"(...) Las movilizaciones del ciclo que arrancó en 2011 eran
perfectamente autoconscientes cuando se presentaban a sí mismas como
"poder popular" en contraposición al institucional. Estaban trabajando
con la idea de que el poder no es un lugar o un objeto, sino una
relación. Como la energía, el poder se crea y se transforma en la
contienda política.
La irrupción de Podemos algunos años después como
herramienta de representación de la España nueva que había surgido en
las movilizaciones y en el cambio cultural de la pasada década se
insertó también en esa concepción del poder.
Solo era posible desafiar
el statu quo del Sistema Político Español desde la
convicción de que podían surgir actores políticos nuevos en el juego de
la representación si eran capaces de reformular la propia representación
a partir de la sistematización y agregación de los diferentes
malestares sociales en una propuesta política.
Dicha
propuesta se articulaba en tres ejes: la defensa de la soberanía
popular, una segunda transición democrática y un programa económico que
extendiera al reparto de riqueza la idea de democracia.
A esos tres ejes
se sumaban, de forma transversal, la apuesta por el feminismo y por
construir una herramienta política que prefigurara su propio programa.
Esto quiere decir que pusiera en marcha en su propia forma de hacer
política aquello que proponía para el conjunto de la sociedad. (...)
La fuerte impugnación de las élites políticas que caracterizó la irrupción de Podemos se condensó en la palabra "casta" (...) en esa élite o "casta" convergían altas remuneraciones y periodos enormes de permanencia en la vida política.
Esta
situación generaba un problema de fondo para la democracia que Podemos
enunció con precisión: no es posible cumplir el mandato de
representación si los políticos viven durante décadas emancipados de los
problemas de su pueblo; no se puede representar a una ciudadanía que
atraviesa situaciones de precariedad y desempleo masivos con enormes
sueldos en el ejercicio de una política profesionalizada por parte de
una clase política cronificada en sus cargos.
Para
prefigurar el modelo de Podemos no solo se enunció la crítica. A medida
que conquistaba posiciones institucionales de representación, se
instauraron una serie de medidas de limitación para los cargos públicos
del cambio político.
Los representantes de Podemos tendrían salarios
limitados, estarían en política para cumplir dos mandatos y no
acumularían cargos. La regla recogía excepciones razonadas: recogía la
figura del "lucro cesante" para poder atraer a la política a quienes
tenían sueldos por encima de la limitación y la vida organizada (jueces,
médicas…), se ampliaban los límites salariales para personas con
familiares a cargo y la limitación de mandatos podría revisarse en
momentos excepcionales previa consulta a la ciudadanía.
El modelo era
enormemente innovador y su recepción por parte de la ciudadanía fue
positivo: gente corriente llegaba a las instituciones y generaba
anticuerpos para mantenerse corriente y estar en ellas poco tiempo.
El
acierto de las medidas, en todo caso, no tenía que ver con cuánto
exactamente cobra una diputada o un concejal -eso siempre generó interés
morboso en algunos sectores, pero no dio mucho más de sí-. El acierto
radicaba en combinar una práctica contrapuesta a parte de lo que no
funcionaba en nuestra élite política con una reflexión de fondo sobre la
ética política y el mandato de representación.
Las limitaciones no eran
una pose, sino que partían de firmes convicciones sobre cómo ensanchar
la democracia desde una formación política que aspiraba a refundar
España. Ay.
Cinco años después, en su tercera Asamblea
Ciudadana, la única candidatura que concurre a la dirección de Podemos
propone eliminar algunas de estas limitaciones y flexibilizar otras. La
propia candidatura única ha desmentido que desaparezcan, argumentando
que los cargos públicos donarán entre un 5 y un 30% de su salario al
partido, pero la argumentación es endeble.
Cualquiera con una
calculadora en la mano y una conexión a internet puede aplicar un 30% de
donación a los salarios de los cargos públicos (todos disponibles en
portales de transparencia institucionales) y ver un incremento
sustancial de su cuantía respecto a los 2.200 euros que, hace poco más
de un año, cobraba una senadora o un diputado en la Asamblea de Madrid.
Con todo, no es la cantidad que van a cobrar los representantes de
Podemos lo que ha supuesto un torpedo en la línea de flotación de la
ética política con la que se fundó: las cantidades económicas son
discutibles, no así los principios políticos.
El paradigma de la limitación salarial y de mandatos, fundamentada en
una ética de la representación que implicaba conexión con la ciudadanía
frente a la cultura de la emancipación de los políticos, va a ser
sustituido por un sistema de donaciones que aplican todos los partidos
políticos españoles desde siempre. Hacer viable económicamente el
aparato del partido, financiar campañas de publicidad y mejorar los
materiales de agit-prop en redes sociales es fundamental para ganar
elecciones, pero no puede confundirse una decisión administrativa con un
programa de principios. (...)
Muchos poderosos de nuestro país y de tantos otros, durante décadas, han
dado lecciones de cómo no conducirse en democracia. No es una buena
idea seguir sus pasos. Las élites políticas de la Transición que
terminaron emancipándose de su pueblo no eran, con toda seguridad, de
peor pasta o condición que los dirigentes de Podemos.
No tienen peores
intenciones ni peor corazón que cualquier otro pero han estado
expuestos, durante mucho tiempo, a las mieles del boato bajo la idea de
que tenían el poder. No es mala idea, en los tiempos que corren,
mantener las vacunas contra las patologías de la democracia que ya
conocemos." (Ramón Espinar, eldiario.es, 04/03/20)
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