"(...) UTOPÍA Y DISTOPÍA EN LA UNIÓN EUROPEA
La actual Unión Europea podría ser un agente global autónomo y con una sociedad decente en un mundo en el que las dos superpotencias del Pacífico buscasen, o no, una coexistencia pacífica. Pero como pudimos observar con el Brexit, con la retirada de Afganistán o con el cisma del 5G, las presiones para que no sea así van a ser permanentes. Tanto por parte de las plutocracias globales como por las internas.
Pues también la UE, y de rebote España, es sobre todo a día de hoy el resultado de una construcción de los mercados por encima de la ciudadanía. Resultado de un agente institucional muy ordoliberal y muy poco social. Con una moneda –el euro- compartida sin el respaldo de un Tesoro Público. Con un Gobierno –la Comisión- sin un Parlamento efectivo.
¿Por qué sostengo que el sistema que nos gobierna en la UE es distópico? Pues porque está laminando el Estado de Bienestar, conduciéndonos hacia una sociedad de mercado pura y dura en la que el dinero es siempre la razón suprema. Todo por el mercado, la productividad y la competitividad. Y, eso sí, con ese desdén argumental que descalifica cualquier otra perspectiva como antisistema.
Si nos centramos en el corazón económico del tal sistema (y dejamos al margen por razones de espacia los aspectos más políticos e institucionales) se entenderá sin duda que, si nos dejamos ir en la deriva actual hasta 2050, la exclusión social será máxima, la destrucción de las viejas clases medias consumada, el riesgo de pobreza –con o sin desempleo- no distinguirá niveles de estudios, y la precarización y desalarización del trabajo serán galopantes. Convergeríamos entonces con las sociedades más desigualitarias del mundo (China y Estados Unidos).
Porque la creación de empleo decente y los servicios públicos conviven mal con el equilibrio presupuestario de la UE, con su reducido peso en el PIB europeo, con el objetivo de déficit máximo de los Estados en el tres por ciento, con una disciplina fiscal garantizada por el mercado de bonos, la prima de riesgo y las agencias de calificación, con el objetivo de inflación del dos por ciento, con el derecho absoluto de los acreedores (blindado en nuestra Constitución) y con un Banco Central Europeo que se llama independiente pero que solo se ocupa del control de la inflación.
La convergencia en bienestar social dentro de la UE se deteriora cuando los países buscan un máximo en sus balanzas externas por medio de la competencia a la baja (en lo laboral, en lo fiscal, en lo ambiental) o cuando evitan devaluaciones competitivas. También se deteriora con la libertad absoluta de circulación del capital o si, como ahora sucede, la desregulación de los mercados es un catecismo que se aplica para todo.
¿Por qué la ruptura con este sistema que acabamos de resumir abre la senda de la utopía? Porque defender hoy un Estado desmercantilizador es ser antisitema. Aunque solo así recuperaremos la inclusividad social, una vida digna para el conjunto de los ciudadanos y una relación con el medio natural sostenible desde la actualidad hasta el año 2050. Porque la creación de empleo y los servicios públicos necesitan el respaldo de un presupuesto europeo varias veces mayor que el actual respecto al PIB (pongamos que del 2% al 20%) (para conseguirlo Piketty ha diseñado propuestas muy razonables sobre fiscalidad del patrimonio, sociedades y capital) y sin un obligado equilibrio presupuestario. Sin olvidar que la UE debiera presionar a los Estados para regresar a los tipos máximos marginales sobre los ingresos vigentes en los años 70 del pasado siglo.
También relajando la disciplina del déficit anual para los Estados y permitiendo financias sus deudas al margen de las primas de riesgo de forma federal y mutualizada, modificando al alza el objetivo de inflación del BCE e incorporando a sus estatutos el objetivo de reducir el desempleo. El BCE tiene que ser el prestamista de último recurso de los Estados de la UE, no de sus bancos. Y el euro la moneda de un Estado global europeo, no la de un simple mercado.
La cohesión social dentro de la UE mejorará si los países con mayores superávits externos drenan esos excedentes, si se busca la convergencia en obligaciones y derechos (fiscales, laborales, sociales). O si se dificulta el comercio con países que no respetan unos mínimos derechos sociales y ambientales. También si se usan las devaluaciones del euro (y no la de las rentas salariales) para favorecer el equilibrio externo de los países más deficitarios. Si se controlan los movimientos especulativos de los capitales y se hacen desaparecer los paraísos fiscales internos. Siendo así que en todo lo que precede el criterio general debiera ser la no globalización de mercados de no haber instituciones democráticas globales que los regulen.
Con los nuevos recursos presupuestarios europeos se debiera dar anclaje a tres ejes de la ciudadanía social: una renta mínima para todos los adultos, una pensión mínima asistencial para quién no tenga una contributiva o esta sea insuficiente, y una prestación mínima de desempleo para quién tenga agotadas las contributivas de su país. Porque la movilidad del trabajo y de los recursos humanos dentro de la UE no se puede entender sin estas contra partes. Solo así se reconocerá el sentido de una ciudadanía europea. Solo así nos alejaríamos de las sociedades con mayor desigualdad social en el mundo (Estados Unidos y China).
La cohesión social pasa también por defender algunas actividades, consideradas esenciales o estratégicas, de los inversores extranjeros (algo crucial en lo digital y en el big data). También si se reserva la mitad de las compras del sector público para empresas que generen su empleo dentro de la UE. O si se practica una defensa pública de la competencia y de las empresas de proximidad frente a los oligopolios (ya internos o ya globales). También poniendo freno a la digitalización de aquellos servicios (privados o públicos) en los que se considere que el trato personal o el empleo decente son más importantes que los eventuales logros de productividad. También si se mejora la cohesión social con una política de inmigración a escala europea, con objetivos anuales y con derechos plenos.
Dependiendo de cómo optemos ante este dilema (más sombras o más luzes) bien nos hundiremos en la distopía sistémica o, al contrario, avanzaremos hacia una sociedad decente. En la UE y en el conjunto de España porque, como acabamos de ver, son muchas las cosas sustantivas para todos que dependen de lo que decidamos que sea la Unión Europea. Pero no todas, y a eso vamos. (...)
P.D. Este artículo continúa -en el original en gallego publicado en el número 100 de la revista LUZES- con un extenso apartado titulado “Utopía y distopía en Galicia”; el lector interesado puede consultarlo aquí." (Albino Prada , Sin permiso, 16/06/2022)
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