28.6.22

La criminal invasión de Ucrania ha sentenciado definitivamente el final de la globalización y sus mecanismos de gobernanza, para volver a una disputa de bloques y áreas de influencia... la guerra de Ucrania es un elemento disruptivo clave, una recomposición del escenario geopolítico de la misma profundidad de lo que en su día fue la caída del Muro de Berlín y el comienzo de la era de la globalización, pero en sentido inverso... si Corea fue el primer gran campo de batalla de la Guerra Fría, Ucrania puede ser el primer campo de batalla de una nueva contienda imperialista entre bloques. Mientras esto sucede, la izquierda parece actuar como si nada hubiera cambiado o, incluso aún peor, eligiendo bloque... porque no nos engañemos, un ejército europeo, un cuerpo operativo de reacción rápida que pueda controlar áreas y recursos en el escenario del aumento de las disputas neocoloniales, es un ejército para intervenir más en Níger que en Ucrania, para asegurar el acceso a los enormes recursos energéticos y de materias primas del continente, en competencia directa con China y Rusia... los auténticos ganadores hasta ahora de la invasión rusa de Ucrania son el imperialismo norteamericano, el militarismo de la UE y las empresas que fabrican muerte

 "(...) Es innegable que la brutal invasión rusa ha supuesto el inicio de una guerra injusta contra Ucrania, pero no hay que olvidar que el país lleva al menos ocho años inmerso en una guerra civil entre la oligarquía pro-occidental y la pro-rusa con el telón de fondo de una intensa disputa inter-imperialista por el control geopolítico y geoeconómico del país. Esta disputa, aunque localizada fundamentalmente en el este del país, en las regiones de Donetsk y Luhansk, ha costado 14.000 muertes antes de 2022. Que la oligarquía pro-occidental controle el poder en Kiev es fundamental para entender el decidido apoyo material, logístico, económico y político de la Alianza Atlántica al gobierno ucraniano. Como explicó hace poco la vicesecretaria de Estado de EEUU, Victoria Nuland: “Estados Unidos se ha gastado en Ucrania más de 5000 millones de dólares en promover el “cambio de régimen” vía organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y compra de lealtades. 15/

 La criminal invasión de Ucrania ha sentenciado definitivamente el final de la globalización y sus mecanismos de gobernanza, para volver a una disputa de bloques y áreas de influencia. Una desglobalización, al menos parcial, que lleva años produciéndose y que se ha turboalimentado a raíz de la pandemia de la COVID19 que ha acelerado un descenso de las interconexiones y de la interdependencia de las relaciones mundiales, y que ha engendrado el preludio de un nuevo orden global. En donde la economía mundial globalizada parece estar escindiéndose poco a poco en una especie de regionalización conflictiva y en disputa entre dos principales áreas de influencia: una zona bajo EE UU y otra zona bajo la órbita de China, en donde a su vez conviven con potencias regionales subalternas de uno y otro bloque como son la propia UE y Rusia. Aunque quizás lo más paradigmático de esta desglobalización sea el desplome de los mecanismos multilaterales de gobernanza, especialmente significativo el colapso de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

 En este sentido, la guerra de Ucrania es un elemento disruptivo clave, una recomposición del escenario geopolítico de la misma profundidad de lo que en su día fue la caída del Muro de Berlín y el comienzo de la era de la globalización, pero en sentido inverso. Podríamos decir que si Corea fue el primer gran campo de batalla de la Guerra Fría, Ucrania puede ser el primer campo de batalla de una nueva contienda imperialista entre bloques. Mientras esto sucede, la izquierda parece actuar como si nada hubiera cambiado o, incluso aún peor, eligiendo bloque.

Desde que Rusia decidió invadir Ucrania se declaró una guerra de liberación nacional. Y es lógico que quienes se encuentran en estos momentos en Ucrania luchando contra Putin decidan tomar las armas o adoptar otras formas de resistencia civil y hacer todo lo posible para evitar esta ocupación y defender su soberanía (algo que debería pasar por el no alineamiento, precisamente lo contrario de convertirse en un satélite de la OTAN o de Rusia) y deben ser apoyados por la izquierda europea. Pero las veleidades militaristas de nuevo cuño que parecen haber conquistado las moquetas y despachos de Bruselas nada tienen que ver con un apoyo desinteresado al legítimo derecho del pueblo ucraniano a la defensa.

Por el contrario, el envío de armas a Ucrania no solo es un elemento fundamental de la disputa militar inter-imperialista, en donde cada vez está más clara la participación directa de la UE y la OTAN en lo que podríamos catalogar como una guerra proxy. Una participación directa que no se circunscribe exclusivamente al envío de armas, que por otro lado ya no son solo ni mucho menos defensivas; sino también por el apoyo de entrenamiento militar al ejército ucraniano o por la información de inteligencia compartida por Washington con Kiev que habría permitido al ejército ucraniano localizar y acabar con la vida de 12 generales rusos desde el comienzo de la invasión rusa o el hundimiento del buque Admiral Makarov, el más moderno de la flota de Putin.  (...)

Al igual que en la Guerra Fría, las potencias imperialistas se enfrentan de forma interpuesta en el campo ucraniano. Lo novedoso y quizás más peligroso de este enfrentamiento es que, por primera vez desde la II Guerra Mundial, este choque se produce en territorio europeo y el peligro de una confrontación entre potencias nucleares nunca ha estado tan cerca desde la crisis de los misiles en Cuba. El antecedente europeo más cercano fue el ataque aéreo de la OTAN en 1999 contra Serbia (incluida su capital, Belgrado) sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y sin una declaración previa de guerra, con el supuesto fin de acabar con las violaciones de los derechos humanos en Kosovo. A pesar de los lazos de hermandad étnicos e históricos de los pueblos ruso y serbio, Moscú no respondió a esa agresión y se conformó con condenas formales, alejando el fantasma de una posible contienda con armas nucleares. La gran diferencia es que, en el caso ucraniano, la escalada del conflicto entre potencias no está ni mucho menos descartada. Más bien al contrario, cada día que dura la guerra es un escenario más plausible.

  Pero, además, no nos engañemos, el envío de armas no solo es un poderoso incentivo para los sectores y la industria armamentística europea, sino que es la primera vez que Europa habla el llamado lenguaje duro del poder”. Esta primera experiencia de coordinación militar europea pretende ser el elemento fundacional de una política de defensa más agresiva que pueda concluir en un cuerpo operativo o incluso en un ejército europeo para intervenir en el nuevo tablero internacional. Un ejército europeo ni separado de la OTAN ni pensado para grandes contiendas militares, sino más bien como un cuerpo operativo de reacción rápida que pueda controlar áreas y recursos en el escenario del aumento de las disputas neocoloniales. Dicho de otro modo, un ejército para intervenir más en Níger que en Ucrania.(...)

 Con la presencia de la OTAN y de un futuro ejército europeo en África, EE UU y la UE quieren asegurarse el acceso a los enormes recursos energéticos y de materias primas del continente, en competencia directa con los países emergentes y en especial con China y Rusia, no sólo con contratos comerciales, sino construyendo todo un entramado de relaciones políticas y militares. El apoyo a la creación de la Fuerza de Reserva Africana (ASF), el entrenamiento militar de fuerzas africanas en las escuelas de la OTAN y la difusión de las doctrinas e ideologías militares de la Alianza Atlántica permiten crear relaciones y lazos que aseguran una incidencia política real en las élites dirigentes, al tiempo que garantizan una buena parte del jugoso mercado africano de compras de armamento, que también es objeto de competencia. Como afirma el Centre Delás de Estudios por la Paz: “si la OTAN fue una pieza clave para asegurar la hegemonía norteamericana en Europa occidental durante la Guerra Fría primero y en toda Europa después, ahora la Alianza Atlántica pretende jugar el mismo papel en África 18/.”

Es indudable que la invasión criminal de Putin ha permitido cohesionar a la opinión pública de la UE sobre la base de un fuerte sentimiento de inseguridad ante las amenazas externas, legitimando su remilitarización (que es mucho más que el aumento del gasto militar antes mencionado). A la vez que permite a la OTAN diluir toda veleidad de independencia política de la UE mientras recupera una legitimidad y una unidad perdidas tiempo atrás, especialmente tras el fracaso de la ocupación de Afganistán. La incorporación de Suecia y Finlandia es una buena muestra del resurgimiento e impulso que ha tomado la OTAN, la mayor alianza militar nunca conocida, ampliando con mucho los marcos alcanzados durante la Guerra Fría. Porque, más allá de apreciaciones de táctica militar, lo que está fuera de toda duda es que los auténticos ganadores hasta ahora de la invasión rusa de Ucrania son el imperialismo norteamericano, el militarismo de la UE y las empresas que fabrican muerte.

 Por esto es tan curioso que una gran parte de la izquierda y de los verdes europeos esté sufriendo de un repentino ataque de mirada cansada que le impide ver lo que más cerca tiene. Grandes conocedores de la situación tanto de Ucrania como de Rusia, pero incapaces de ver cómo las élites europeas y el imperialismo norteamericano están utilizando esta guerra como un momento de reordenación capitalista e imperialista de hondo calado en el contexto de un desorden geopolítico global y de crisis ecológica. En donde la disputa por los recursos escasos será cada vez mas intensa y violenta.  (...)

Además, no deja de resultar curioso el énfasis de la mayoría de la izquierda institucional en reclamar este envío de armas a Ucrania, cuando la OTAN y la UE no necesitan presión alguna para mandarlas. ¿En serio el papel de la izquierda en este contexto es erigirse en corifeos de las pulsiones más militaristas? Quizás sería más útil presionar por que la UE o el FMI anulasen la deuda exterior ucraniana, una decisión que aliviaría la presión sobre una economía devastada y, de paso, sobre su población y sus finanzas de cara a una futura reconstrucción; levantar una campaña de movilización ciudadana para conseguir un registro de los propietarios reales que esconden su dinero en los paraísos fiscales europeos, lo cual permitiría la incautación de bienes de la oligarquía rusa que sostiene al régimen de Putin. Una acción que no solo presionaría para acabar con la guerra, sino que también permitiría obtener unos fondos fundamentales para la reconstrucción de Ucrania; y/o presionar para que la UE acoja a los desertores de ambos ejércitos favoreciendo la deserción colectiva ante la guerra. Todas estas propuestas han sido presentadas en diferentes formas y ocasiones por parte de diputados y diputadas de la izquierda en parlamento europeo y han sido sistemáticamente rechazadas.

Aún es más sorprendente la presbicia de esa izquierda que a su condena de la invasión rusa y la solidaridad con el pueblo ucraniano no incorpora el rechazo a la remilitarización de la UE y el resurgimiento de la Alianza Atlántica. Porque “ahora no toca” y por lo visto todo vale para ganar la guerra y acabar con la amenaza del imperialismo ruso. “Todo vale” porque estamos en guerra. (...)

El futuro de nuestro siglo se está escribiendo hoy en las llanuras ucranianas. Ante la deriva militarista y belicista que está azotando a Europa, y a pesar del ambiente macartista de intimidación intelectual y de demagogia belicista, las fuerzas transformadoras europeas debemos tomar una posición activa con una agenda antimilitarista propia que rechace sin ambigüedades el proyecto político imperial de la oligarquía rusa, pero también la agenda militarista de la OTAN y la remilitarización de la UE. Tenemos el gran reto de pensar cómo conseguir que pierda el imperialismo putinista sin que ello suponga una victoria del militarismo imperial occidental."                  (  , Viento Sur, 24 junio 2022)

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