"Durante una visita del primer ministro holandés, Mark Rutte, a un centro de trabajo, un camionero se le acercó corriendo para transmitirle un mensaje claro: "Por favor, no dé ese dinero a los italianos y a los españoles". Rutte sonrió y le respondió “No, no, no. Lo tendré en cuenta”, y levantó el pulgar como señal de aprobación.
Ayer, Iván Espinosa de los Monteros, en un encuentro
con europarlamentarios del ECR, el partido conservador europeo al que
pertenece Vox, vino a decir prácticamente lo mismo, aunque por otro
camino. Señaló que es necesario que se aporte dinero desde Europa, pero
el problema está en España: tenemos un Gobierno sin experiencia y muy
ideológico, de modo que con estos líderes, y como hemos visto, todo lo
que pueda salir mal, saldrá mal. Europa aportará fondos a los bolcheviques.
Este es un momento crucial para el futuro de España. Las condiciones de
financiación de la deuda de los países europeos van a ser clave en los
años venideros. Podemos pensar que ahora no es momento de preocuparse por la deuda, que toca salvar vidas y recuperar la economía y que ya nos ocuparemos después de lo que debamos.
No es así, lo que venga dependerá en gran medida de lo que se acuerde
en estos tiempos, que condicionará enormemente la capacidad de acción
con la que contemos en los próximos años.
Este sería el momento en el que, ante la UE, todos deberíamos estar a
una, porque ahí nos jugamos muchísimas cosas. Incluso si no se está de
acuerdo con este Gobierno o no se ha estado con la gestión de los
anteriores, el instante es tan decisivo que España debería presionar en
la dirección de salir de esta con la menor deuda posible: nos va la
vida.
Además, sería justo y resultaría muy positivo para la UE y para la
propia Alemania. Es verdad que les iría peor a los sectores bancarios y financieros alemán y holandés, pero también tendría algo positivo, ya que les obligaría, por fin, a gestionarse bien.
Nos merecemos sufrir
Sin embargo, esta firmeza ante el
exterior no ha estado presente y, desde luego, no se han visto reproches
a la actitud de Rutte desde la derecha; peor aún, muchos piensan como
él, por más que nos perjudique. Esta pulsión es digna de un análisis
psicosocial: no solo han construido una fantasía según la cual es bueno
que nos hagan sufrir porque nos lo merecemos, sino que están dispuestos a ser los ejecutores nacionales del castigo. Un punto sadomasoquista sí tiene.
La UE es lo que es, como bien explicaba González Férriz,
y su capacidad para el cambio es muy dudosa; por eso, señala, más que
desear que se transforme, deberíamos intentar conservar lo que hay. Con
esta perspectiva, muy realista, la respuesta que aparece en el horizonte
de esta crisis es la misma que la Unión dio a la de 2008, y la misma
por la que aboga Rutte: austeridad, control de presupuestos,
focalización en el pago de la deuda en lugar de fortalecer la economía, más impuestos a las clases medias y a las bajas,
menos inversión pública y más rebajas de impuestos a las grandes firmas
productivas, financieras y tecnológicas. Y esto afectará a cualquier
gobierno español, sea del signo que sea.
No dijeron eso en el Brexit
Espinosa de los Monteros está de
acuerdo con la austeridad. Hace falta un recorte grande porque los
asuntos públicos se gestionan de manera muy deficiente, aunque esto le suponga cierto problema político. El británico Daniel Hannan,
exparlamentario europeo y moderador del debate, explicó claramente el
problema: sus ideales acerca de la responsabilidad personal, de la
libertad del mercado y de los ajustes en el gasto se encuentran con
votantes que no los entienden bien.
Y menos ahora, cuando están pensando
en la recuperación económica y en salir de la crisis, no en realizar
más esfuerzos; no es un mensaje que quieran oír. Por eso, en el tiempo del Brexit, las derechas no contaron nada remotamente parecido,
sino que hablaron del resurgimiento del país, de la dignidad de sus
nacionales, del bienestar que habían perdido y de la necesidad de una
Gran Bretaña global. Y les funcionó muy bien.
Con los simpatizantes de Vox, ocurre algo similar. Parte de ellos
provienen de clases medias altas, de profesiones liberales y del estrato
ideológico de Aznar, y coinciden en la satisfacción punitiva de los ajustes, pero otros les votan porque creen en una España mejor,
en que los autónomos y los pequeños empresarios merecen otro trato, en
que los agricultores y ganaderos están siendo perjudicados por la Unión
Europea: desean volver a ver un país fuerte, con industria, con vitalidad empresarial y con un mejor nivel de vida.
Una, pequeña y griega
Vox
tendría que ser honesto con este tipo de electorado, como tendrían que
serlo el PP y esa parte de la socialdemocracia que apuesta por priorizar
el pago de la deuda a través de la austeridad.
El resultado de esas medidas será
que las clases medias y las trabajadoras tendrán que pagar más
impuestos que antes; que habrá más inversión extranjera en España, pero
no para mejorar nuestras potencialidades sino para comprar empresas y
bienes inmuebles; que muchas pymes desaparecerán y las condiciones de
trabajo serán peores: nos convertiremos en los sirvientes de las
necesidades financieras de los países del norte. Quizá se tendría que
explicar que esa España sería una, pequeña y griega.
La intervención de Espinosa de los Monteros en el 'webinar' con los
europarlamentarios fue llamativa, además, por el tono. Más moderado que
en sus intervenciones en los foros políticos nacionales, más reflexivo,
parecía un tecnócrata de Rajoy en lugar de un líder de
la extrema derecha española. Y no es un mero detalle, sino que subraya
una posible transición. Las nuevas derechas han tenido influencia de dos
formas, bien convirtiéndose en una fuerza política de referencia, bien
por la absorción de su mensaje por parte del partido conservador
tradicional.
El Reino Unido es un ejemplo de esta segunda tendencia, y
en Alemania la AfD cada vez está empujando más a la derecha a la
formación de Merkel.
Eso es lo que Vox está consiguiendo en España.
Su discurso económico es plenamente asumible por el PP, y en la actitud
con Europa tienen muchísimos puntos de encuentro. Hasta ahora, Vox ha
sido el partido que está moviendo el árbol del descontento y, a juzgar por las encuestas, los populares son los que recogen los frutos." (Esteban Hernández, El Confidencial, 01/05/20)
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