"La Unión Europea no estaba preparada para el SARS-CoV-2 —también conocido como coronavirus—, ni sus instituciones centrales ni sus Estados miembros. Desde ambas instancias se ha abordado la pandemia como un asunto europeo ordinario, que debía gestionarse mediante la política europea habitual.
Casi instintivamente, la Comisión y el Parlamento europeos han visto en la pandemia una oportunidad para acaparar poder, es decir, para ampliar su jurisdicción sobre los Estados miembros. Estos últimos, a su vez, han seguido con su viejo juego de echar balones fuera y de evitar que se les imputasen responsabilidades: ya sea transfiriendo responsabilidades hacia instancias superiores ante situaciones que consideran de difícil gestión o bien creando mandatos europeos para atribuirse a sí mismos funciones que sus electorados nacionales nunca les hubieran concedido.
Ninguno de estos actores se ha preocupado por las verdaderas cuestiones de fondo o al menos todos han evitado escrupulosamente hablar de ellas en público: ¿de dónde viene este nuevo virus? ¿Surge de modo totalmente inesperado de la naturaleza o bien procede de la actividad humana? ¿Se trata de un acontecimiento único o de un episodio de una serie que está por llegar? ¿Cómo evitar que se repita algo así, fortaleciendo la «resiliencia» de las sociedades europeas o luchando contra los futuros nuevos virus en su origen, sea este cual fuere? En cualquier caso, no resulta en absoluto sorprendente que las respuestas inmediatas organizadas —o desorganizadas— por Europa ante la pandemia hayan dejado tanto que desear. (...)
Habida cuenta de las importantes diferencias nacionales existentes tanto en cuanto a las manifestaciones de la COVID-19 como en lo referido al funcionamiento de los diversos sistemas sanitarios, parece más que razonable que las poblaciones demanden políticas a escala nacional más que supranacional, políticas que además puedan debatir públicamente en su propio idioma con la esperanza de poder influir en las mismas.
Habida cuenta de las importantes diferencias nacionales existentes tanto en cuanto a las manifestaciones de la COVID-19 como en lo referido al funcionamiento de los diversos sistemas sanitarios, parece más que razonable que las poblaciones demanden políticas a escala nacional más que supranacional, políticas que además puedan debatir públicamente en su propio idioma con la esperanza de poder influir en las mismas.
De hecho, lo extraño hubiera sido lo contrario: que la ciudadanía de los países europeos permitiera que esta pandemia fuera gestionada por una tecnoburocracia centralizada y lejana, cuyos representantes parecen más entusiasmados por «una unión cada vez más estrecha de los pueblos europeos» que por la salud de los mismos o que, en cualquier caso, solo parecen interesarse por la segunda en la medida en que esto pueda promover la primera.
Como suele ocurrir, las preferencias populares han resultado ser las opciones más realistas. (...)
En cuanto a la UE, cuando irrumpió la pandemia mantuvo durante algún tiempo activa una institución denominada Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (CEPCE), cuya sede se halla en Estocolmo. Este Centro está dotado con una plantilla de 280 personas a tiempo completo y cuenta con un presupuesto anual de 57 millones de euros. En general, prácticamente nadie ha oído hablar del mismo, salvo los virólogos y epidemiólogos del mundo entero, que lo conocen porque ha sido sede de innumerables conferencias internacionales.
(...) lo cierto es que desde luego no ha ayudado en gran cosa a que la UE y sus Estados miembros
(...) por ejemplo, instando a los países europeos a hacer acopio de mascarillas, equipos de protección y ventiladores; recomendándoles que cuenten con suficiente personal formado de reserva; (...) o advirtiendo genéricamente a los ciudadanos europeos de que sus estilos de vida globales pueden resultar mortales a no ser que sus sistemas sanitarios se hallen preparados para enfrentarse a sus consecuencias.
Es muy probable que una de las razones por las que no se han lanzado semejantes advertencias haya sido que estas hubieran entrado en conflicto con las duras recomendaciones emitidas anualmente en el marco de las diversas medidas de austeridad y de coordinación fiscal exigidas por el vigente régimen europeo de ortodoxia monetaria con el fin de recortar gasto público y reducir así los déficits públicos y la deuda pública de los diversos países europeos.
Entre los gastos objeto de recorte se hallan los sistemas sanitarios públicos. Entre 2011 y 2018, la Comisión Europea emitió sesenta y tres peticiones formales a los Estados miembros para que recortaran sus gastos sanitarios públicos y privatizaran sus sistemas de salud. (...)
A escala nacional, varios ministros de Sanidad formaron un consorcio para llevar a cabo negociaciones conjuntas con los potenciales proveedores, justo cuando a Alemania le correspondía ocupar la Presidencia rotativa semestral de la UE.
(...) el resultado fue que las negociaciones se alargaron debido al desacuerdo existente entre los Estados y la Comisión sobre los volúmenes, los precios y las fechas de entrega, así como sobre los lugares de producción y la subvención de las instalaciones de fabricación. En conclusión, los Estados terminaron pagando más y esperando más tiempo por sus vacunas. Un factor adicional fueron las demandas de Francia para que se dejara espacio en la campaña europea de adquisición de vacunas para la que iba a ser producida por la empresa francesa Sanofi. Pero a comienzos de 2021, en el último minuto, Sanofi tuvo que admitir que todos sus esfuerzos habían quedado en agua de borrajas. La Gran Bretaña posterior al Brexit, en cambio, fue capaz de comenzar su campaña de vacunación antes que el resto de países
(...) la principal respuesta de la UE a la pandemia ha sido el así llamado, en eurojerga, «Mecanismo Europeo de Recuperación y Resiliencia NextGenerationEU», abreviado como NGEU (de acuerdo con su acrónimo en inglés) (...)
Pero si estudiamos detenidamente este nuevo instrumento, no parece tener mucho que ver en realidad ni con la pandemia ni con la solidaridad europea; de hecho, parece aprovechar la pandemia como una oportunidad para llevar a cabo el antiguo proyecto —básicamente de Francia— de lograr una «fiscalidad europea», originalmente concebido únicamente para la unión monetaria europea. El NGEU, de hecho, va a financiarse mediante el endeudamiento de la UE, eludiendo así los tratados europeos.
(...) en lo que se atañe a los sistemas sanitarios, así como en lo referente a las instituciones educativas y a la Administración Pública en general, no es probable que, dado el daño causado a los mismos por las políticas de austeridad impuesta por la Unión Europea, puedan reconstruirse y modernizarse mediante una simple inyección puntual de fondos, sino que van a necesitar una mejor financiación, dotada de una mayor estabilidad y regularidad. Pero, en última instancia, para lograrlo va a ser necesario abordar las disparidades económicas existentes entre los Estados miembros, especialmente de los países participantes en la unión monetaria. (...)
Lo que si conocemos son los esfuerzos efectuados por la UE y por algunos de sus Estados miembros para lograr que países europeo-orientales, como Hungría, no compren vacunas más económicas, como la rusa o la china, sino que «compren occidental». Pero carecemos de información sobre hasta qué punto estos esfuerzos han resultado exitosos o sobre cuál ha sido el coste de que los países del Este
«no compren oriental».
(...) Ha habido un breve instante en el cual la política global en torno a la pandemia se convirtió en un asunto público: fue a raíz de la controversia surgida entre los países europeos y Estados Unidos sobre los derechos de las patentes de las recién desarrolladas vacunas denominadas de ARN mensajero (ARNm), supuestamente más adecuadas para combatir el coronavirus.
Para gran sorpresa de Europa, el supuestamente «eurófilo» nuevo presidente estadounidense, Biden, instó a nuestro continente a renunciar a nuestros derechos de propiedad intelectual sobre estas nuevas vacunas SARS-2 para permitir que los países del Sur las produzcan sin tener que pagar las licencias de las patentes correspondientes. La propuesta era sorprendente, puesto que Estados Unidos posee la mayor industria mundial de investigación, razón por la cual siempre ha sido el más acérrimo promotor de la protección de las patentes.
Como suele ocurrir, las preferencias populares han resultado ser las opciones más realistas. (...)
En cuanto a la UE, cuando irrumpió la pandemia mantuvo durante algún tiempo activa una institución denominada Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (CEPCE), cuya sede se halla en Estocolmo. Este Centro está dotado con una plantilla de 280 personas a tiempo completo y cuenta con un presupuesto anual de 57 millones de euros. En general, prácticamente nadie ha oído hablar del mismo, salvo los virólogos y epidemiólogos del mundo entero, que lo conocen porque ha sido sede de innumerables conferencias internacionales.
(...) lo cierto es que desde luego no ha ayudado en gran cosa a que la UE y sus Estados miembros
(...) por ejemplo, instando a los países europeos a hacer acopio de mascarillas, equipos de protección y ventiladores; recomendándoles que cuenten con suficiente personal formado de reserva; (...) o advirtiendo genéricamente a los ciudadanos europeos de que sus estilos de vida globales pueden resultar mortales a no ser que sus sistemas sanitarios se hallen preparados para enfrentarse a sus consecuencias.
Es muy probable que una de las razones por las que no se han lanzado semejantes advertencias haya sido que estas hubieran entrado en conflicto con las duras recomendaciones emitidas anualmente en el marco de las diversas medidas de austeridad y de coordinación fiscal exigidas por el vigente régimen europeo de ortodoxia monetaria con el fin de recortar gasto público y reducir así los déficits públicos y la deuda pública de los diversos países europeos.
Entre los gastos objeto de recorte se hallan los sistemas sanitarios públicos. Entre 2011 y 2018, la Comisión Europea emitió sesenta y tres peticiones formales a los Estados miembros para que recortaran sus gastos sanitarios públicos y privatizaran sus sistemas de salud. (...)
A escala nacional, varios ministros de Sanidad formaron un consorcio para llevar a cabo negociaciones conjuntas con los potenciales proveedores, justo cuando a Alemania le correspondía ocupar la Presidencia rotativa semestral de la UE.
(...) el resultado fue que las negociaciones se alargaron debido al desacuerdo existente entre los Estados y la Comisión sobre los volúmenes, los precios y las fechas de entrega, así como sobre los lugares de producción y la subvención de las instalaciones de fabricación. En conclusión, los Estados terminaron pagando más y esperando más tiempo por sus vacunas. Un factor adicional fueron las demandas de Francia para que se dejara espacio en la campaña europea de adquisición de vacunas para la que iba a ser producida por la empresa francesa Sanofi. Pero a comienzos de 2021, en el último minuto, Sanofi tuvo que admitir que todos sus esfuerzos habían quedado en agua de borrajas. La Gran Bretaña posterior al Brexit, en cambio, fue capaz de comenzar su campaña de vacunación antes que el resto de países
(...) la principal respuesta de la UE a la pandemia ha sido el así llamado, en eurojerga, «Mecanismo Europeo de Recuperación y Resiliencia NextGenerationEU», abreviado como NGEU (de acuerdo con su acrónimo en inglés) (...)
Pero si estudiamos detenidamente este nuevo instrumento, no parece tener mucho que ver en realidad ni con la pandemia ni con la solidaridad europea; de hecho, parece aprovechar la pandemia como una oportunidad para llevar a cabo el antiguo proyecto —básicamente de Francia— de lograr una «fiscalidad europea», originalmente concebido únicamente para la unión monetaria europea. El NGEU, de hecho, va a financiarse mediante el endeudamiento de la UE, eludiendo así los tratados europeos.
(...) en lo que se atañe a los sistemas sanitarios, así como en lo referente a las instituciones educativas y a la Administración Pública en general, no es probable que, dado el daño causado a los mismos por las políticas de austeridad impuesta por la Unión Europea, puedan reconstruirse y modernizarse mediante una simple inyección puntual de fondos, sino que van a necesitar una mejor financiación, dotada de una mayor estabilidad y regularidad. Pero, en última instancia, para lograrlo va a ser necesario abordar las disparidades económicas existentes entre los Estados miembros, especialmente de los países participantes en la unión monetaria. (...)
Lo que si conocemos son los esfuerzos efectuados por la UE y por algunos de sus Estados miembros para lograr que países europeo-orientales, como Hungría, no compren vacunas más económicas, como la rusa o la china, sino que «compren occidental». Pero carecemos de información sobre hasta qué punto estos esfuerzos han resultado exitosos o sobre cuál ha sido el coste de que los países del Este
«no compren oriental».
(...) Ha habido un breve instante en el cual la política global en torno a la pandemia se convirtió en un asunto público: fue a raíz de la controversia surgida entre los países europeos y Estados Unidos sobre los derechos de las patentes de las recién desarrolladas vacunas denominadas de ARN mensajero (ARNm), supuestamente más adecuadas para combatir el coronavirus.
Para gran sorpresa de Europa, el supuestamente «eurófilo» nuevo presidente estadounidense, Biden, instó a nuestro continente a renunciar a nuestros derechos de propiedad intelectual sobre estas nuevas vacunas SARS-2 para permitir que los países del Sur las produzcan sin tener que pagar las licencias de las patentes correspondientes. La propuesta era sorprendente, puesto que Estados Unidos posee la mayor industria mundial de investigación, razón por la cual siempre ha sido el más acérrimo promotor de la protección de las patentes.
Los europeos, en cambio, que siempre han sido considerados más benévolos respecto a la propiedad intelectual, rápidamente objetaron entre otras cosas que ser capaces de producir algo no supone forzosamente que ello vaya a hacerse realmente de forma masiva, en tanto en cuanto no se posea una industria funcional en términos productivos. Pero el hacha de guerra fue rápidamente enterrada, dejando a la ciudadanía confundida preguntándose qué había realmente detrás de todo esto.
Posiblemente, esta controversia se deba al hecho de que las principales patentes en este ámbito están en manos de empresas europeas, como la alemana BioNTech. Si bien estas, muy conscientes de cómo funciona el mundo globalizado, buscaron tempranamente establecer relaciones cooperativas con las grandes corporaciones farmacéuticas estadounidenses (como hizo BioNTechcon Pfizer), puede que no hayan compartido sus patentes con ellas.
Posiblemente, esta controversia se deba al hecho de que las principales patentes en este ámbito están en manos de empresas europeas, como la alemana BioNTech. Si bien estas, muy conscientes de cómo funciona el mundo globalizado, buscaron tempranamente establecer relaciones cooperativas con las grandes corporaciones farmacéuticas estadounidenses (como hizo BioNTechcon Pfizer), puede que no hayan compartido sus patentes con ellas.
En cualquier caso, Alemania prefiere compartir vacunas bajo la forma de donaciones caritativas. Mientras tanto, las empresas productoras de vacunas se han convertido en las gallinas de los huevos de oro; la otrora minúscula BioNTech ha pasado a ser ya una de las empresas más capitalizadas de Europa, valorada en 88 millardos de euros, más de la mitad de lo que representan gigantes como Mercedes o Volkswagen, mientras sus propietarios ya han ganado 14 millardos de euros, entrando por la puerta grande en la lista de los diez alemanes más ricos. (...)
Los ciudadanos y ciudadanas deben saber qué tipo de «defensas» están diseñando las grandes potencias y cuán destructivas pueden llegar a ser. La «bioseguridad» no puede seguir siendo un secreto de Estado, y si las poblaciones europeas pretenden desarrollar una mayor «resiliencia» frente a nuevos tipos de coronavirus, los preparativos que se están desarrollando para librar y defenderse de la guerra biológica deberían convertirse en uno de los grandes asuntos de la agenda de debate público.(...)"
Los ciudadanos y ciudadanas deben saber qué tipo de «defensas» están diseñando las grandes potencias y cuán destructivas pueden llegar a ser. La «bioseguridad» no puede seguir siendo un secreto de Estado, y si las poblaciones europeas pretenden desarrollar una mayor «resiliencia» frente a nuevos tipos de coronavirus, los preparativos que se están desarrollando para librar y defenderse de la guerra biológica deberían convertirse en uno de los grandes asuntos de la agenda de debate público.(...)"
(Wolfgang Streeck,Director emérito del Max Plank Institute for the Study of Societies; 'DESERCIÓN: LA UNIÓN EUROPEA EN LA PANDEMIA DEL CORONAVIRU, Economlstas sin fronteras, nº 43, otoño, 1)
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