"(...) Da casi hasta vergüenza tener que repetirlo una vez más, pero no
queda otro remedio: la respuesta de los líderes europeos a la situación
económica más catastrófica de los últimos 75 años (si no más) es
decepcionante.
Lo que ayer acordaron fue poner a disposición de los diferentes
países una cantidad de hasta el 2% del PIB conjunto en forma de créditos
al 0,115% de interés y a devolver en diez años. Unos créditos que sólo
se podrán utilizar para hacer frente a los gastos directa o
indirectamente asociados a necesidades sanitarias, a la atención médica,
la cura y la prevención de la covid-19.
Los créditos se realizarán a
través del MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) aunque, en esta
ocasión, no estarán sujetos al estigma de tener que aprobar planes de
ajustes complementarios en los países que soliciten la ayuda.
Inmediatamente después de que se acordase esta medida, las
autoridades europeas echaron las campanas al vuelo para festejar las
decisión. (...)
La respuesta europea es decepcionante porque llega tarde, tras casi
dos meses de pandemia (sin contar el tiempo que tardarán en poder usar
el dinero los países que pidan la ayuda), en un clima de insolidaridad y
de incomprensión mutua, con lamentables manifestaciones de supremacismo
por parte de algunos responsables políticos y, por tanto, con una
evidente falta de respeto a los europeos que han muerto o que han
perdido sus negocios o empleos.
Es también decepcionante porque se adopta a través de un mecanismo de
ayuda que está pensado para rescatar a las economías que se encuentran
en situación de grave desequilibrio. Aunque ahora se haya evitado
supeditarlo a la imposición de los severos programas de recorte de gasto
social de otras ocasiones, lo cierto es que se recurre a un
procedimiento que impone una sobrecarga que dificulta la recuperación de
las economías que soliciten los créditos.
Obligar a que aumente la
deuda y a que haya que devolverla en diez años cuando se trata de hacer
frente a un shock de dimensiones tan extraordinarias como el que estamos
viviendo no es ayudar a los países miembros de la Unión, es agrandar
las brechas ya por sí amplias que ha abierto el modo de actuar de las
políticas europeas y, en especial, el diseño del euro.
Y vincular la ayuda exclusivamente a los gastos sanitarios es una
vergüenza, cuando es evidente que la pandemia está provocando otro tipo
de costes y daños económicos, incluso mucho más elevados, a todos los
países en general y a algunos en mucha mayor medida. (...)
La respuesta del Eurogrupo es decepcionante porque resulta a todas luces
insuficiente. El Gobierno español y la Autoridad Independiente de
Responsabilidad Fiscal coinciden en la evaluación del coste de las
medidas adoptadas en nuestro país para hacer frente a la pandemia:
140.000 millones de euros en números redondos.
Aunque es cierto que en
ese cálculo se incluyen gastos que es posible que puedan ser afrontados
con otras fuentes de financiación europeas, la cifra sirve para comparar
lo que en realidad supone la "ayuda" del MEDE (24.000 millones, como
mucho, para España): una cantidad muy reducida, como también resulta si
se compara con el gasto que van a realizar Inglaterra, Estados Unidos o
los demás países europeos por su cuenta.
No es menos decepcionante que la Unión Europea siga siendo incapaz de
entender que, cuando se trata de ayudar a socios en dificultades, la
ayuda (además de ser generosa si de verdad se habla de conformar una
unión para el progreso y la paz) debe prestarse en proporción a la
necesidad. Hacer frente a un daño que se sufre por desigual en los
diferentes países con el mismo criterio de ayuda para todos ellos
(máximo del 2% del PIB) refleja que no se quiere entender algo tan
elemental como que así sólo se consigue que aumenten las desigualdades.
Finalmente, dar este tipo de mala respuesta, a través de malos
procedimientos, aumentando la deuda y con una insuficiencia que
terminará ensanchando la brecha entre los diferentes países miembros de
la Unión Europea, es una prueba más de irresponsabilidad y torpeza.
Es irresponsable porque no hacer todo lo posible para que países como
Italia y España puedan afrontar bien los efectos de la pandemia es
acercarse demasiado al abismo. No sólo provocando un desafecto creciente
hacia el proyecto europeo entre sus poblaciones, sino poniendo las
bases para que se produzcan problemas económicos aún más graves en el
futuro.
¿Alguien puede ser tan ingenuo como para pensar que habrá algún
ganador si alguno de estos dos países sufre una crisis de deuda
próximamente o si se desconecta traumáticamente del resto? Con todos los
respectos hacia otros países más pequeños, Italia y España no son como
Grecia, Malta o Chipre. Si caen, el efecto dañará a todos los demás y a
la Unión Europea en su conjunto.
La respuesta del Eurogrupo y la que, en general, están dando las
instituciones europeas es, en fin, de una torpeza infinita y cuesta
trabajo discernir si es el fruto de la ignorancia o de un profundo
cinismo. (...)
Es un error creer que lo que deben pedir los países más afectados por la
pandemia, como Italia o España, es que los demás se hagan cargo de su
coste, que los financien o incluso que mancomunen el incremento de deuda
resultante, aunque esto último podría beneficiar a todos en estos
momentos. Lo que deben reclamar es que la Unión Europea sea coherente
consigo misma: si quiere ser una verdadera unión debe disponer de una
hacienda común y de un banco central auténtico que no sirva para
encarecer la deuda, sino que ayude a reducirla, como sería posible que
lo hiciera muy fácilmente.
Sin esos instrumentos, países como Italia y
España nunca debieron entrar en el euro y ahora se encuentran en una
trama de la que no pueden salir. Estos son los verdaderos problemas y la
gran irresponsabilidad de los líderes y las instituciones europeas es
que no quieran o sean incapaces de verlos. (...)" (Juan Torres López, Público, 09/05/20)
No hay comentarios:
Publicar un comentario