5.11.20

Aún no sabemos qué presidente tendrá Estados Unidos, pero sabemos que Trump ha ganado el plebiscito. Trump, como sujeto atomizador, ha despertado la pasión política de casi 70 millones de ciudadanos. Trump tal vez ha perdido la presidencia, pero ha ganado la batalla... ha modificado las bases de la arquitectura democrática del país: fin a la separación de poderes, fin a la idea inapelable de democracia. Trump es un autócrata... su pulsión autoritaria ya es la nueva exportación política norteamericana

"(...) A lo que asistimos es a una especie de débil convivencia entre dos modos de vivir en el mundo, más que en el propio país. No son dos almas geográficas; olvidemos los estados costeros y estados interiores. Lo que hay es una escisión entre la vida urbana y la vida no urbana, entre la mezcla y la esencia; entre el globalismo y el reaccionarismo. Trump no solo ha movilizado al blanco suburbano; también a ciertos sectores de minorías ahogadas por la crisis económica en zonas deprimidas y al sector latino con aspiraciones de borrar su huella identitaria en el sur más acomodado. (...)

Se certifica una utopía tan deseada como irrealizable: convertir a la principal potencia mundial en un motor progresista. Estados Unidos no parece dar más de sí por la izquierda. (...)

A esta hora, aún no sabemos qué presidente tendrá Estados Unidos, pero sabemos que Trump ha ganado el plebiscito. Trump, como sujeto atomizador, ha despertado la pasión política de casi 70 millones de ciudadanos que le han dado su confianza, no a ciegas como en 2016, sino después de cuatro años de políticas agresivas y beligerantes. Trump tal vez ha perdido la presidencia, pero ha ganado la batalla.(...)

Trump no solo ha impuesto su agenda, mediante una lógica centrípeta que lo dirige todo hacia él (como se vio a lo largo de la campaña de Biden), sino que ha modificado las bases de la arquitectura democrática del país y, por ende, de la última idea exitosa de Occidente, la Ilustración: fin a la separación de poderes, fin a la independencia de las instituciones y, lo más terriblemente transformador, fin a la idea inapelable de democracia. (...)

Su odio a la democracia es el faro de muchos desvalidos. Su odio a la corrección es la expresión suprema del machismo que nunca se fue y que, en épocas de crisis, vuelve. Luego, su capacidad de proyección es casi imparable. Trump no pertenece a ese mundo exhausto, encarnado en el anciano Biden, pero tampoco es lo nuevo. Trump es lo muy viejo. Lo que realmente encarna es una renovación, furiosa, de las antiguas dictaduras personalistas del siglo pasado. Tal vez por eso se maneja con relativa soltura con figuras como Putin, Kim Jong-un o Bolsonaro –no así con los líderes chinos, figuras dentro de un esquema perfectamente estructurado, el del totalitarismo. Trump no es totalitario; solo es autoritario.

El mal como dominación. Asistimos, finalmente, a la última forma de dominación de los Estados Unidos. Cierto es que el país ya no marca las pautas de la gobernanza global pero sí ha determinado, bajo la administración Trump, el pulso del mundo. Si a raíz de la Segunda Guerra Mundial sus élites decidieron apropiarse de la idea de libertad yendo a ganar la guerra, y luego lideraron la batalla de las democracias capitalistas en el largo camino por el telón de acero, el proyecto republicano encabezado por Trump ha resurgido con innegable vigor en forma de autocracia constitucional.

Un sistema autoritario articulado alrededor de una alianza entre el líder tiránico, Trump, y el pueblo que le entrega su credo de forma constitucional, a través del voto. Por en medio, diluidos, quedan los partidos políticos y las instituciones, rechazadas por el pueblo y despreciadas por el líder autócrata.

A la capacidad recurrente de Estados Unidos de iluminar y, a menudo, cegar al mundo, debemos sumar esta inaudita pulsión antidemocrática típica de periodos de crisis del sistema. Como proyección, lo vemos en múltiples escenarios en Europa, el continente que produjo monstruosas relaciones con el mal durante el oscuro primer tercio del siglo XX.

No muy lejano a aquello que Hannah Arendt (Eichmann en Jerusalén) vio en el nazismo como una forma de banalidad del mal, el paradigma Trump ha aplicado una política de la deshumanización basada en la violencia institucional, la criminalización del diferente y la división entre sus propios ciudadanos. (...)


Salga a hombros o por la puerta de atrás de la Casa Blanca, no parece que el legado de Trump se reduzca a su inacabable repertorio de twits y comparecencias de showman de canal temático. Su pulsión autoritaria ya es un deseo global. Mientras, la nación americana y sus instituciones inician un largo y oscuro camino hacia la reconstrucción."          
        (Ignasi Gozalo-Salellas , CTXT, 05/11/2020)

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