"Los más de 150 millones de euros que costó levantar el Hospital Enfermera Isabel Zendal apenas sirven hoy para acoger a 49 pacientes ingresados en la unidad de rehabilitación funcional (URF), según los datos del propio centro. Ese balance resume la crisis del hospital milagro de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que atendió a más de 10.000 pacientes durante lo peor de la pandemia y ahora languidece mientras se suceden las propuestas para justificar su existencia. Desde el 11 de abril, cuando empezó a funcionar la URF, solo han pasado 225 pacientes por unas instalaciones en las que no hay otro tipo de hospitalizados.
Eso equivale a 32 pacientes al mes, y a apenas uno al día de media. Y como eso es insostenible, la Comunidad busca cómo dotar de sentido a esos 80.000 metros cuadrados casi vacíos: pese a que la infraestructura se inauguró tan recientemente como en diciembre de 2020, el Gobierno volverá a gastar dinero en 2023 para habilitar consultas, seis quirófanos o puestos de recuperación con los que atender a los pacientes que se derivarán al Zendal mientras duren las obras en el Hospital de La Paz, según avanza una fuente del Gobierno autonómico.
“Es un escándalo”, se queja José Manuel Freire, profesor emérito del departamento de Salud Internacional de la Escuela Nacional de Sanidad, exdiputado del PSOE y exconsejero de Sanidad del País Vasco. “Quieren mantener abierto a toda costa el centro porque cerrarlo dejaría al descubierto, aún más, el sinsentido de esta instalación. No saben a qué destinarla”, lamenta en mitad de la crisis sanitaria de Madrid, que ha provocado dos huelgas de médicos y una multitudinaria manifestación en protesta por la falta de recursos humanos y económicos.
Un día cualquiera de noviembre, los ventanales de la fachada principal del Zendal dejan ver los andamios y restos de obra que permanecen apilados en su interior. El reclamo de la vacunación para la covid, que mantiene movilizados en el centro a seis enfermeras y seis técnicos en cuidados auxiliares de enfermería, no conlleva ningún tipo de cola. Contra el viento aletean las cintas extendidas para organizar filas inexistentes, ya que apenas se cruzan dos parejas en la puerta. Un solitario taxi se aleja por una ancha avenida sin ningún tráfico. El parque que rodea uno de los lados del centro está vallado, lo que impide su uso. En consecuencia, el silencio que reina en el barrio de Valdebebas, en el distrito de Hortaleza, solo se ve interrumpido de vez en cuando por las pisadas de algún corredor solitario, y el ruido de la maquinaria que se emplea para construir un cercano intercambiador para el transporte público.
Hasta el 26 de octubre, ese fue el entorno laboral de la enfermera Marisa Santiago en el dispositivo de vacunación del Zendal, donde fue trasladada cuando cerraron el Servicio de Urgencias de Atención Primaria (SUAP) al principio de la pandemia. En su último día de trabajo antes de ser movilizada para ocupar su plaza en un centro de urgencias extrahospitalarias asegura que había en el centro 14 pacientes ingresados, en su mayoría personas mayores con “patologías provocadas por un ictus o algo similar”. “Allí ya no hay gente con covid, sino personas que están esperando plaza para ir al Hospital Cantoblanco, por ejemplo, donde les hacen la rehabilitación. Mientras, en el Zendal están atendidos, sobre todo por enfermeras y auxiliares”, explica sobre un dispositivo formado por 144 sanitarios, 17 celadores, 12 administrativos y una gobernanta, más otros profesionales (hasta un total de 177).
Santiago describe el ambiente en el hospital de pandemias como si hubiera estado en un programa de Gran Hermano. Hay cámaras por todas partes y no pueden salirse de la zona asignada. Si los trabajadores se equivocan y se encuentran fuera “del circuito que le toca a cada uno”, enseguida aparece un miembro de seguridad y les pregunta qué hacen ahí. Tampoco pueden sacar fotografías a los carteles y como consecuencia se sienten completamente vigilados. Ahora mismo, añade, en el pabellón tres hay un dispositivo de vacunación para inocular la cuarta dosis a los sanitarios, “pero se encuentran bastante aburridos, porque no va nadie”.
Es la consecuencia de la falta de pacientes para una infraestructura que los expertos definieron con palabras gruesas desde el principio: “Esta operación solo puede entenderse desde la política y la imagen. Es básicamente incomprensible desde la perspectiva de gobernanza y gestión de la sanidad”, llegó a decir José Ramón Repullo, profesor de planificación y economía de la Salud de la Escuela Nacional de Sanidad.
Entonces, ¿para qué sirve un hospital de pandemias cuando no hay pandemias? Responder a esa pregunta ocupa al Gobierno desde hace meses. Se ha intentado de todo. Señal de que el uso futuro de la infraestructura parece incierto.
Así, el Zendal ha sido, y es, centro de vacunación contra el coronavirus (aquí se han puesto más de dos millones de dosis) y la viruela del mono. También ha sido punto de acogida para los refugiados de la invasión rusa de Ucrania. Se ha usado como centro logístico para almacenar y organizar todo el material donado a este país; o como sede del centro coordinador del Summa 112, que también derivó allí a una parte de sus profesionales de los SUAP cuando cerraron durante la pandemia; y como Laboratorio Regional de Salud Pública. Y ahora se ha pensado en él como el hospital perfecto al que derivar pacientes de La Paz cuando comiencen las obras de remodelación de este centro.
Pero
llegará el día en el que acaben esas obras y el Zendal vuelva a
quedarse vacío. Y por eso el futuro no está claro. El equipo de Ayuso,
que no respondió a las preguntas de EL PAÍS, sigue pensando en
posibilidades para llenar de contenido estable y continuo la
infraestructura. Hasta ahora solo ha echado raíces la unidad de
rehabilitación funcional: 49 pacientes en un edificio de 80.000 metros
cuadrados que esperan la futura llegada de los pacientes derivados desde
La Paz." (Juan José Mateo, Berta Ferrero , El País, 17/11/22)
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