Más allá de las anécdotas, de los debates jurídicos sobre la convocatoria anticipada de elecciones en Madrid y las mociones de censura o los análisis sobre los aspectos más visibles, lo que sucedió ayer en España puede acrecentar y acelerar algunas tendencias muy profundas (hilo)
Asistimos al enésimo capítulo de la descomposición política de las instituciones democráticas. Ya no solo es Catalunya el factor desestabilizante, lo que parece confirmar que el procés tuvo y tiene factores propios pero también expresa dinámicas globales.
El primer damnificado de esta descomposición es la ciudadanía. Por mucho que se quiera obviar o se esconda tras las anécdotas, esta inestabilidad resta capacidad a la política y a las instituciones democráticas para abocar todos los esfuerzos y recursos a superar la crisis.
Otro gran damnificada es la democracia, porque estas situaciones aumentan la pérdida de credibilidad del espacio común que son las instituciones democráticas, aumenta el distanciamiento de la ciudadanía y alimentan la frustración y la rabia social que explota periódicamente.
Lo de Madrid y especialmente las palabras de la Presidenta Diaz Ayuso ponen de manifiesto la fuerza del nacional-populismo, en este caso un nacionalismo regionalista, que se pretende castizo y que alimenta sentimientos cantonales en un mundo cada vez más globalizado.
Nos equivocaríamos si pensáramos que este proceso de descomposición de la política institucional española es fruto de nuestra idiosincracia. Por poco que levantemos la mirada podemos ver que se trata de un fenómeno global, con las particularidades propias de cada país.
Existía antes del coronavirus, pero la covid-19 ha acelerado esta descomposición y agravado sus efectos en forma de aumento brutal de la desigualdad social -de todas las brechas- y un deterioro de la democracia. La pandemia actúa como un espejo y una lupa.
En un tiempo en el que las innovaciones tecnológicas producen grandes disrupciones que están en la base de la dislocación de todas nuestras estructuras sociales. Cuando la globalización está repartiendo las nuevas cartas del siglo XXI nosotros estamos empantanados y ensimismados.
Esta situación ya no se da solo en Catalunya. Es un fenómeno que afecta a toda España. Este ha sido siempre el gran error cometido por las miradas desde fuera de Catalunya. No era ni es el "problema catalán". Ahora es más evidente aún.
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