24.6.21

La pandemia de los suicidios... “La pandemia lo ha reventado todo. En mi hospital podíamos ver dos casos graves de adolescentes a la semana y ahora llegan tres o cuatro cada día. Esa es la escala”. La depresión y los intentos de suicidio se intensifican entre unos jóvenes cada vez más desarmados frente a la frustración y la incertidumbre

 "Javier tiene 16 años, buenos amigos, vive en una familia armónica formada por sus padres, Félix y Ana, y dos hermanos, uno de 20 años y otro de 10. En su bonita casa con jardín, situada en un pueblo de la sierra madrileña, todo transcurre diferente desde que las pasadas Navidades Javier comenzó a darse cuenta de que tenía “sensaciones muy raras”.

 “No quería seguir”, explica, “no veía más allá y yo iba pensando en quitarme la vida”. No hay drama en su discurso, solo reflexiones profundas, silencios entre frases que parecen dedicados a poner orden en sus pensamientos, y una mirada viva y al mismo tiempo profundamente triste. La ansiedad no le deja vivir ni ver que lo que ahora siente puede no durar eternamente.

 Sabe que su situación no es única, que les ocurre a muchos otros jóvenes. Demasiados y en continuo aumento desde que la pandemia “hizo explotar todo”, como explican los psiquiatras. Pero no encuentra en las cifras ningún consuelo. Sin estridencias, argumenta: “Nunca tengo la cabeza calmada. Para mí el suicidio es una solución”.

 No existen datos globales actualizados sobre el aumento de los problemas en la salud mental de los jóvenes porque, como reconoce una fuente del Ministerio de Sanidad, llevan “año y medio desbordados por la covid-19 y las estadísticas llegan siempre muy a posteriori”. Pero los médicos que asisten en urgencias hablan de “explosión”, de “preocupación”, y de cómo en algunas comunidades autónomas se han tenido que adelantar todos los planes previstos para aumentar las camas hospitalarias de psiquiatría infantil y juvenil con el objetivo de hacer frente a un problema al que tampoco ayuda el silencio, el miedo y la vergüenza que todavía provoca reconocer que se sufre un trastorno relacionado con la salud mental.

Javier Quintero, jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital Infanta Leonor de la Comunidad de Madrid, explica que ya había un panorama preocupante pero que “la pandemia lo ha reventado todo”. “En mi hospital podíamos ver dos casos graves de adolescentes a la semana y ahora llegan tres o cuatro cada día. Esa es la escala”, asegura. Una afirmación que corrobora un reciente informe de la Asociación Española de Pediatría, que refleja que las urgencias psiquiátricas en menores desde el inicio de la pandemia se han incrementado un 50%.

 Para Javier, estudiante de 2º de bachillerato que va un curso adelantado a su edad por tener un coeficiente intelectual por encima de la media, todo se detuvo cuando comenzaron las crisis de ansiedad. “La siento constantemente, pero me sigue sorprendiendo porque me han dado picos con ataques muy fuertes en los que suelo perder el conocimiento.

 Durante ellos, por lo que me cuentan mis padres, puedo estar durante dos horas convulsionando, me intento autolesionar, me pego puñetazos, me intento morder… Luego no me acuerdo de nada y solo me duele todo el cuerpo. Ahora también han aparecido las migrañas que me producen ansiedad que a su vez provoca las migrañas, es como un círculo vicioso”. 

Félix, su padre, cuenta que en enero se lo encontró en el baño con un bote de lejía y que les dijo que había mirado en Internet cómo quitarse la vida: “Creí que era una llamada de atención, una situación delicada, y fuimos a un psiquiatra que nos recomendó que empezara a tomar Orfidal”. Pero las cosas se desarrollaron muy rápido y un sábado, tras decir que iba a dar una vuelta, les llamó desde las vías del tren.

 “Empezó con ataques más leves, hiperventilas, se te agarrota el cuerpo”, explica Javier. “Después aparecieron las apneas, más tarde comencé a autolesionarme. Son impulsos. Un buen amigo había pasado por una circunstancia muy mala y, como soy muy empático, no poder ayudarle me generó un malestar muy grande. Llegué a las vías del tren, que están cerca de casa, y sabía que pasaba uno en un minuto. No sé por qué llamé a mi madre. Es todo muy inconsciente. La escuché llorar y me aparté. Recuerdo que el tren me pasó a centímetros.

 Luego tuve una crisis y me dejaron ingresado en el Hospital Puerta de Hierro. Al principio fue horrible: 24 horas aislado, a las 48 horas te dejan hablar 10 minutos con tus padres..., me desmayé varias veces. Todo está vigilado, las ventanas son de metacrilato, después estás en una habitación con un compañero, te medican, haces terapia, te enseñan… Me vino muy bien. Aprendí a controlar la ansiedad, llegas ahí, no eres nadie y te medio encuentras y encima conocí gente en muchas peores circunstancias que la mía”. (...)

Irene Bautista, psicóloga y experta en gestión emocional en Psicología IBH, explica sobre la ansiedad: “Es un mecanismo que nos invita a la lucha y a la huida cuando algo va mal y, cuando no gestionamos bien los conflictos y las emociones, nos desbordamos, y la pandemia ha venido a agravar la situación”. “Los adultos”, continúa, “creemos que las preocupaciones de los niños, adolescentes y jóvenes son banales porque tienen la vida por delante.

 No sabemos validar lo que sienten”. Quintero añade otra visión: “Pensamos que solo es la adversidad psicosocial lo que condiciona el bienestar mental, pero no es así. Ciertos cuadros aparecen con más frecuencia en situaciones de adversidad pero los ricos también lloran, y no sabes cómo. Además, disponer de dinero añade otro problema porque abre el acceso precoz a conductas como el consumo de alcohol y drogas”.

 Psiquiatra y psicóloga están de acuerdo en un aspecto que a su juicio es básico: “Estamos generando generaciones cero resilientes, les hemos enseñado que el no no existe, y es mentira; que la frustración hay que edulcorarla, y lo que hay que hacer es afrontarla; que la cultura del esfuerzo es un rollo… Todo esto hace que el niño sufra menos, pero crea personalidades más débiles a los 15, a los 16 o a los 18”, sentencia Quintero. “Son unos analfabetos emocionales, los adultos también”, añade Irene Bautista.

 “No estamos conectados, no sabemos lo que sentimos y vamos sobreviviendo a las demandas. Me voy encontrando mal pero no me escucho y no tengo recursos para saber qué me pasa. Los hemos sobreprotegido porque no nos gustan las emociones desagradables, pero al resolverles los problemas mermamos sus capacidades, sienten que no son capaces, comienzan a quedarse en casa, a aislarse, a no hacer nada, llega la depresión, como no tienen ganas no salen a hacer cosas y se refuerza el círculo”, explica esta experta.

Falta de resiliencia, problemas de comunicación, incapacidad para el esfuerzo, falta de autoridad, la poderosa influencia de los modelos idealizados que proliferan en las redes sociales y el poder de las críticas despiadadas, la sobreprotección y la dificultad para tolerar la incertidumbre son argumentos que se repiten. Pero todos los especialistas coinciden en que lo más peligroso es cuando el problema no se verbaliza. “A mí me encanta cuando el chaval pide ayuda porque hay un punto de conciencia, una agarradera para trabajar”, reflexiona Quintero. “La mayoría de las veces eso no ocurre y no siempre resulta fácil que el entorno lo detecte porque frecuentemente el cambio no es extremo.

 Laura Romero acaba de cumplir 31 años y es abogada en una multinacional que prefiere no citar. A los 28 años comenzó su batalla con la ansiedad y está de acuerdo con los especialistas en que uno de los problemas es ocultarlo. “Tenía mucha presión, notaba que trabajaba demasiado. Siempre he sido muy deportista y no tenía tiempo para el deporte, ni para el ocio. Era vivir en el día de la marmota, todos los días trabajar 12 o 13 horas, dormir, comer y volver a empezar.

 Un día iba conduciendo para ir al funeral del padre de una de mis mejores amigas y después a la oficina; no llegué ni a un sitio ni a otro. Se me empezó a dormir el brazo izquierdo, comencé a sentir hormigueo en las manos, me quedé helada, sentía el corazón en la cabeza y no podía respirar. Paré el coche para intentar relajarme, pero el nivel subió y no sé cómo llegué a un centro de salud pidiendo ayuda. Entré con la sensación de que me estaba muriendo de verdad”.

 Antes de ese momento nunca había sentido algo parecido ni le había asustado la responsabilidad de su trabajo. Tras seis días yendo a hospitales, fue su médico de cabecera quien le dijo: “Tienes ansiedad de libro. Deberías ir a un psiquiatra y tomar unos ansiolíticos”. Laura recuerda que dos días después estaba en la cita con el psiquiatra acompañada por su madre. Quería tenerla a su lado porque sentía que ella no estaba equilibrada. Ahora relata su experiencia acompañándola de una amplia sonrisa y la disecciona como una experta porque los años que ha batallado con la ansiedad han cambiado su vida(...)"     (Maite Nieto, El País, 21/06/21)

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