"(...) Al entrar en mi correo, hacia las 10 de la mañana, tenía dos mails en
los que se me comunicaba que se suspendían las dos reuniones convocadas
para aquel día. A lo largo de la mañana, y en las horas siguientes, se
desconvocaban las citas para los demás días, fueran del carácter que
fueran. ¿Qué estaba pasando? El coronavirus, naturalmente. La toma de
conciencia general acerca de que nos encontrábamos ante una inesperada y
peligrosa situación.
Les confieso que de entrada me sorprendió tanta rapidez y unanimidad.
Durante el fin de semana se habían celebrado partidos de fútbol, el
congreso de Vox, la manifestación en Perpiñán convocada por Puigdemont y
la manifestación del Día de la Mujer en varias ciudades de España con
especial relevancia en Madrid.
Los cines y teatros permanecían abiertos,
también los restaurantes y los bares, las terrazas a tope, el Rastro
madrileño abarrotado… Por eso he dicho que la nueva situación era
inesperada, al menos para los simples ciudadanos, nada alarmados todavía
con el virus que inmediatamente nos llevaría de cabeza.
(...) martes (...) rueda de prensa del ministro de Sanidad, Salvador Illa, que
desde hace años ha acreditado tanto sus conocimientos en la gestión
pública como su prudencia y seriedad como político.
En
todo caso, con sus palabras empezamos a temblar: las medidas que se iban
a adoptar para hacer frente a esta pandemia global frenarían
seguramente la expansión del virus pero también darían lugar a una
crisis económica y social de dimensiones incalculables. Se nos empezó a
plantear que pueden ser más graves las consecuencias del remedio que la
misma enfermedad. Y así estamos a día de hoy.
Pero con
una certeza: el Estado, por fin, ha ocupado su papel protagonista en la
escena pública. Lo percibí claramente la noche del domingo durante los
parlamentos de los cuatro ministros que forman el gabinete de crisis.
Una hora antes se había publicado el decreto que declaraba el estado de
alarma, muy detallado y con buena factura técnica. Los ministros, todos
del PSOE y encabezados por Illa, dieron sobrada muestra de lo que se
traían entre manos.
Un Estado, al menos desde Hobbes, es
cosa muy seria: es un gran artefacto que nos protege porque los
ciudadanos le hemos dado este único objetivo. Y nos protege para
garantizar nuestros derechos, los derechos de todos por igual.
Hacer que
funcione este mecanismo no es fácil, exige competencia en los
dirigentes y competencia en los funcionarios, aquellos que deben
ejecutar órdenes de sus superiores. Me tranquilizaron, relativamente,
claro, los ministros. Por fin había comparecido el Estado." (Francesc de Carreras, El País, 16/03/20)
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