2.3.22

En 1991, Clinton puso en marcha el proceso de expansión de la Alianza Atlántica hacia el Este y, en 2008, Bush dio su visto bueno (frente a la reticencia inicial de Alemania y Francia) a la expansión de esta hacia Georgia y Ucrania, en momentos en que Rusia no amenazaba a nadie... Washington desestimó las voces del realismo político. Una y otra vez, por vía de figuras como Henry Kissinger, Kenneth Waltz, John Mearsheimer y el propio padre de la política de la Contención George Kennan, alertaron contra los riesgos de jugar con el fuego de las obsesiones de seguridad rusas... Bajo su lógica realista lo natural era que países como Georgia, y muy particularmente Ucrania, se sumasen a la lista conformada por Suecia, Austria o Finlandia. Es decir, estados neutrales que no asumían una militancia pro atlantista o pro rusa. Esto, según señalaba Kissinger en 2014, resultaba especialmente importante en relación a Ucrania... Como consecuencia, una economía que es de apenas un quinto que la suya, con una población relativamente menor y cuya única relevancia es la de ser un importante productor de hidrocarburos, habrá de desplazar en su atención al competidor principal, China. Esto es, una economía que en pocos años habrá de suplantarlo en la primacía y que le plantea una dura confrontación tecnológica

 "(...) Así como los eventos de Ucrania son el resultado de una guerra de elección y no de necesidad, también el curso de acción estratégico emprendido por Estados Unidos en Europa a partir de 1991, constituyó un proceso de elección y no de necesidad.

 Imbuido por la línea argumental liberal según la cual cada país debía elegir su rumbo, Washington desestimó las voces del realismo político. Una y otra vez, por vía de figuras como Henry Kissinger, Kenneth Waltz, John Mearsheimer y el propio padre de la política de la Contención George Kennan, la lógica argumental realista alertó contra los riesgos de jugar con el fuego de las obsesiones de seguridad rusas. Obsesiones incrustadas en la psiquis de ese país y que se remontaban a los tiempos zaristas.

 En 1991, Clinton puso en marcha el proceso de expansión de la Alianza Atlántica hacia el Este y, en 2008, Bush dio su visto bueno (frente a la reticencia inicial de Alemania y Francia) a la expansión de esta hacia Georgia y Ucrania. Una década antes de esta última fecha, George Kennan había advertido contra el contrasentido y el riesgo de antagonizar innecesariamente a Rusia en momentos en que esta no amenazaba a nadie. 

Bajo la lógica realista lo natural era que países como Georgia, y muy particularmente Ucrania, se sumasen a la lista conformada por Suecia, Austria o Finlandia. Es decir, estados neutrales que no asumían una militancia pro atlantista o pro rusa. Esto, según señalaba Kissinger en 2014, resultaba especialmente importante en relación a Ucrania, país socialmente polarizado entre un Este pro ruso y un Oeste pro occidental. 

En virtud de sus propias realidades, destacaba Kissinger, Ucrania debía constituirse en el puente natural entre ambas esferas y nunca en una barrera frente a Rusia.

Lo que Estados Unidos compró fue la Guerra Fría con Rusia que ahora emerge y que se avizora larga, peligrosa e inmensamente exigente en términos de atención. Ello le significará tener que priorizar al que objetivamente es el menor de sus rivales, descuidando al mayor: China. 

Como consecuencia, una economía que es de apenas un quinto que la suya, con una población relativamente menor y cuya única relevancia es la de ser un importante productor de hidrocarburos, habrá de desplazar en su atención al competidor principal. Esto es, una economía que en pocos años habrá de suplantarlo en la primacía y que le plantea una dura confrontación tecnológica. Más aún, a diferencia de una Rusia centrada en su esfera de influencia regional, China aspira a transformarse en la potencia global predominante y en diseñar las nuevas reglas del orden mundial.

 Esta desatención de la rivalidad mayor, no obstante, representaría para Estados Unidos el menos malo de los escenarios. El peor de ellos vendría dado por una confluencia de acciones entre China y Rusia destinada a desbordar la capacidad de respuesta de Washington. Es decir, una estrategia que buscase estrangular la sobre extensión de los compromisos político-militares asumidos por Estados Unidos.

Las piezas rotas que Rusia está comprando no son pocas. Sin embargo, en un sentido estratégico, las de Estados Unidos resultan más."                    

(Alfredo Toro Hardy es diplomático retirado, académico y autor venezolano, Observatorio de la Política china, 28/02/22)

No hay comentarios: