"(...) - Ha habido una coincidencia casi total en que el único medio que
había para hacer frente a la situación era que los Estados se hicieran
cargo de los ingresos que dejaban de obtener las empresas y las personas
y no ha habido organismo internacional que no haya animado a gastar lo
necesario para ello.
Sin embargo, es obvio que no todos los países
estaban en condiciones de disponer de los recursos suficientes. Los que
se les han proporcionado están siendo muy escasos, nunca sistemáticos y,
casi siempre, a base de ampliar su endeudamiento, de modo que la
solución para esta crisis se convertirá sin remedio en la antesala de
otras, de deuda y financiera, además de la industrial que ya se estaba
larvando antes de la pandemia y que se refuerza cuando han comenzado a
romperse las cadenas de suministro globales y a caer las ventas en todos
los países.
Con una globalización que no tiene más orden ni concierto
que el conveniente para la ganancia de las grandes corporaciones
multinacionales y con la deuda como único motor de las economías no hay
forma de combatir las pandemia ni a las crisis de cualquier tipo que
sean porque son los factores que amplifican sus efectos dañinos.
- Una vez más se ha demostrado que nuestra civilización tiene
recursos de sobra, pero no voluntad política para tomar medidas globales
que permitan hacer frente solidariamente a los grandes desafíos del
planeta. Incluso en la búsqueda de una vacuna está primando la
competencia y el afán de lucro.
Así, la crisis provocada por la pandemia
ha vuelto a mostrar que el mundo no tiene ni liderazgo efectivo, ni
proyectos civilizatorios capaces de aunar voluntades, ni instituciones
para plantear soluciones a los grandes problemas del planeta. Ni
siquiera, cuando se trata de hacer frente a una emergencia sanitaria.
La
negativa de países como Alemania a vender a Italia los productos
sanitarios que necesitaba con urgencia es la prueba manifiesta de que,
hasta en la que se precia de ser la cuna de la civilización democrática,
lo que predomina es el egoísmo y el principio de que se salve el que
pueda. Un principio estúpido siempre, pero mucho más cuando el peligro
lo genera un virus que no entiende de fronteras ni de credos políticos.
Hacen falta gobernanza e instituciones que permitan tomar decisiones
democráticas a nivel mundial.
- Una vez más, aunque ahora de un modo especialmente nítido, se ha
podido comprobar que los mercados no pueden resolver todos los problemas
de las sociedades y que, sin un Estado potente y en buen
funcionamiento, es imposible hacer frente a la inseguridad y a los
peligros más graves de nuestro tiempo.
El desmantelamiento al que se ha
ido sometiendo en los últimos decenios es la causa de que no se haya
podido actuar con rapidez y plena eficacia ante la propagación del virus
y de que los daños económicos vayan a ser mucho más graves de lo que
podían haber sido con buenos servicios públicos y con gobiernos con buen
acceso a la financiación. Fortalecer los servicios públicos y
garantizar recursos suficientes para los Estados es una precondición
esencial si no se quiere volver a vivir crisis como la que estamos
viviendo.
- Las respuestas que hasta ahora se la han dado a la pandemia son de
alivio, para evitar la catástrofe, pero no han abordado los problemas
estructurales en cuyo seno se ha producido y que la agravan.
Es más, se
ha aprovechado la crisis de la Covid-19 para apuntalar de cualquier
manera, por decirlo gráficamente, edificios en riesgo de ruina. Eso
explica que las bolsas vivan una auténtica fiesta en medio de una
debacle económica, que se esté permitiendo que la deuda crezca sin para
sin poner sobre la mesa ningún tipo de solución a esa bomba de
relojería, que la banca siga acumulando productos financieros
peligrosísimos gracias a los recursos y al apoyo que recibe de los
bancos centrales, que se estén tomando medidas sin tener en cuenta que
aumentan todavía más la desigualdad, o que no se haga nada para evitar
que se derrumben países enteros o incluso continentes (América Latina
está al borde del precipicio).
Hay que frenar la financiarización,
desmantelar la industria financiera que ahoga a las economías y abordar
los grandes problemas que conforman el medio ambiente en el que se
amplifica en efecto de pandemias como la actual y que volverán a darse
con la misma u otra forma en el futuro.
- Es cierto que esta crisis ha renovado las propuestas de cambio, que
ha permitido concretar aún más los proyectos de nuevos tipos de
actividad y organización de la vida económica y que ha subrayado la
necesidad de darle la vuelta a los principios de nos gobiernan `pero la
realidad es que no están logrando convertirse en referencia
intelectuales potentes y mucho menos en guías efectivas de las políticas
gubernamentales.
Quienes hasta ahora han mantenido el discurso
dominante de que basta con privatizar todo, dejar que el mercado
resuelva todos nuestros problemas y hacer que la intervención estatal
sea la menor posible están, de momento, noqueados.
Sería surrealista que
los poderes económicos y sus empleados defiendan todo esto cuando están
pidiendo como locos que el estado se haga cargo de todos sus gastos,
pero no tardarán en volver a la carga y las propuestas alternativas
volverán a quedar difuminadas si no se plantean con renovada fuerza y de
otra manera. La deliberación social y la democracia son los mejores
escudos para hacer frente con éxito y justicia a las crisis económicas. (...)" (Juan Torres López, Público, 20/06/20)
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