"Hay tres sesgos del conocimiento, tres grandes errores que pueden
limitar gravemente la eficacia de las medidas para combatir una pandemia
como la que estamos viviendo y que, por tanto, pueden hacer que sus
daños sean mucho mayores. (...)
El primero es creer que se trata de problema que afecta a todas las personas por igual.
Me parece que sobre este error no hay mucho que decir. El simple
ejercicio de mirar a nuestro alrededor nos permite comprobar los efectos
tan diferentes que tiene la propagación de un virus como el de ahora:
no todo el mundo pierde su empleo y hay quien lo pierde pero tiene
patrimonio para aguantar durante largo tiempo sin problemas, se puede
teletrabajar en casa o no disponer de los medios más elementales para
hacerlo, hay quien tiene personas a su servicio y quien tiene que
multiplicar las horas dedicadas al trabajo doméstico, en muchos países
no todas las personas tienen igual acceso a los servicios sanitarios (...)
Ni siquiera las desgracias colectivas nos hacen despertar del egoísmo
que nos impide entender que dejar atrás a una parte de la humanidad es
condenarnos a todos, antes o después, por igual. Y no tener presente
este efecto desigual es la semilla de la que brotan, con mucho más
fuerza en las pandemias, la xenofobia, el racismo, el machismo... esa
estupidez que nos lleva a pensar que podemos salvarnos solos, que
podemos sobrevivir a la desgracia sin ir de la mano del otro.
El segundo error quizá sea más sutil y todavía menos tenido en
cuenta. Se trata de creer que los efectos de una pandemia, el mayor o
menor daño que produce y las posibilidades de combatirla con eficacia
tienen que ver simplemente con su naturaleza sanitaria.
Un investigador español que trabaja en la Universidad de Pensilvania,
Mauro Guillén, ha analizado brotes epidémicos en 146 países desde 1995 y
su conclusión sobre los factores de los que depende la mayor mortalidad
que sigue a las pandemias va mucho más allá (aquí).
En su opinión, la mayor transparencia, responsabilidad y confianza
pública que se dan en las democracias "reducen la frecuencia y la
letalidad de las epidemias, acortan el tiempo de respuesta y mejoran el
cumplimiento de las personas con las medidas de salud pública" pero "la
democracia no tiene efectos sobre la probabilidad y la letalidad de las
epidemias". Por el contrario, Guillén estima que son más influyentes la
capacidad de intervención que tengan los Estados y, sobre todo, la
desigualdad.
La intervención del Estado sería como un baluarte que puede influir
sobre la generación y los efectos nocivos de las crisis sanitarias y la
emergencia que producen, mientras que la desigualdad económica es el
factor que los exacerba.
De su investigación se deduce que los países que disponen de
estructuras gubernamentales más fuertes y sólidas sufren menor número de
epidemias y que, cuando las sufren, se producen con menos casos y menor
número de muertes.
Por su parte, la desigualdad es el factor que puede empeorar las
condiciones en que se dan las pandemia, lo que aumenta su frecuencia y
escala y, sobre todo, el número de casos que se producen.
Las experiencias de España o Italia en esta pandemia tienen, así, un
perfecto encaje en el análisis de Guillén: la mayor desigualdad que se
da en estos países, la menor capacidad de intervención de la que han
dispuesto sus gobiernos y, sobre todo en nuestro caso, la intervención
estatal fragmentada explicarían que la pandemia se haya producido con
mayor gravedad que en otros países de nuestro entorno.
El tercer error está en gran medida relacionado con los anteriores.
Se tiende a creer que la propagación de un virus y la pandemia que puede
seguirle son hechos naturales, como podrían serlo un terremoto, la
erupción de un volcán o el choque de un asteroide. (...)
Pero no es así. Nuestra forma de vida influye en la producción y,
sobre todo, en la difusión de las enfermedades como la Covid-19, así
como el modo en que organizamos nuestra vida social, económica y
política determina -según acabo de señalar- la expansión, el daño y las
posibilidades de aliviar o acabar con una pandemia.
Sin ánimo de exagerar, creo que puede decirse con todo fundamento
que, hoy día, nuestra forma de producir y consumir es pro-pandémica. Nos
saltamos las leyes de la naturaleza para producir de modo más intensivo
y rentable, no consumimos lo que mejor satisface nuestra necesidad sino
lo que nos pone por delante la industria que sólo busca incrementar el
beneficio monetario, generamos y acumulamos más deshechos y basura de lo
que gastamos en satisfacernos, rompemos los equilibrios básicos de la
naturaleza, contaminamos el medio natural del conjunto de las especies,
provocamos mutaciones...
Nuestro modo de vivir, nuestra civilización de patas arriba, está al
borde de conseguir que la enfermedad y las pandemias sean,
principalmente, un producto social al que, de seguir así, quizá dentro
de poco no podamos hacer frente con un mínimo de éxito y seguridad: la
desigualdad creciente las va a multiplicar en número y en mortalidad y,
debilitada o incluso desmantelada la democracia para poder mantener el
privilegio en el que se basa ese modo de vida, nos tendremos que
enfrentar a ellas con creciente impotencia, con gobiernos sin recursos,
impotentes y con las manos atadas.
Sabemos, pues, cuáles son los errores en los que no podemos caer y las
armas con las que podemos vencer con salud y bienestar a los virus y
pandemias que están por venir: democracia, Estados inteligentes y con
recursos suficientes para intervenir con diligencia, mucha menos
desigualdad y un modo de producir y consumir más saludable y acorde con
las leyes de la naturaleza." (Juan Torres López, Público, 04/06/20)
No hay comentarios:
Publicar un comentario