3.2.22

Carlos Taibo: El colapso ibérico... las temperaturas en el sur de la península serán similares a las del norte de África, con desecamiento de ríos y lagos, plantaciones agrícolas destrozadas por el calor, incendios forestales muy comunes y cambios en el crecimiento de las plantas... acompañadas de lluvias torrenciales e inundaciones, igualmente nocivas, sin descartar tormentas tropicales... la península no quedará al margen de la vorágine de quiebra de empresas, explotación laboral, empobrecimiento, crisis financiera, desnutrición, deterioro de la sanidad y descrédito de las instituciones que se abrirá camino en el resto del planeta... Los desplazamientos mayores de población serán hacia el norte, tanto dentro de la península como fuera de ella. El medio rural acogerá a personas que huirán de las ciudades, el fenómeno alcanzará cotas mayores en la parte septentrional de la península, que será la receptora de muchos de esos desplazados... las autoridades —o lo que quede de ellas— tendrán problemas para frenar la arribada masiva de inmigrantes del sur, y para encauzar las migraciones internas... No todas las consecuencias del colapso están llamadas a ser negativas: colapsos registrados en el pasado muestran que se han visto seguidos, las más de las veces, de tres fenómenos que son manifiestamente halagüeños: la rerruralización, las ganancias en materia de autonomía local y, en fin, la desjerarquización... la era del poscolapso obligará a recuperar la imagen del trabajo humano como fuente principal de energía, que es al fin y al cabo lo que ocurre —no lo olvidemos— en muchos países del Sur.

 "(...) El colapso ibérico

Procuro rescatar aquí algunas apreciaciones que en la mayoría de los casos proceden de argumentos vertidos en un libro, Colapso , que ya he mencionado. Se refieren a los efectos que ese fenómeno, el del colapso, está llamado a tener en el escenario que nos es más próximo: el de la península ibérica.

 Lo primero que hay que señalar al respecto es que en ese espacio geográfico los antecedentes son malos, como lo testimonian el abandono de las energías renovables, la lamentable apuesta por la alta velocidad ferroviaria —en el caso español— y por autopistas y autovías, la baja producción de materias primas energéticas, el alto consumo de petróleo y, en fin, en la trastienda, la deuda.

Lo suyo es que el cambio climático haga valer sus consecuencias, a menudo dramáticas. La principal será una notable subida de las temperaturas en la mitad meridional de la península. Según una versión de los hechos, la subida en cuestión será más perceptible durante las noches que durante el día, mayor en verano que en invierno, y más fuerte en el interior que en el litoral ¹⁶⁸ . Si en muchos lugares los veranos serán duros, los inviernos resultarán, en cambio, razonablemente llevaderos.

 Por lo que se refiere a los primeros, cabe destacar el antecedente de los muy calurosos registrados en 2005 y 2015, saldados con un incremento importante de la mortalidad, ante todo entre la población anciana. El aire acondicionado estará al alcance, por añadidura, de una minoría de la población en un escenario de apagones y de carestía de la electricidad ¹⁶⁹ . 

Los cortes afectarán también al suministro de agua. A la postre las temperaturas en el sur de la península serán similares a las ya conocidas en el norte de África, con desecamiento de ríos y lagos, plantaciones agrícolas destrozadas por el calor, incendios forestales muy comunes y cambios en lo que se refiere a los patrones de crecimiento de las plantas ¹⁷⁰ . Cierto es que las sequías a menudo se verán acompañadas de lluvias torrenciales e inundaciones, igualmente nocivas, sin descartar la presencia ocasional de tormentas tropicales, manifiestas por primera vez en 2005 en las costas del sur de Portugal y de Huelva.

No faltarán tampoco los problemas en las zonas montañosas cercanas a las grandes ciudades —Guadarrama en Madrid, Pirineo en Barcelona y Zaragoza, la sierra da Estrela en Lisboa y Op orto, pero también en áreas próximas a localidades como Sevilla y Valencia—, donde la progresiva desaparición de los bosques dificultará la retención de los recursos hídricos en un escenario en el que el volumen de agua que es de prever llegue a las ciudades será menor, en particular en el verano ¹⁷¹ . 

Algunos expertos consideran, con todo, y al amparo de un argumento controvertido, que es probable una reducción de la temperatura en el litoral portugués, en Galicia y en la costa Cantábrica, de resultas del debilitamiento progresivo de la corriente del Golfo, presunto efecto del deshielo del Ártico.

Es fácil intuir, en cualquier caso, la quiebra de muchos destinos turísticos en las costas del Mediterráneo, en el Algarve y en los archipiélagos españoles y portugueses, con la excepción, acaso, de Azores. Los desplazamientos mayores de población lo serán hacia el norte, y ello tanto dentro de la península como fuera de ella. Si el medio rural, en general, acogerá a personas que huirán de las ciudades —ya me he referido al relieve de esta circunstancia—, el fenómeno alcanzará cotas mayores en la parte septentrional de la península, que será la receptora de muchos de esos desplazados. 

A lo anterior se agregarán los efectos de la llegada de gentes procedentes del norte de África. Con el orden público en peligro, las autoridades —o lo que quede de ellas— tendrán problemas para frenar la arribada masiva de inmigrantes procedentes del sur, y para encauzar, al tiempo, las migraciones internas.

Bien está que subraye que, aunque en una primera lectura el escenario ibérico no será tan tétrico como el de muchos países pobres, las dependencias energéticas y tecnológicas propias de lo que al cabo son dos Estados del Norte opulento —España y Portugal—, o de lo que quedará, de nuevo, de ellos, multiplicarán los problemas. De resultas, la península no quedará en modo alguno al margen de esa vorágine de quiebra de empresas, explotación laboral, empobrecimiento, crisis financiera, desnutrición, deterioro de la sanidad y descrédito de las instituciones que se abrirá camino en el resto del planeta.

Colapse ahora y evite aglomeraciones 

Es lógico que se perciba en el colapso una fuente ingente de problemas y desafueros. Pe ro, si por un lado no todas sus consecuencias están llamadas a ser negativas, por el otro sus efectos serán, con certeza, distintos en unas u otras áreas geográficas. Dados estos antecedentes, a duras penas sorprenderá el argumento, cargado de ironía, vertido por John Michael Greer en el título de una de sus obras, que podríamos traducir al castellano de la mano del lema que reza colapse ahora y evite aglomeraciones ¹⁷² . 

La tesis de Greer viene a decirnos que, si el cola pso es inevitable, mejor empezar a trabajar ya en la construcción de una sociedad alternativa ahora que el cambio climático no ha hecho valer sus secuelas más negativas y ahora que l as materias primas energéticas no se han agotado por completo.

Más allá de lo anterior, me veo en la obligación de recordar —ya lo he hecho en el capítulo segundo— que quienes han trabajado sobre colapsos registrados en el pasado gustan de afirmar que se han visto seguidos, las más de las veces, de tres fenómenos que son, a mi entender, manifiestamente halagüeños: la rerruralización, las ganancias en materia de autonomía local y, en fin, la desjerarquización. No todas las consecuencias del colapso están llamadas a ser, pues, negativas.

Permítaseme, aun así, que acum ule algunos argumentos más en provecho de la idea de que el escenario que espera a los habitantes de la Iberia vaciada no es tan tétrico como una primera, y legítima, lectura invitaría a concluir. Cabe esperar, por lo pronto, que la conciencia de la proximidad de la catástrofe provoque cambios interesantes en la cabeza de muchas personas que decidan buscar, entonces, respuestas colectivas asentadas en el apoyo mutuo.

 Por otra parte, esas respuestas acaso no reclaman la movilización de grandes recursos: exigen, antes bien, echar mano de energías que están, cerca, a nuestra disposición. Aunque, desde mi punto de vista, sería un craso error colocar el futuro en manos de Gobiernos y burocracias, no por ello hay que renunciar al pago de la deuda histórica contraída por el medio urbano con el rural. Frente al discurso tantas veces repetido, el campo ha proporcionado a las ciudades la mano de obra que precisaban, una mano de obra joven que a menudo ha sido educada en familias y escuelas radicadas en el medio rural. 

Lo anterior al margen, este último ha dispensado alimentos, materias primas y energías necesarias para el desarrollo de las ciudades ¹⁷³ . En semejantes condiciones, ¿está de más demandar un esfuerzo de redistribución de recursos en provecho del campo? Más allá de lo apuntado, y en fin, si se trata de volcar la argumentación sobre la vida cotidiana, señalaré que aunque lo previsible, por muchos conceptos, es que el trabajo sea más duro, el entorno que lo rodeará será más llevadero. 

No habrá que asumir largos desplazamientos, el ritmo será más pausado y no faltará el ejercicio físico, primará el deseo de garantizar ante todo la autosuficiencia y habrán desaparecido los empresarios y la explotación. Lo suyo es, por añadidura, que se apueste por un reparto equitativo del trabajo, incluido, también, por cierto, el de cuidados, en el marco de una economía cooperativa y no lucrativa. En cualquier caso, la era del poscolapso obligará a recuperar la imagen del trabajo humano como fuente principal de energía, que es al fin y al cabo lo que ocurre —no lo olvidemos— en muchos países del Sur.

En Colaps o , el libro que mencioné unas páginas atrás, me hice eco de algo que tuvo a bien recordar en su momento Ugo Mattei. Habla Mattei de lo que ocurrió en Nueva York cuando, de resultas de un apagón, la ciudad se vio privada de e lectricidad durante varios días. Hubo quien murió de hambre, los cajeros automáticos y las tarjetas de crédito dejaron de funcionar, la falta de confianza entre los vecinos redujo las posibilidades en materia de apoyo mutuo y moverse a distancias respetables se hizo imposible.

 Por primera vez muchos neoyorquinos se percataron de lo importante que es la cooperación
y de lo delicadas que son muchas de las dependencias que se tejen en las sociedades complejas ¹⁷⁴ . Si el deterioro de las relaciones humanas es un dato fácilmente palpable en la vida de las ciudades, tanto de las que anteceden al colapso como de las que seguirán a éste, otros rasgos relevantes de esa vida serán la quiebra del grueso de las relaciones económicas, la extensión de los problemas sociales y el general retroceso de lo público. 

Parece que, por razones obvias, un apagón prolongado, material y simbólico, tendrá consecuencias mucho menos graves en la Iberia vaciada.

Paradojas de la vida."             

(Carlos Taibo, Iberia Vaciada. Despoblación, decrecimiento, colapso. Ed. Catarata, 2021; págs. 109-113)

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