12.4.23

Razones que queman. Reflexiones y propuestas en torno a los incendios en Asturies: la prohibición del uso del fuego supone que las quemas se hagan a escondidas, sin ningún cuidado de que el fuego pueda expandirse... parece que la mayor urgencia sea buscar y señalar a los culpables. Como si atrapar a los que prenden la mecha resolviese el problema, mientras se silencian las causas más profundas del mismo, y las necesarias soluciones a largo plazo... La ganadería extensiva, necesitada de pastos, aparece señalada como la mayor responsable, cuando desempeña una labor en los montes que es parte de la solución... las personas que viven de la ganadería extensiva, y todas las viven en los pueblos, tienen algo que decir. Y deben poder decidir qué políticas preventivas necesitan y qué responsabilidades están dispuestas a asumir para conseguir atajar juntas una situación de extrema peligrosidad... Una de las medidas que existen para la prevención es la de las quemas controladas. La formación y organización de cuadrillas de ganaderos y otros vecinos y vecinas para realizar quemas controladas con garantías es una medida que se ha intentado poner en marcha en varias ocasiones y que continúa pendiente... o los rebaños pasto-cortafuegos de Andalucía, entre otros muchos ejemplos que combinan la ganadería extensiva y la prevención de incendios forestales... es necesario poner todos los recursos al servicio de la extinción. Es crucial sostener los dispositivos funcionando durante todo el año, mantener las infraestructuras (caminos, puntos de fuga, cortafuegos etc), y recuperar y fortalecer los servicios de vigilancia

 "Asturies arde cada año de forma más intensa. Tras el fuego de los incendios solo queda el silencio. El aire se contamina, el suelo se pierde y se erosiona y la gente de los pueblos se arriesga a situaciones de gran peligrosidad. Además, el fuego mata animales, árboles, plantas e incluso a personas, principalmente a las que trabajan en la extinción, que son las más expuestas.

Mientras tanto, parece que la mayor urgencia sea buscar y señalar a los culpables. Como si atrapar a los que prenden la mecha resolviese el problema, mientras se silencian las causas más profundas del mismo, y las necesarias soluciones a largo plazo. 

Este artículo pretende contribuir a profundizar en un debate que consideramos necesario. No podemos acordarnos del problema sólo cuando lo estamos viviendo, es fundamental adoptar estrategias de prevención permanentes. Las propuestas recogidas en el texto salen del encuentro y el diálogo con numerosas personas directamente relacionadas con el tema en Asturies. Sus ideas y experiencias, generosamente compartidas, pueden ayudar a encontrar herramientas para revertir esta situación. Se trata de una propuesta abierta para un debate que tiene que ser colectivo e incluir a todos los sectores implicados, principalmente a los que han sido tradicionalmente excluidos. Para ello consideramos fundamental la escucha.

Analizar los incendios supone tener en cuenta por un lado quien prende la llama, y por otro, preguntarnos por qué un fuego se convierte en un incendio.

¿Quién quema en Asturies? La ganadería extensiva, necesitada de pastos, aparece señalada como la mayor responsable. Sin embargo, este sector, principalmente aquellos que apuestan por la sostenibilidad, por la pequeña escala y el vínculo con el territorio, desempeña una labor en los montes que es parte de la solución.

Por otra parte, la prohibición del uso del fuego supone que las quemas se hagan a escondidas, sin ningún cuidado de que el fuego pueda expandirse y provocar daños mucho mayores, e implica la pérdida del conocimiento tradicional de manejo del fuego por parte de la población.

¿Por qué el nuestro es un territorio cada vez más inflamable?

Una llama no produce inmediatamente un incendio. Una quema se extiende como consecuencia de la existencia continúa de combustible en el monte.

El abandono de los montes —que es el abandono del medio rural— la despoblación, la pérdida de actividades campesinas, la enajenación a las comunidades locales de los montes comunales y el desmantelamiento del rural en su conjunto van a hacer que estos montes, otrora terrenos habitados, cultivados y gestionados por los pueblos, sean a día de hoy territorios en disputa donde colisionan los usos con las normativas. Además, existen diversidad de enfoques sobre cómo cuidamos el monte para que no arda y no hay espacios de encuentro para conjugar nuevos consensos.

La casi desaparición de los pueblos asturianos desdibuja el paisaje de mosaico que un día fue un cortafuegos orgánico. Los cambios en la cabaña ganadera, en explotaciones cada vez más concentradas y menos vinculadas al territorio y compuesta ya casi exclusivamente por vacas, impiden que tengamos como aliadas a cabras y ovejas. Además, las plantaciones de pinos y eucaliptos en terrenos de bosque atlántico traen incendios de copa, que pasan de árbol a árbol, y que son cada vez más difícilmente extinguibles.

Hoy existen nuevas variables ambientales como el aumento de la temperatura y una mayor sequía en invierno. Las quemas tradicionales para regenerar pastos se realizaban en otoño o invierno, cuando el suelo estaba húmedo y la parte aérea de las plantas secada por el viento, para evitar destruir el suelo. Como consecuencia del cambio climático los inviernos son cada vez más secos, y el suelo queda más desprotegido. A eso se suma el viento del nordeste, que favorece la dispersión.

Algunas propuestas de prevención

A lo largo de todos estos años de escalada de los incendios se han elaborado multitud de propuestas de abordaje del tema, tanto por parte de organizaciones de la sociedad civil, como de los profesionales de la prevención y la extinción, y las administraciones públicas. Las propuestas que exponemos a continuación no las hemos inventado nosotras, algunas de ellas están recogidas en la ‘Estrategia integral de prevención y lucha contra los incendios forestales en Asturias’, simplemente ha faltado la voluntad política para desarrollarlas.

En primer lugar, si pensamos en los factores que hemos señalado anteriormente, podríamos hablar de cómo apagar la mecha inicial, es decir, de cómo influir sobre quien quema. En este punto hay que empezar nombrando la participación: la gestión forestal colectiva y participativa no ha existido nunca, y es una falta de reconocimiento histórica al papel de los pueblos en la gestión de su territorio. No nos cabe duda de que las personas que viven de la ganadería extensiva, y todas las viven en los pueblos, tienen algo que decir. Y deben poder decidir qué políticas preventivas necesitan y qué responsabilidades están dispuestas a asumir para conseguir atajar juntas una situación de extrema peligrosidad.Pero cuando hablamos de participación tenemos que ir mucho más allá, tenemos que buscar un encuentro entre la población local y los grupos ecologistas que tanto, y tan desinteresadamente, han luchado a favor de la conservación de los ecosistemas Creer que es posible el encuentro en planes concretos y estrategias concretas en lugares concretos.

La necesidad de mantener pastos con mucha menos gente en el monte de la que hubo en su día es todo un reto. Pensar y proponer alternativas es lo que algunas organizaciones en Asturies, como Proyecto Roble, llevan haciendo años. El que iniciativas como PR no cuenten con ningún apoyo institucional (a excepción del Ayuntamiento de Llanes y su Plan Silvopastoril para la Restauración ecológica) aunque realicen una labor ejemplar es algo, como poco, sorprendente.

La sensibilización es otra de las labores fundamentales. Una sensibilización bidireccional, relacionada con la práctica de la escucha, en medio de tanto ruido. Necesitamos reflexionar acerca de por qué el uso del fuego a día de hoy —encendiendo la mecha y huyendo— es una temeridad de consecuencias devastadoras. También tenemos que pensar en lo que es un monte: sobre sus dimensiones más allá de ser un espacio para pasear, sobre su importancia como ecosistema que alberga biodiversidad, su relación con la soberanía alimentaria, con la ganadería extensiva, con la cultura y con nuestro presente y futuro. Es fundamental pensar en cómo pueden convivir los diversos usos de forma sostenible en el tiempo.

Una de las medidas que existen para la prevención es la de las quemas controladas. Esas quemas suponen una gran carga burocrática, lo que las hace a menudo improbables, casi siempre insuficientes y, además, caras. La formación y organización de cuadrillas de ganaderos y otros vecinos y vecinas para realizar quemas controladas con garantías es una medida que se ha intentado poner en marcha en varias ocasiones y que continúa pendiente.

Existen muchos ejemplos de buena gestión participativa en la prevención de incendios forestales. Además del ya mencionado Proyecto Roble, podemos señalar, por su amplitud y riqueza, al Plan 42. Un plan que la Junta de Castilla y León puso en marcha en los 42 municipios de la región donde se daban el 90% de los incendios forestales. Podríamos hablar de las quemas de alta montaña en el Pirineo francés, para evitar la propagación de incendios, o de los rebaños pasto-cortafuegos de Andalucía, entre otros muchos ejemplos que combinan la ganadería extensiva y la prevención de incendios forestales.

Una vez que la mecha se enciende, el fuego se extiende porque puede. La inflamabilidad del territorio es mayor a mayor abandono, y en ese sentido es imprescindible revisar y mejorar las políticas de incentivo para proyectos sostenibles a pequeña escala y vinculados al territorio. El aprovechamiento de los montes desinflama el territorio. Fomentar actividades económicas sostenibles que reduzcan el combustible en el monte (desde el ganado menor al aprovechamiento de restos forestales para distintos usos, y un largo etc,) y que respeten a la vez los ecosistemas debe ser un objetivo prioritario.

Además de bosques abandonados, tenemos plantaciones de pinos y eucaliptos, verdaderamente especies inflamables y que aumentan exponencialmente la capacidad de expansión y la peligrosidad de los incendios. El plan forestal de Asturies va en la dirección opuesta a limitar la extensión de estas plantaciones, una orientación que nos parece errónea. Todo ello tiene que hacerse desde estrategias más amplias de planificación a escala de paisaje y ordenación del territorio construyendo paisajes ignífugos.

A todas estas tareas pendientes tenemos que sumar una espada de Damocles: el cambio climático. El aumento de las temperaturas aumenta el riesgo de incendios y, a su vez, el incendio contribuye al calentamiento global. Los montes bien gestionados y la relocalización de los sistemas alimentarios son parte de la solución. Necesitamos bosques vivos, que puedan albergar la biodiversidad y la agrobiodiversidad que sostiene la vida, también ganadería extensiva y otras formas de producir alimentos.

Por último es necesario poner todos los recursos al servicio de la extinción. Es crucial sostener los dispositivos funcionando durante todo el año, mantener las infraestructuras (caminos, puntos de fuga, cortafuegos etc), recuperar y fortalecer los servicios de vigilancia, entre otras medidas.

Pero, sobre todo, hay que actuar antes, todos los días del año, dedicando más recursos a la prevención e investigación. Es necesario ver el problema de forma integral, desde la óptica del conflicto socioambiental, abordándolo desde la escucha, la participación y la elaboración de propuestas. Tenemos que generar comunidad en torno al problema, fomentar el diálogo, los espacios para hablar del conflicto, articular soluciones y apoyar las que ya existen.

Qué ‘sencillo’ sería si el problema se acabase el día que el incendio se apaga. No lo es, pero tampoco es imposible revertirlo."                  (Asociación Varagaña

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