"(...) ha arreciado en Catalunya otro debate, tan estúpido como el anterior,
sobre si hacen falta o no más rastreadores para combatir el virus, en el
que el poco lucido papel de negacionista lo representa la consejera de
Salud, Alba Vergés. Para el mundo, esta polémica local quizá sea un tema
muy poco relevante, pero para los catalanes (y quizá para los españoles
en general) es importante. (...)
Jim Yong Kim, el hombre que presidió seis años de manera peculiar el
Banco Mundial a instancias de Barack Obama, publicó el 20 de abril
pasado en The New Yorker un artículo en el que volcaba su experiencia de gestor de proyectos sanitarios y especialista en control de epidemias. (...)
Las cinco armas que citaba Kim se han visto confirmadas con el paso de
los meses y ahora las conoce ya todo el mundo. Son:
1. Distancia entre
personas.
2. Pruebas PCR a todos los posibles enfermos.
3. Localización
del máximo de contactos de los contagiados (y pruebas a los que se
considere oportuno).
4. Cuarentenas y aislamientos preventivos.
5.
Tratamiento de los enfermos.
Todas son importantes y todas se han de
aplicar a la vez con decisión e intensidad para acabar con la enfermedad
o, al menos, mantenerla a raya. (...)
El papel de los rastreadores ha sido vital en países como Corea del
Sur, en los que desde el primer momento se ha intentado alterar lo menos
posible la actividad social y económica. Para lograrlo es necesario no
perder la pista del virus en ningún momento. Quizá se ha valorado menos
el papel de los rastreadores en Wuhan, donde el descontrol inicial
impulsó a las autoridades chinas a imponer el férreo aislamiento y
paralización de la ciudad.
Los titulares de los informativos fueron para
el confinamiento masivo, pero los equipos de rastreo contribuyeron de
manera importante a eliminar totalmente los contagios en menos de cuatro
meses, con ayuda, eso sí, de poderosos instrumentos de vigilancia
digital. Las autoridades sanitarias de Wuhan llegaron a movilizar a
9.000 rastreadores para una población de 11 millones de personas, 82 por
cada 100.000 habitantes.
En España, el confinamiento fue de los más estrictos de Europa y el
descenso de contagios, espectacular, pero en ningún momento se planteó
rematar el virus (o al menos intentarlo) a base de test y rastreos. Una
lástima, porque siempre es bueno rematar la faena. De haberse aplicado
el baremo chino se tendría que haber reclutado a 38.000 rastreadores,
una cifra estratosférica si se tiene en cuenta que al inicio de la
pandemia solo trabajaba medio millar de personas en salud pública. Pero
entre 38.000 contratos y no hablar del tema hasta el final del estado de
alarma se debería haber intentado encontrar un término medio.
Cuando hace más de dos meses empezó a plantearse en España la vuelta a
una cierta normalidad, las autoridades sanitarias hicieron hincapié en
la importancia de la atención primaria para controlar los contagios y se
pasó de puntillas sobre el refuerzo de los sistemas de salud pública,
los rastreadores. Esa posición inicial no ha variado.
La regla es que,
cuando un paciente presenta síntomas de covid-19, los médicos de
atención primaria deciden que se les haga la prueba PCR y desde el mismo
centro se contacta con sus familiares para ver si hacen falta más
pruebas. Se supone que esos datos pasan a salud pública que debería
centrarse en los focos más peligrosos.
Con este dispositivo adoptado en España se consigue que por cada
persona cuya infección haya sido verificada mediante una prueba PCR se
haga el seguimiento de una media de cuatro contactos. "Es poquísimo,
algo se está haciendo mal", manifestó el lunes en El País la
investigadora barcelonesa Helena Legido-Quigley, profesora de Salud
Pública de la Universidad Nacional de Singapur y buena conocedora del
sistema público español. "En otros países la media suele ser 14",
agregó. "En Catalunya se ha visto que falta personal, faltan
epidemiólogos y expertos en salud pública". Es un problema compartido:
"No veo ningún sistema autonómico con suficiente capacidad"
Lo que está sucediendo en España y se ha puesto de manifiesto en
Catalunya es que la detección del virus no es suficientemente activa. La
agresividad en la lucha contra la epidemia que planteaba el doctor Kim
brilla por su ausencia.
Se espera a que el virus se manifieste mediante
síntomas y su portador se presente ante el médico en lugar de desplegar
un ejército de rastreadores en busca de infectados, tengan síntomas o
no. Es una estrategia que se queda corta porque aproximadamente la mitad
de las infecciones las causan contagiados sin síntomas. Este es el gran
peligro de este virus, que lo distingue de sus primos hermanos SARS y
MERS.
En Europa no se plantea un despliegue de rastreadores como el de
Wuhan pero sí hay un cierto consenso en torno al baremo que recomienda
el Gobierno alemán a los estados federados: cinco rastreadores por cada
20.000 habitantes. Según ese estándar debería haber en Catalunya 1.890,
mientras que el total español debería situarse en 11.750. Antes de la
epidemia, había en España medio millar de personas en los servicios de
salud pública, 80 de ellos en Catalunya.
Ante la grave situación en Lleida y las malas perspectivas en
Barcelona y su área metropolitana, Magda Campins, jefa de Medicina
Preventiva y Epidemiología del hospital Vall d'Hebron propuso la semana
pasada que hospitales y CAP pasaran a ayudar en los rastreos. Lo
planteaba como una medida in extremis, porque en realidad, lo que
debería haber hecho la Conselleria de Salut es "contratar y formar
rastreadores" en cuanto "pasó lo peor de la pandemia", según declaró el
domingo en RAC1.
Y recordó que son necesarios unos 2.000. Por su parte,
el Ayuntamiento de Barcelona ofreció ayer 40 o 50 rastreadores para
mejorar el seguimiento de contactos en la ciudad, pero la oferta no se
ha tenido en consideración por la Conselleria de Salut.
La consellera Alba Vergés contó ayer a la prensa que (aunque
no los citó con ese nombre) la cifra de rastreadores se sitúa en torno a
200, la novena parte del baremo alemán. En la Xarxa (Red) de Vigilància
Epidemiològica trabajan ahora los 80 contratados antes de la pandemia,
el 75% por ciento de los 115 de una ampliación de plantilla decidida
hace unas semanas y 50 trasladados de otras unidades. Vergés insistió en
que el grueso del trabajo se hace desde la atención primaria y que esta
se va a reorganizar para que 500 personas (ampliables hasta 900) se
dediquen exclusivamente al seguimiento de la covid-19.
Entre tanto, la epidemia sigue creciendo y ayer se contabilizaron
1.293 positivos en Catalunya. Tras las intervenciones en El Segrià y
L'Hospitalet, los datos de la ciudad de Barcelona difundidos el
miércoles han elevado el listón de la preocupación. La semana pasada se
triplicó el número de casos con respecto a la semana anterior, que a su
vez había duplicado los casos de la anterior. Total, que en dos semanas
se ha pasado de 80 contagios confirmados a 490 en la capital catalana.
Para entender esta cifra vale la pena hacer una comparación: desde que
comenzó la pandemia, Taiwán, una isla de 24 millones de habitantes a 180
kilómetros de la costa china, ha detectado 451 infectados, menos casos
en medio año que en Barcelona en una semana pese a multiplicar por 16 el
número de habitantes de la ciudad. Allí no se han preguntado si hacen
falta o no sistemas de control. Han puesto más de los necesarios para
asegurarse y ya está. Saben lo que es una epidemia.
Es muy preocupante que tras más de medio año de pandemia todavía haya
responsables públicos que desconozcan su magnitud real o no se la tomen
suficientemente en serio. La Generalitat está perdiendo una gran
oportunidad de demostrar que es capaz de gestionar mejor que otros. Ha
despilfarrado, además, una parte del mucho terreno que se le había
ganado al virus con el sacrificio de los ciudadanos durante el
confinamiento.
Por si a alguien le interesa entender un poco mejor lo que está
pasando, ahí va la voz de un gran experto. Anthony Fauci, el
veteranísimo director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades
Infecciosas de EEUU, comentaba el pasado día 10 en Financial Times que
la pandemia de covid-19 es "the big one". Traducido, "la grande". Pero
para un norteamericano es mucho más que la traducción literal porque
"the big one" es el terremoto de la falla de San Andrés que algún día
devastará la costa del Pacífico de San Francisco a los Ángeles. Los
científicos saben que ese terremoto se producirá pero no pueden predecir
cuándo. Igual que con la gran pandemia, se sabía que llegaría pero no
en qué momento. Y aquí está.
El doctor Fauci se ganó un gran prestigio por sus actuaciones frente
la pandemia del sida y, salvo por Trump y sus mariachis, que odian su
sinceridad, es un hombre respetado. Por eso hay que hacerle caso cuando
dice que la covid-19 reúne los peores elementos de cada una de las
epidemias anteriores. "Tenemos un virus aleatorio que da un salto entre
especies de un animal a un humano, que es espectacularmente eficiente en
la propagación de humano a humano y que tiene, relativamente hablando,
un alto grado de morbilidad y mortalidad", relató antes de concluir:
"Ahora mismo, estamos viviendo en la tormenta perfecta". (Sebastián Serrano, Alternativas Económicas, 16/04/20)
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