"Si hacemos de la necesidad virtud, podremos decir cuando pase esta tormenta vírica, que no hay mal que por bien no venga.
El virus nos está dejando múltiples lecciones que deberíamos aprender.
La pandemia, al igual que el cambio climático, dejan al desnudo nuestra
vulnerabilidad, por encima de razas, fronteras y condiciones sociales.
Sin embargo, en el caso del Covid 19 esa percepción de vulnerabilidad ha
sido tan directa e inmediata que no ha dejado espacio siquiera para la
duda. (...)
La más contundente de esas lecciones, sin duda, es la que se refiere a
la sanidad pública. Hoy, ni los más fervorosos neoliberales hablan
siquiera de la bondad de los recortes en sanidad pública para favorecer
la expansión de hospitales, clínicas y seguros de salud privados, al
tiempo que se extiende el consenso social sobre la necesidad de
fortalecer el sistema público de salud. En este contexto, sería bueno
reflexionar también sobre los servicios de agua y saneamiento, como
clave esencial de esa salud pública que queremos fortalecer.
En este campo, el proceso de privatización ha sido más sutil, aunque no menos eficaz y demoledor. La estrategia de promover empresas de pretendida colaboración público privada,
al tiempo que se estrangulaban las capacidades financieras municipales,
ha llevado a muchos Ayuntamientos a promover o aceptar esas políticas
de privatización de sus servicios de agua y saneamiento para aliviar sus
agobios financieros.
Así, este servicio público básico, que
debería gestionarse bajo la lógica del interés general, sin ánimo de
lucro, como la sanidad pública, se ha venido transformando en un negocio
privado. Con un agravante, el de la complicidad de muchos
Ayuntamientos, que han visto en el llamado canon concesional (el
dinero que el operador privado adelanta a la Alcaldía por la concesión)
una forma de paliar a corto plazo su penuria financiera; a costa, eso
sí, de encarecer la tarifa del agua y de perder el control efectivo
sobre el servicio más importante para la salud pública que la
Constitución pone en sus manos. De esta forma, los vecinos y vecinas
pasan, de ser ciudadanos, a ser simples clientes, bajo la lógica del
mercado y no del interés general.
En este contexto, ante la bajada del consumo de agua, por cierre de
bares, restaurantes, hostelería, peluquerías y otros negocios, el
lobby de los grandes operadores privados, lejos de asumir sus riesgos
empresariales y brindar incluso su contribución al esfuerzo colectivo
frente a la pandemia, viene reivindicando eludir obligaciones
contractuales y ampliar sus plazos de concesión, como forma de
compensar su pérdida de beneficios.
¿Sería siquiera imaginable que los
hospitales privados demandaran compensaciones al Estado, en plena
crisis, por la competencia desleal que la sanidad pública les hace al atender gratis a la gente enferma?
Mientras, los operadores públicos y los Ayuntamientos que mantienen
la gestión de sus competencias se ven desprotegidos, en un marco legal
que restringe sus capacidades y amenaza con la privatización si el
balance financiero se desequilibra. Operadores públicos y Ayuntamientos
que descartan los cortes por impago y reservan fondos en apoyo de
familias vulnerables y pymes, al tiempo que se comprometen sin reservas
con la emergencia social en curso.
La urgencia no está en compensar las
saneadas economías de los grandes operadores privados, sino en
flexibilizar de forma inmediata y reformar luego en profundidad la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local e incluso los Presupuestos Generales del Estado, para proteger e impulsar la gestión pública de estos servicios que son clave para la salud pública y la cohesión social.
(Pedro Arrojo Agudo. Profesor emérito de la Universidad de Zaragoza, Público, 23/04/20)
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