo, son de pueblo.
Generalmente, justo antes o después de reírnos o quejarnos –según el
día– de que seguimos sin saber hacer lo mismo que ese barrionalismo al que miramos con cierta envidia porque, después de todo, es una periferia con más glamour
identitario que la nuestra.
Hablamos mucho, digo, de qué será eso de
“lo rural”. Si será el pueblo dormitorio castellano donde una pasó la
infancia sin cines ni museos, si será la aldea gallega donde el otro
tuvo tan difícil ser marica, si serán las casas de los abuelos
convirtiéndose en casas rurales en Asturias o las ventas que cierran
porque en las carreteras de la Ruta de la Plata ahora se para a comer en
franquicias. Si serán, tal vez, todos esos parques en los que nos
pasamos tantos y tantas la adolescencia soñando con el momento de irnos a Madrid (porque allí, en Madrid, todo sería mejor).
Hasta el moño nos tiene, hablamos siempre, no haber tenido nunca
dónde reconocernos, y que ahora de repente todo se cuente con palabras
que siguen sin nombrar lo que tan bien conocemos. Porque tan molesta
como el silencio es la romantización: esa moda de mirar el lugar del que
venimos como una fuente idealizada de descubrimientos de sabe dios qué.
“Lo rural”, ese lugar donde se busca vaya usted a saber qué pureza, qué
verdades místicas.
Entre el silencio y la romantización, no hay quien se sienta apelado
por eso de “lo rural”. Igual es por eso que no acaba de funcionar, ni
para los votos, ni para nada. Y es que mirar a los tractores como quien mira un ovni tiene muchos problemas.
De lo que no se habla, o se habla mal –de lo que se habla a la
velocidad a la que pasa el AVE– es el terreno perfecto para las
tergiversaciones.
Estos días, los agricultores se manifiestan en Madrid. Orgullosos
tractores ruedan entre edificios diciendo lo mismo que se ha dicho desde
otros tantos sectores: que ya está bien. Vienen a Madrid, como se ha
venido siempre, a exigir una solución, o al menos una respuesta. Y lo
que preguntan, lo que piden, está clarísimo: que quién se está quedando
la ganancia de su trabajo, que por qué eso por lo que a ellos les pagan 1
se vende en el supermercado a 3. Que qué pactos están firmando su
extinción.
Pero esto que está tan claro parece que resulta muy difícil de
entender. O tal vez se trata de que es más útil usarlo para otra cosa.
Para decir, por ejemplo, que se quejan del SMI; esto es: para volver a enfrentarnos, para decir que hay un “otro” con el que estamos en guerra.
Ni héroes que romantizar ni enemigos con los que disputarnos las
migajas. A lo mejor sería más fácil si entendiésemos de una vez que lo que les pasa a los agricultores se nombra con las mismas palabras que todo lo demás: capitalismo, y desigualdad, y burocracia, y élites, y tejemanejes, y fake news. Que
se nombra diciendo: “Se nos está olvidando la mitad de la ciudadanía”.
Que se nombra diciendo: “La devastación del sector primario no es una
catástrofe natural, sino una decisión tomada de manera muy nítida al
apostar por determinado tipo de modelo productivo”. Que se nombra
diciendo “regiones hundidas por ayudas económicas que significan lo
contrario a desarrollo sostenible”, diciendo “vidas embarrancadas por
falta de oportunidades educativas y culturales”.
Vamos a ver si nos bajamos de la alta velocidad y salimos de las vías
radiales. Vamos a ver si dejamos de construir “lo rural” como “lo otro”
y, en lugar de condescender, entendemos que el “nosotros” que
constituye este país lo tenemos que nombrar entre todas.
Y si no, siempre podemos encomendarnos a Cuerda, que
de pueblos de España algo nos dejó dicho. Y acordarnos del negro Ngué,
que seguramente sigue preguntándole cada noche al guardia civil de Amanece que no es poco: “¿Pero a usted le gusta la estampa que hago yo con las cabras? ¡Pues no viene nadie a verme!”. (Laura Casielles, La Marea, 06/02/20)
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