"Si no se conquista o conserva el pleno empleo, ninguna libertad
estará a salvo, pues para muchos no tendrá sentido (W. Beberidge, Full
Employment in a Free Society)
(...) El Final de la hora liberal, ya no hay trabajo para todos
La
crisis del coronavirus ahonda los problemas y complica muchísimo la
situación. Dentro de unos meses se tendrán que afrontar los límites del
Contrato Social en nuestro país, y también en Europa. Porque los
gobiernos se van a ver en la tesitura de olvidarse de los dogmas
liberales, y planificar finanzas, servicios y producción, en función de
evaluaciones de riesgos que, de una manera muy frívola, se orillaron en
la austeridad: como las incertidumbres en salud, desempleo y
dependencia.
En los últimos cuatro meses, hemos sufrido la amenaza de
ser superados en esos tres frentes; y eso en Calidad se llama falta de
redundancia, que es la duplicación de capacidades que la prudencia
aconseja para no defraudar al cliente en el objetivo de servicio.
¿Alguien pone en duda que esa planificación es parte integral del
Contrato Social nacional y europeo?
La
cuestión nos retrotrae al viejo problema del empleo y sus sectores
soporte; tema que depende desde 1959 de la ventaja competitiva nacional,
y de la industria exportadora que la soporta. Pero no podemos esperar
un retorno de los turistas antes de que las incertidumbres asociadas al
contagio del virus estén mínimamente controladas[i],
ni es lógico suponer un repunte espontáneo de la construcción. Los
expertos calculan que tal cosa no ocurrirá con el turismo antes del
verano de 2021[ii],
y a la construcción, nadie se aventura a ponerle fecha.
Por otro lado,
la reconversión hacia una economía más polivalente, verde e
informatizada, es perentoria, con ella nos jugamos el futuro; pero
educar trabajadores, crear infraestructura e industria de base adecuada,
por no hablar de los empresarios, no es cosa de cuatro años. Además, el
cambio de modelo no resuelve urgencias, el drama social al que nos
enfrentamos las próximas semanas, meses y año, ya está ahí. Y, como dice
el propio gobierno, no podemos volver a dejar en la cuneta a millones
de ciudadanos de nuestro país, que ni tienen trabajo, y ni el gobierno,
ni los empresarios, están en disposición de proporcionárselo de
inmediato.
No existe otra salida para ellos que la renta básica
aprobada. El propósito declarado es conseguir un ligero colchón para la
transición hacia otro desarrollo; uno basado en el paradigma verde e
informatizado. Pero también supone un nuevo concepto de lo social, el
Gobierno de España ha iniciado el camino con la aprobación del “Ingreso
Mínimo Vital”, o Renta básica, un concepto aún ambiguo, sujeto a
interpretaciones que, como veremos, puede tanto ayudar a construir el
futuro, como retrotraernos al siglo XVIII[iii].
El Pacto Social de la transición de 1978 agoniza desde 2010, y reclama una gran revisión tras la pandemia[iv];
como el Contrato social de posguerra europeo, se basaba en dos pilares,
ahora en crisis, el Bienestar como derecho, y el Estado-nación como
territorio delimitador del privilegio.
Sobre ellos los asalariados
superaban, tras una larga lucha, su estatus proletario y podían
construir su individualidad, es decir se proyectaban en una vida como
cualquier ciudadano. La Renta básica, tal como ahora es concebida por el
arco parlamentario europeo mayoritario, implica el fracaso de la
promesa del sincretismo político de posguerra entre liberalismo y
socialdemocracia, porque supone una elipsis de 240 años, con vuelta a
las poor laws.
Convive con salarios insuficientes, desempleo
sin perspectivas para los supernumerarios del trabajo, precariedad y
ayuda condicionada. Para una gran parte del arco parlamentario, vuelven
los buenos y los malos pobres, las pruebas de voluntad
de búsqueda de empleo, y la amenaza de estigma social. Con él, el
capitalismo tira la toalla y descabalga de sus promesas de 1945: pleno
empleo, seguridad y consumo para todos los ciudadanos; y esta vez, no es
porque no quiera, sino que se reconoce incapaz de cumplir las promesas
sobre las que construyó su proyecto de sociedad. En su fase
globalizadora, carece de proyecto social.
Los
trabajadores no se engañan, el trabajo asalariado no confería sentido a
sus vidas, pero el empleo estable es percibido como un elemento
esencial de su emancipación ciudadana, tanto o más que la suficiencia de
su salario. Desde los años 1980, podemos ver cómo, en los intersticios
de la sociedad de clases retorna el vagabundo renacentista, o el pícaro
del siglo de Oro, en la figura del “camello” de barrio; reflejo de la
multiplicación de situaciones de inseguridad y precariedad, “traducidas
en trayectorias temblorosas hechas de búsquedas inquietas para
arreglárselas día a día”[v].
La vida de las personas en riesgo de desempleo, cada vez más, está
desestabilizada y la renta básica no resuelve sus problemas de
desafiliación; se perciben como supernumerario, persona que sobra del
puzle de la organización del trabajo, al que se prometen “tiempos
mejores” que, como ya no son analfabetos, saben que no volverán.
Como
en los tiempos de Bentham, los pobres, “personas que no tiene propiedad o
medios de subsistencia honesto y suficiente”, merecen la ayuda…, pero,
como el viejo liberal, nuestros neos no pueden evitar la sospecha del
abuso, al cual hay que vigilar; a pesar de que saben que muchos trabajos
son especies amenazadas de extinción y, por lo tanto, no volverán.
Sustituidos por tareas precarias y mal retribuidas, las personas que han
invertido su vida en el aprendizaje, se ven, aún en edad de producir,
reducidos a la nada del oficio inútil por la obsolescencia de sus
habilidades adquiridas[vi]. (...)
Un nuevo Contrato Social tiene la misión de reinventar el Estado, desde
las redes de nudos sociales creadas por el desarrollo de las tecnologías
productivas y culturales de un mundo, que se globaliza montado sobre la
informatización, las biotecnologías y el aprovechamiento de los nuevos
conocimientos científicos aplicados. Un entramado de relaciones que no
compatibiliza muy bien con la verticalidad de la organización del
trabajo.
Como decía Polanyi, hay que liberar la capacidad relacional y
creativa del trabajo de la dictadura wallrasiana del mercado, una
institución errática que se atreve a valorar el componente humano del
capital, esencial en la reproducción de las condiciones de
supervivencia, por debajo de su valor de subsistencia.
El nuevo contrato
social tiene que disociar la retribución del trabajo de la necesidad de
subsistir. Lo cual significa que la Renta Básica se trasforme en un
derecho universal a la vida, y el trabajo en el despliegue de las
capacidades de las personas para cooperar, cuidar unos de los otros, y
trasformar la realidad a través de conocerla cada vez mejor." ( , Economistas frente a la crisis, 26/06/ 2020)
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