28.3.22

Con el telón de fondo de la guerra de Ucrania la campaña presidencial francesa puede servir de indicador del estado de nuestra sociedad y de la intensificación del mal viento que sopla sobre ella desde hace varias décadas... la campaña ha sacado claramente a la luz cinco rasgos significativos que interactúan entre sí: una sociedad en la que el racismo desde arriba ha acabado por empapar a una parte no desdeñable de la sociedad, una banalización del macartismo en forma de un aumento de las prohibiciones de asociaciones y colectivos, una fuerte tendencia a la desaparición del Parlamento como uno de los espacios del debate democrático, un panorama mediático cada vez más monopolístico, un tratamiento mediático y político de la guerra dominado por una lógica belicista

 "(...) Lo que destaca de este cuadro general no es sino una sociedad en la que el racismo desde arriba ha acabado por empapar a una parte no desdeñable de la sociedad, una banalización del macartismo en forma de un aumento de las prohibiciones de asociaciones y colectivos, una fuerte tendencia a la desaparición del Parlamento como uno de los espacios del debate democrático, un panorama mediático cada vez más monopolístico, un tratamiento mediático y político de la guerra dominado por una lógica belicista, etc. 

Racismo desde arriba y racismo desde abajo

Uno de los rasgos destacados de la campaña es, por una parte, la presencia de varios candidatos denominados de “extrema derecha” (lo ponemos comillas por desconfiar de este concepto de extrema derecha que eufemiza la matriz fascista de estos candidatos) y, por otra parte, la utilización que hacen otros candidatos de conceptos provenientes de esta misma matriz. Por supuesto, estos candidatos presentan sus propuestas racistas como respuesta a las preocupaciones de la “Francia de abajo”, es decir, como eco de un racismo desde abajo. Según esto, las clases populares y las capas medias son las que están en el origen del racismo y los candidatos no pueden sino tomar nota de ello y responder a las preocupaciones “legítimas” que expresa. Con este razonamiento estamos, simplemente, en presencia de una lógica de inversión del orden de las causas y las consecuencias. En efecto, no es un “racismo desde abajo” lo que ha dado suscitado un “racismo desde arriba”, sino lo contrario, como demuestran los debates y polémicas de estas últimas décadas en torno al “pañuelo”, al “laicismo”, al “separatismo” (1), al “peligro migratorio”, a la “inseguridad”, etc. Estos múltiples debates, polémicas y promesas electorales se caracterizan por situarse en una lógica descendente: quienes iniciaron estos temas son el jefe de Estado, los ministros, los líderes políticos, los programas mediáticos, etc., y no los movimientos sociales (que tienen otras preocupaciones: el poder adquisitivo, la redistribución, el deterioro del sistema educativo y del sistema sanitario, etc.). (...)

Pierre Bourdieu insistía en la necesidad de tener en cuenta este “racismo desde arriba”, que él denominaba “racismo de la inteligencia”: “El racismo de la inteligencia es un racismo de la clase dominante. […] El racismo de la inteligencia es aquello por medio de lo cual los dominantes pretenden producir una «teodicea de su proprio privilegio», como dice Weber, es decir una justificación del orden social que ellos dominan” (3). En ese mismo sentido Jacques Rancière recuerda de la siguiente manera la génesis de la redinamización de la opinión racista en las últimas décadas: “El racismo actual es en primer lugar una lógica estatal y no una pasión popular. Y esta lógica de Estado la apoya principalmente no algunos grupos sociales atrasados, sino gran parte de la élite intelectual. Las últimas campañas racistas no son en absoluto obra de la extrema derecha llamada «populista», sino que las han llevado a cabo una intelligentsia que se considera a sí misma intelligentsia de izquierda, republicana y laica. La discriminación ya no se basa en argumentos sobre las razas superiores e inferiores, se argumenta en nombre de la lucha contra el «comunitarismo», en nombre de la universalidad de la ley y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y de la igualdad de los sexos” (4).

Una de las primeras lecciones de estas presidenciales es poner de relieve que una parte no desdeñable de la sociedad francesa está ahora embebida de este racismo construido desde arriba.

Una lógica macartista que se banaliza en medio de la indiferencia general

La reciente prohibición, en plena campaña electoral, de dos nuevos colectivos, el “Collectif Palestine Vaincra” [Colectivo Palestina Vencerá] en Toulouse y el “Comité Action Palestine” [Comité Acción Palestina] en Burdeos, pone de relieve la tendencia prohibicionista del actual gobierno en el ámbito de la gestión de la protesta social y política. Estas prohibiciones se producen después de la del CCIF (Collectif Contre l’Islamophobie en France, Colectivo contra la Islamofobia en Francia) y de la ONG Baraka City a finales 2020, de las de la CRI (Coordination contre le Racisme et l’Islamophobie, Coordinación contra el Racismo y la Islamofobia) y de la Ligue de défense noire africaine [Liga de Defensa Negra Africana] en octubre de 2021, y del cierre administrativo de varias mezquitas, la última la de Pessac el pasado 14 de marzo por un periodo de 6 meses. Aunque el gobierno informa mucho acerca de estas prohibiciones para dar testimonio de su determinación de luchar contra el “comunitarismo” y/o el “separatismo”, la lógica prohibicionista va mucho más allá de las cuestiones relacionadas con la inmigración o Palestina. Testimonio de ello son otras prohibiciones sobre las que el gobierno ha informado menos: Observatoire National de la Pauvreté [Observatorio Nacional de la Pobreza] en 2019, Observatoire de la laïcité [Observatorio del Laicismo] en 2021, Collectif Nantes Révoltés en 2022, Groupe antifasciste la Gale-Lyon (en curso). Al mismo tiempo el “Contrat d’Engagement Républicain” [Contrato de compromiso republicano] previsto por la ley sobre el “separatismo” entró en vigor a partir del 1 de enero de 2022 para todas las “asociaciones, fundaciones, ligas profesionales, federaciones deportivas autorizadas” y concierne a las “peticiones de subvenciones y de autorizaciones presentadas a contar desde la fecha de entrada en vigor de este decreto” (5). A partir de ahora se combinan las presiones discretas y la represión abierta para hacer callar las voces discordantes.

Lo más grave es la ausencia de reacciones colectivas ante esta lógica represiva. El miedo a ser acusados de complicidad y/o de complacencia con estos grupos y asociaciones a los que se presenta como grupos que llaman al “odio, la violencia y la discriminación, y a provocar actos terroristas” ha llevado o bien a que se hagan comunicados de denuncia de estas prohibiciones sin movilizaciones, o bien a silencios ensordecedores. Represión directa para algunos sin molestarse en presentar la menor prueba y política del miedo para los demás: hay que constatar que estamos ante dos ejes esenciales del macartismo estadounidense de la Guerra Fría. Sin duda no es comparable la magnitud de las medidas en ambos momentos, pero la lógica sigue siendo la misma: una falsa amenaza (ayer comunista, hoy “islamista” o “extremista”) justifica la restricción de los derechos democráticos sin necesidad de presentar pruebas. (...)

La segunda lección de las presidenciales es la afirmación de un macartismo oficial sin complejos que articula la censura por medio de una fuerte represión en el caso de algunos y de la política de amenaza destinada fomentar la autocensura en el delos demás.

Criminalización de la conflictividad democrática y fascistización

La lógica prohibicionista se inscribe a su vez en una mutación más amplia concerniente a la idea misma de debate democrático. El presidente, sus ministros y sus intermediarios ideológicos promueven la idea de una “democracia sin conflictividad” de muchas maneras: lógica “ni de derechas-ni de izquierdas” o mito de la tercera vía, diálogo social sin conflictos ni relaciones de fuerza, discurso de la unidad y del consenso nacional que supera las divisiones de clases y otras divisiones sociales, etc. Todos estos temas comunes a Macron, la extrema derecha, la derecha y parte de la “izquierda” contienen implícitamente una raíz común: el rechazo de la conflictividad política como reflejo de la existencia de intereses económicos enfrentados en nuestra sociedad. Es cierto que este enfoque ha existido siempre, pero hasta hace poco solo lo mantenía la “extrema derecha”. Ahora se trata de un discurso público que mantiene la más alta autoridad del Estado y que se traduce en decisiones legislativas. Así, desde el debate en el Parlamento sobre la Operación Serval en 2013 no se había abordado en el hemiciclo la guerra en Malí hasta la última crisis diplomática, con ocasión de la cual el primer ministro prometió el 2 de febrero que se iba a celebrar un debate sobre el tema. Del mismo modo la entrada en el derecho común de varias disposiciones del estado de urgencia, establecida por la ley “que refuerza la lucha contra el terrorismo y la seguridad interna” de octubre de 2017, se traduce concretamente en el debilitamiento de los espacios de conflictividad judiciales y parlamentarios. Por último, las actuales presidenciales se traducen en el rechazo asumido por parte del actual jefe de Estado de los debates discordantes con el pretexto de la guerra en Ucrania.

La negación de la conflictividad democrática no es sino una voluntad y un intento de silenciar a quienes pretenden poner en tela de juicio el orden de las cosas existente. Esta negación se inscribe en una lógica corporatista de negación de las divisiones sociales reales para sustituirlas por una falsa división entre, por una parte, los “productores” (tanto asalariados como empleadores) y, por otra, los “aprovechados” (beneficiarios de los mínimos sociales, “sin papeles” y en algunos discursos, los “patronos sin escrúpulos”). De forma más general, el discurso “ni derecha ni izquierda” (o, lo que viene a ser lo mismo, “a la vez de derecha y de izquierda”) lejos de ser nuevo se inscribe en la vieja tradición fascistoide. (...)

La tercera lección de las presidenciales es la confirmación del diagnóstico de la existencia de un proceso de fascistización como modalidad de gestión de una crisis de legitimidad del poder político, una crisis sin precedentes desde hace muchos años.

La construcción de la variante Zemmour

La candidatura de Zemmour se encuadra en un ámbito político caracterizado por dos candidatos “de extrema derecha” que cuentan con unos índices significativos en los sondeos (Marine Le Pen un 18% y Éric Zemmour 11,6% a fecha de 19 de marzo) (7). Esta candidatura significa sobre todo la construcción mediática de un candidato en dos fases: su lanzamiento por parte de [la empresa francesa] Bolloré y su promoción por parte del ámbito mediático tanto en la forma del tiempo que se le concede en antena como en la de la repetición de sus temas y sus análisis. La primera fase revela la monopolización cada vez mayor del ámbito mediático y la segunda lo que la periodista Pauline Perrenot denomina la “espectacularización de la información” y la “caza de la cuota de audiencia”: “Los grandes medios de comunicación, que siguen a Éric Zemmour desde hace dos décadas, no habían igualado todavía su proeza de septiembre de 2021. Sin lugar a dudas la idea de que Éric Zemmour está hecho por y para los medios de comunicación nunca ha sido más cierta que hoy. […] ¡Ningún complot en ello! Bastan (entre otras cosas) unas prácticas periodísticas gregarias, un tratamiento de la actualidad política y de las elecciones presidenciales uniforme en todos los medios de comunicación (bajo la forma de un combate de lucha libre y de un partida de parchís), una dependencia perniciosa y cada vez mayor de los sondeos y de los comentarios artificiales, prestos a hacer que la nada exista (recordemos que Zemmour no ha declarado la candidatura) y por último, pero no menos importante, una normalización general de la extrema derecha, proceso que ahora ya se ha completado en gran medida en los medios de comunicación dominantes” (8).

La cuarta lección de la campaña es que se pone en evidencia el poder que tiene en la prensa los “poderes del dinero”, por retomar una expresión del Consejo Nacional de la Resistencia en 1944, que afirmaba lo siguiente acerca de las condiciones de una prensa democrática en su programa de acción denominadoLos días felices: “Libertad total de pensamiento, de conciencia y de expresión, libertad de prensa, su honor y su independencia respecto al Estado, de los poderes del dinero y de las influencias extranjeras, libertad de asociación, de reunión y de manifestación” (9).

Una lógica belicista

La guerra en Ucrania ha irrumpido en las campaña de las presidenciales. Ha puesto en evidencia el predominio que los belicistas tienen en los ámbitos político y mediático. Cualquier duda crítica acerca de las causas de la guerra, sobre las sanciones, sobre a qué política que se debería dar prioridad para salir del conflicto, etc,. se reduce inmediatamente a una defensa de la política rusa y a una postura a favor de Putin. Cualquier recordatorio de la política de la OTAN en la zona, de la situación de Ucrania desde 2014, de la estrategia de los grupos fascistas ucranianos se reduce a la aprobación de la entrada de las tropas rusas en Ucrania. Aunque en el ámbito internacional prácticamente todos los países de África, Asia y América Latina han rechazado la adopción de sanciones contra Rusia y han pedido que se hagan gestiones para llegar a un alto el fuego y lograr una desescalada, estas sanciones se han presentado política y mediáticamente como un reflejo de la opinión pública mundial. Esta guerra y la propaganda bélica que la acompaña, que el candidato Macron ha convertido inmediatamente en una oportunidad electoral por un lado y en un arma ideal para ocultar las dificultades del imperialismo francés en África por otro, subraya la peligrosa dependencia que tienen las opciones internacionales francesas y europeas de las estrategias internacionales de Estados Unidos.

La quinta lección de las presidenciales francesas es la aceptación por parte de nuestra clase dominante de la estrategia de la tensión que a la larga solo puede llevar a nuevas guerras por motivos económicos y geoestratégicos."                  (Said Bouamama  , Rebelión, 26/03/2022)

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