"La carismática líder del espacio del cambio andaluz, Teresa Rodríguez-Rubio (Rota, 1981), ha sido expulsada del grupo parlamentario de Adelante Andalucía, espacio común de IU y Podemos en el que la corriente troskista de la joven filóloga gaditana era mayoritaria y a la vez adversaria, después de escindirse de Podemos hace casi un año. (...)
Pero el caso es relevante precisamente por todo lo que no es
específico. Por todo lo que tiene en común con otros sucesos del llamado
espacio del cambio en los últimos cinco años. Por sumar a Teresa
Rodríguez a una larga lista de víctimas o traidores (según a quién se
pregunte, claro) que empieza con Juan Carlos Monedero –servida su cabeza en bandeja de plata a la Salomé mediática a las primeras de cambio–, sigue con Luis Alegre
–acuchillado por los suyos en las escaleras de su propia secretaría
general madrileña– y continúa con Sergio Pascual, Carolina Bescansa,
Albano Dante Fachín, Tania Sánchez, Ramón Espinar, Óscar Guardingo,
Pablo Bustinduy, José García Molina, Óscar Urralburu… y, claro, Íñigo Errejón. (...)
La impresión penetrante es que en Podemos los disensos programáticos,
estratégicos y tácticos se han ido fabricando a posteriori para dar
sentido a querellas y pendencias que tenían un fuerte cariz personal, de
individualismo indómito de hijos únicos. (...)
En el caso de Podemos y sus procesos de disgregación hay pocas dudas: la pugna por el bastón de mando, por el control del nuevo partido, por ser un rostro relevante de la nueva política, antecedió a las diferencias tácticas y comunicativas entre los fundadores (diferencias programáticas nunca las hubo, como ya se dijo, al menos durante el estallido de las hostilidades). Un yo herido estuvo detrás del desmantelamiento practicado por Pablo Iglesias de la operación Jaque Pastor urdida por el errejonismo contra él en la primavera del 2016, cuyas primeras víctimas por ambos bandos fueron Luis Alegre y Sergio Pascual, a la sazón secretario general en Madrid y secretario de Organización estatal, respectivamente. Como estuvo detrás de la negativa de Íñigo Errejón a integrarse en una candidatura unitaria encabezada por Iglesias en febrero del 2017; también, en el giro copernicano y dimisión del líder de Podem, Albano Dante Fachín, a finales del 2017; o en la llamada Operación Bescansa (enésimo plan para derrocar a Iglesias, diseñado por la diputada Carolina Bescansa con la presunta y nunca probada colaboración de Errejón) en 2018; en las repentinas diferencias políticas de Óscar Guardingo con la dirección estatal cuando fue apartado de los primeros números de la lista electoral por Barcelona (que había ganado en primarias); en la conspiración de Manuela Carmena contra Podemos en diciembre de 2018; en la creación de Más Madrid en enero del 2019; en la dimisión posterior de Ramón Espinar, en la diáspora de líderes autonómicos como José García Molina u Óscar Urralburu, en la ruptura de Teresa Rodríguez en enero pasado y en casi cada uno de los incontables líos que el llamado espacio del cambio que rodea a Podemos ha protagonizado en estos años, incluida la espantada gallega del juez Luis Villares, con la marca En Marea bajo el brazo –que ha enviado a Podemos a la irrelevancia en Galicia y entregado su espacio a los más hábiles y disciplinados capitanes del BNG– o las catastróficas implosiones de diversas ejecutivas territoriales del partido morado y sus aledaños.
En sus fascinantes crónicas del alzamiento de los golden boys de la nueva economía –La red social (2010), de David Fincher, y Steve Jobs (2015), de Danny Boyle– el guionista de ambas, Aaron Sorkin, acertó a describir las trazas de egolatría y megalomanía que la desregulación neoliberal, combinada con la revolución tecnológica y la elegía individualista estadounidense, han extendido por Silicon Valley.
En un esquema dramático muy crítico con el hiperliderazgo de los gurús de las nuevas tecnologías, Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg) y Steve Jobs (Michael Fassbender) son descritos por Sorkin como narcisos asociales que capitalizan el talento de creaciones de las que son al menos igual de responsables otros compañeros, como Eduardo Saverin (Andrew Garfield) y Steve Wozniak (Seth Rogen), respectivamente.
Ambos, como en cierto modo también Paul Allen, cofundador de Microsoft junto a Bill Gates, fueron apartados de la gloria por sus más hábiles y carismáticos socios; y antaño amigos. Su devenir posterior, orillados del olimpo del silicio, se podría resumir en una frase que en el espacio de Podemos explica casi todo lo ocurrido: “Yo también estaba en aquel garaje, el día que todo comenzó”.
Cabría obstar que todos los personajes de la película de Podemos y su cinturón de asteroides están educados en el marxismo (o el posmarxismo, o el materialismo histórico) y por tanto todos sus compromisos intelectuales están inspirados por la búsqueda del bien colectivo, de un proyecto común y comunitario. De modo que deberían estar bien vacunados contra el individualismo rocoso que el reaganismo y el tacherismo convirtieron en la única medida del éxito personal.
Pero contrastar cómo funcionan esos nuevos artefactos políticos con la razonable disciplina y lealtad al proyecto común de las organizaciones más veteranas (en las que también se celebran sus purgas y aquelarres, pero atendiendo a modos de comportamiento más adultos, incluso más sanguinarios, pero también más discretos) parece apuntar a un atributo generacional.
Por ser justos, Sorkin quizá tenga motivos sobrados y no exactamente neutrales para interesarse por personajes de este tipo, narcisos devotos de su propio talento. Después de todo, como acertó a resumir el crítico Noel Ceballos, “Steve Jobs es la historia de un genio virtuoso con trágicas carencias humanas que decidió escribir un guion sobre la vida de Steve Jobs”.
Todo lo anterior lleva a preguntarse si los nuevos comunistas (con perdón) son capaces de emanciparse de haber estado sumergidos durante toda su vida adulta –o toda su vida, a secas– en el transparente océano de la hegemonía sociocultural de un individualismo feroz, en el neoliberalismo inexpugnable y penetrante que establece que ninguna causa es justa si no engrandece el propio nombre, el propio rostro, el propio patrimonio y el propio legado.
La nueva política parece mirar al cielo,
los brazos hacia adelante, preguntándose: “¿Acaso cabe proveer algún
bien al mundo sin recibir a cambio el embriagador agasajo de la
celebridad personal, las lisonjas untuosas de los mass media, el premio inmarcesible de una posteridad en letras góticas?”. (Pedro Vallin, La Vanguardia, 03/11/20)
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