"(...) Desde luego, los elementos de crisis están a la vista y, con ellos, la ausencia de entusiasmo y optimismo. No existe en estos momentos una visión intelectual y moral, para decirlo al modo de Renan, en la que pudiera confluir un amplio abanico de gente. Lo que mueve las conciencias es el resentimiento y el miedo, que son los factores que explican el auge de la extrema derecha. Tal vez este aspecto es el que más separa la conciencia pública de hoy de la que imperaba en la Transición.
¿En qué confían los españoles de 2020?. ¿En el Rey? ¿Con una monarquía sometida al escarnio público por corrupción y con un rey, Felipe VI, que ha perdido, por propia voluntad y con escaso seso, el norte? ¿En la Justicia? El TC, el TS y otras instancias se han desprestigiado a sí mismas, convirtiendo el Derecho en la Ley del Embudo, muy estrecho para otros, muy ancho para mí.
Realmente, se podría preguntar si un jurista de prestigio, con la sana conciencia de su independencia moral, querría hoy formar parte de esas instituciones. Y ¿qué pasa con los partidos?. En España, hoy, no se vota tanto al PSOE, al PP, a C,s, a JXCat, a ERC, al BNG, o a cualquier otro. Se vota más bien, para cerrar el paso a los otros. España padece de polarización y hay –si, lo hay– miedo, un miedo contante y sonante, al conflicto civil, al menos en los que tienen una cierta edad.
Esa ausencia de alegría, ese decaimiento del ánimo y el correlativo predominio, en la esfera pública, de las pasiones tristes caracteriza el momento.
Elementos de estabilidad. Lo que no quiere decir que no haya elementos de estabilidad. Y el principal es este: la sociedad española tiene una aguda conciencia de la riqueza y el bienestar recién adquirido, que no quiere perder. Si hubiera que interpretar el signo de los tiempos y la corriente principal de la conciencia española yo diría que lo que demanda es volver a los buenos viejos tiempos recientes. A una fase de diálogo inclusivo que permita poner las energías, en tiempos inciertos en todo el planeta, al servicio de garantizar lo adquirido.
Garantizar lo adquirido, en términos de riqueza, bienestar y libertades, más bien que avanzar a nuevas metas es hoy el objetivo implícito de fondo. Los resultados electorales pueden ser leídos en esa clave. El malhumor, el odio y la ira todavía no le han ganado la partida al deseo de conciliación. Tal vez porque la gente intuye que lo que no sea pactar y acordar es contribuir al retroceso económico y social de España en un momento geopolítico en el que se están redefiniendo las reglas del juego en el planeta.
Relación de fuerzas. El acuerdo es posible, pero siempre y cuando todas las partes sean conscientes de que nadie tiene tanto poder como para imponer, con visos de éxito a medio plazo, sus fórmulas. No creo que la relación de fuerzas permita otra cosa. Un proceso constituyente girando a la izquierda está, creo, fuera de las posibilidades históricas, como lo estuvo y lo está la declaración de independencia de Puigdemont. Pero el sueño de replicar en toda España la construcción social de la realidad que tuvo éxito en Madrid es también, me parece, irrealizable. Basta con mirar el mapa y tener un cierto apego por el principio de realidad.
Lo lógico y natural sería el pactismo, aunque sólo fuera por
evitar la confrontación. Alcanzar algún tipo de acuerdo que impida la
degeneración y el derrumbe del sistema. También para evitar la
indecidibilidad del momento. Nadie puede saber, con los elementos
disponibles sobre la mesa, hacia dónde puede evolucionar la situación.
No veo que se puedan encontrar arúspices en los que confiar para
escrutar el futuro. Y no sólo en España. El planeta entero está atado
por hilos frágiles. No se ve, en fin, qué sabiduría encierra añadir
dificultad a la dificultad. " (Antón Baamonde, el diario.es, 10/09/20)
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