El
día del entierro de mi madre, 24 de marzo, en pleno estado de alarma,
fuimos mi padre, mi hermano y yo, por separado, cada uno en su coche con
guantes y mascarillas. Nos dispusimos en fila frente al cementerio
esperando a que llegara el coche de la funeraria y atentos a (1)
la posible llegada de la policía, al advertirnos de que si eramos más
de dos, nos multarían, sí, en el entierro de mi madre. El cura, a quien
Dios tanto protege, ni apareció (por mí encantada, que les den a sus
responsos).En cuestión de 5 minutos:"por favor, se tienen que ir". (2)
Nos vamos, sabiendo que el cuerpo de mi madre está metido en una caja
bajo la tierra, cuando el día anterior estaba en su sofá con su sonrisa y
sus ganas de vivir. No sabemos qué hacer, estamos los 3 en medio de un
descampado y cada uno debe irse a su casa, no podemos besarnos (3)
No podemos abrazarnos, ni juntarnos en la misma casa. Mi padre se queda
solo. Comienza la aventura para que nos hagan las pruebas. No nos la
hacen a ninguno. Se nos ha muerto la mujer que nos ha dado vida, pero no
nos da derecho a saber si también estamos contagiados. (4)
Soy
yo la que se encarga de llamar al hospital para que me confirmen de una
vez si ha sido covid o no. Si no llego a llamar no me informan. Aun
así, llaman al móvil de mi madre para saber cómo está. Lo coge mi
hermano y les dice hasta en dos ocasiones que está muerta. (5)
¿Apoyos? Los justos de las personas más cercanas. Una supuesta psicóloga
nos ha estado llamando para decirnos lo que ya sabemos y cumplir con lo
que le ha tocado hacer. (6)
El tiempo se paró y se llevó a
mucha gente, entre ellas a mi madre. Ahora el mundo vuelve a rodar, pero
muchos tenemos el corazón y la mente aún paralizados, mientras vemos
como la sociedad se toma esta segunda ola como una mera incomodidad en
la cotidianiedad de sus días. (7)
Busco los colores que antes encontraba en el mundo, pero de momento solo veo grises y agujeros negros.
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