"(...) Más allá de los riesgos de políticas y económicos usuales de los que la
mayoría de los analistas financieros se preocupan, este año hay visibles
en el horizonte una serie de cisnes blancos potencialmente sísmicos.
Cualquiera de ellos podría gatillar graves perturbaciones económicas,
financieras, políticas y geopolíticas, no vistas desde la crisis de
2008.
Para comenzar, Estados Unidos está enzarzado en una rivalidad
estratégica creciente con al menos cuatro potencias revisionistas
implícitamente alineadas: China, Rusia, Irán y Corea del Norte.
Todas
ellas tienen interés en desafiar el orden mundial liderado por los
estadounidenses, y el 2020 podría representar un año crucial para ello,
debido a las elecciones presidenciales en EE.UU. y el potencial cambio
subsiguiente de las políticas globales estadounidenses. (...)
De manera similar, los cuatro revisionistas desean socavar el poder duro
y blando de esta potencia en el exterior al desestabilizarla desde
adentro mediante técnicas de guerra asimétrica. Si las elecciones
estadounidenses terminan en rencores partidistas, caos, recuentos de
votos en disputa y acusaciones de elecciones “arregladas”, tanto mejor
para ellos. Si el sistema político estadounidense entrara en crisis, su
poder en el exterior se debilitaría.Más todavía, a algunos países les
interesa particularmente sacar a Trump del poder.
La aguda amenaza que
su gobierno representa para el régimen iraní da a este todas las razones
para escalar el conflicto en los próximos meses, incluso si eso
significa una guerra abierta, apostando a que el alza subsiguiente en
los precios del petróleo sería catastrófica para la bolsa de valores de
EE.UU., gatillaría una recesión y acabaría con las perspectivas de
reelección de Trump.
Sí, la opinión general es que el asesinato selectivo
de Qassem Suleimani ha disuadido a Irán, pero ese argumento
malinterpreta los perversos incentivos del régimen. Sigue siendo
probable una guerra entre Estados Unidos e Irán este año, y la calma
actual es la que existe antes de la proverbial tempestad. (...)
En cuento a las relaciones sino-estadounidenses, el reciente acuerdo de “fase uno” es un parche temporal. La guerra fría bilateral actual en temas de tecnología, datos, inversiones, divisas y finanzas está escalando rápidamente. (...)
Aunque la guerra fría sino-estadounidense es, por definición, es un
conflicto de baja intensidad, es probable una aguda escalada este año.
Para algunos altos funcionarios chinos, no puede ser coincidencia que el
país experimente al mismo tiempo un brote masivo de gripe porcina, una
grave gripe aviar, una epidemia de coronavirus, disturbios políticos en
Hong Kong, la reelección de un presidente pro-independentista en Taiwán y
el aumento de las operaciones navales estadounidenses en los Mares del
Este y Sur de China.
Más allá de que China solo se tenga a sí misma como
culpable de algunas de estas crisis, el ánimo en Beijing se está
inclinando hacia las teorías conspirativas.Pero en este punto una
agresión abierta no es realmente una opción, considerando la asimetría
del poder convencional. La respuesta inmediata de China a los esfuerzos
de contención estadounidenses probablemente se exprese en la forma de
tácticas de ciberguerra. Hay varios objetivos evidentes.
Los
ciberpiratas chinos (y sus contrapartes rusos, norcoreanos e iraníes)
podrían interferir en las elecciones estadounidenses inundando a los
votantes con información errónea y noticias falsas. Puesto que el
electorado estadounidense ya está tan polarizado, no es difícil imaginar
que partisanos armados se tomen las calles para cuestionar los
resultados, generando hechos graves de violencia y caos. (...)
Para el año próximo, el conflicto entre ambas potencias podría haber
escalado desde una guerra fría hasta una casi caliente. Un régimen y una
economía chinas afectados seriamente por la crisis del COVID-19 y con
disturbios masivos necesitará un chivo expiatorio externo, y es probable
que dirija la vista
hacia Taiwán, Hong Kong, Vietnam y las posiciones navales
estadounidenses en los Mares del Este y el Sur de China; la
confrontación podría llegar a accidentes militares en aumento. También
podría adoptar la “opción nuclear”
financiera de volcar sus reservas de bonos del Tesoro Estadounidense si
se intensifica el conflicto.
Puesto que los bonos estadounidenses
constituyen una parte tan grande de las reservas en moneda extranjera de
China (y, en menor medida, de las de Rusia), a los chinos les preocupa
cada vez más que se puedan congelar mediante sanciones de EE.UU. (como
las ya utilizadas contra Irán y Corea del Norte).Por supuesto, el dumping
de los Bonos del Tesoro de EE.UU. impediría el crecimiento económico si
se vendieran los activos en dólares y se convirtieran de vuelta a
renminbi (que se apreciaría).
Pero China podría diversificar sus
reservas convirtiéndolas en otro recurso líquido menos vulnerable a las
sanciones primarias o secundarias de Estados Unidos: el oro. De hecho,
China y Rusia han estado acumulando
reservas de oro (abierta y solapadamente), lo que explica el aumento de
un 30% en los precios de este metal desde principios de 2019.
En un
escenario de venta total, las ganancias de capital obtenidas con el oro
compensarían cualquier pérdida sufrida por deshacerse de los Bonos del
Tesoro de EE.UU., cuyas rentabilidades subirían a medida que sus precios
de mercado y valor cayeran. (...)
Por supuesto, Estados Unidos no se quedará quieto mientras recibe este
ataque asimétrico. Ya ha estado aumentando la presión sobre estos países
con sanciones y otras formas de hostilidades comerciales y financieras,
para no mencionar sus propias y muy refinadas capacidades de
ciberguerra. Este año seguirán intensificándose los ciberataques
estadounidenses contra sus cuatro rivales, elevando el riesgo de que se
produzca una primera ciberguerra mundial y un enorme desorden económico,
financiero y político.
Más allá del riesgo de que se produzcan serios conflictos geopolíticos
en 2020, existen riesgos de medio plazo adicionales relacionados con el cambio climático,
que podrían causar costosos desastres ambientales.
El cambio climático
no es solo un torpe gigante que causará caos económico y financiero en
algunas décadas. Es una amenaza aquí y ahora, como lo testimonian la
creciente frecuencia y gravedad de los fenómenos climáticos extremos.Además del cambio climático, hay evidencias de que están en ciernes movimientos sísmicos, que llevarán a rápidos movimientos globales en la polaridad magnética y la aceleración de las corrientes oceánicas.
Cualquiera de ellos podría augurar un cisne negro ambiental, como
podrían hacerlo “puntos de inflexión” climáticos tales como el derretimiento
de las principales capas de hielo y nieve en la Antártida o Groenlandia
en los años venideros. Ya sabemos que está en aumento la actividad volcánica
submarina: ¿qué pasaría si esa tendencia se traduce en una rápida
acidificación marina y la desaparición de los recursos pesqueros de los
que dependen miles de millones de personas?
La situación es esta a principios del 2020: Estados Unidos e Irán ya han
tenido una confrontación militar que es probable que se intensifique
pronto; China sufre una epidemia viral que podría convertirse en
pandemia mundial; hay una constante ciberguerra; importantes tenedores
de Bonos del Tesoro de EE.UU. buscan estrategias de diversificación; las
primarias presidenciales del partido Demócrata están poniendo al
descubierto rencillas en la oposición a Trump y ya siembran dudas sobre
los procesos de recuento de los votos; las rivalidades entre EE.UU. y
cuatro potencias revisionistas están en aumento, así como crecen los
costes en el mundo real del cambio climático y otras tendencias
medioambientales.
Esta lista no es para nada exhaustiva, pero apunta a lo
que podría esperarse razonablemente en el 2020. Mientras tanto, los
mercados financieros siguen negándose a ver los riesgos,
complacientemente convencidos de que las principales economías y los
mercados globales pueden esperar un año tranquilo, y hasta bueno." (Nourel Roubini, Project Syndicate, 17/02/20)
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